Soy la mujer de Lot, aquella que por volver se convirtió en piedra, en sal, en pecados. No preciso ni mi nombre, pero eso soy. Cantera abierta de dragones. Dolor en los pies. Hormigueo en cada paso. Máculas sobre las que camino, desplazamiento lánguido. Nauseas, mugre de encierros, de lágrimas cuajadas. Pérdidas.
Y quiero bañarme y no puedo. ¿Cómo se lava una efigie de sal? Sí, efigie es la palabra. Pensé en estatua, no aplica. No tienen corazón y yo eso soy. Lugar común, naturaleza viva que está muerta.
No voltees, el mandato es no mirar. El camino está en frente, qué haces entonces, buscando hacia atrás. Lo que no fue, no será. Pero ahora eres: roca, misterios, dos ojos, un cuerpo. Atrévete, atrévete a avanzar, vence la inercia. Es ínfima la línea, si es que la hay. Recuerda que todo esto es un invento. ¿No empecé diciendo que era la mujer de Job, o dije la desobediente de Lot?
No sé, solo sé que no hay paciencia y se cansa uno. Pesa la deshojada sin margarita. Asustan los poemas, las fístulas abiertas, las ácidas leches. Duelen los pechos que no lactan, la entraña gris, los desvelos. Y la sal, bendita sal que orea y gasta sueños.
Olvida el verbo, olvida a los que no están. Esa es historia chueca, pasado que arropa. Reducto que sí se puede franquear. Hablamos de amor. ¿Te suena? Lo que todo lo puede, y se pierde. Se distancia, se mide en tiempos. Se escapa.
Fuerza, aceleración, energía. Parece la física de Aristóteles, Arquímedes o Isaac Newton. Pero es despecho. Toda esta retahíla por creerme enamorada, ¿habráse visto? “Por mirar de lado” y encontrarlo. Por construir con su lengua las voces no oídas, las mismitas olvidadas, y amordazar en mi pecho su ánfora de omisiones y mi cáliz de verdades.
Por asirme desnuda, descalza, famélica, dejando en su bandeja además de la cabeza, el tronco y hasta las extremidades.
Ese es todo el error. No hubo otro. ¿Pudo ser más?
Ahora soy un dolmen. Monólogo y rompecabezas. Histeria, celos y absolución. Pero, ¿no hablábamos de amor?
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