La plaza estaba desierta. Bajo un cielo plomizo, la brisa barría las calles desoladas a su furioso paso. Corrí hacia la iglesia a resguardarme en ella, y asistí desconcertado a la irrupción de una nube de polvo rojo y espeso que manchaba las paredes, cuarteándolas. Empujé el gran portón y abrí con él una rabiosa tempestad. Cientos de soldados se apiñaban dentro de la nave principal, sus rostros (casi de niños) formaban perverso contraste con sus armas torvas, feroces. Los vitrales estaban todos rotos. Sangre seca, casi negra, cubría aquellas paredes que fueron blancas como el mármol. Escuchaban obedientes las palabras de un superior que gritaba poseso desde el púlpito, y aunque los goznes del portón principal crujieron, no parecieron percatarse de mi llegada. La violenta tempestad me inspiró no sé qué terror mayor que su demencial presencia, por lo que permanecí oculto, escuchando.
Cuando desperté, presentí (o supe) que algo pasaba. Corrí asustado, sin saber por qué, hacia la plaza. El corazón me dio un brinco violento cuando vi la turba reunida frente a la iglesia. Me abrí paso entre las filas de hombros, y al llegar vi en el piso una mancha espantosa, oscura y grande, ocre, gomosa. Una capa cristalina temblaba sobre la superficie. Los hinchados labios de los bordes se empelotaban en nudos morados, que se aclaraban en progresión hasta llegar al rosa pálido en la orilla más lejana. La fetidez era insoportable. De la masa de voces pude escuchar algunas frases completas: "¡Una roca que cayó del cielo!"... "¡Un animal fantástico que murió allí!"... "¡Una puerta al infierno!"... "¡Es una herida!".
La última frase flotó, limpia y convencida, inspirando autoridad. Los demás callaron.
—Sí, no cabe duda, es una herida —decía el doctor Morantes, en cuclillas, mirando dubitativo la grotesca mancha y añadiendo un comentario que nadie logró escuchar.
—Pero... ¿cómo una herida? —se impacientó alguien.
—No... no podría explicarlo —decía moviendo la cabeza—, pero tiene las características de una herida. Lo que no sé es cómo podríamos curarla.
Movido por un fervor regionalista, exhorté a los presentes a organizar una vigilia frente a la herida que manchaba nuestra plaza, que mancillaba nuestro suelo, hasta que se hallara la cura. El murmullo aumentó gradualmente, entremezclado, y se dispersó poco a poco.
Llegada la noche, Ezequiel (el loco que cuidaba la plaza) y yo estudiábamos, a la luz de los opacos faroles, los bordes de la herida, que se inflamaban hasta reventar la acera en dolorosas palpitaciones. Por detrás, ya la herida llegaba al muro de las escaleras de la iglesia. Asocié a éste con la pesadilla anterior y la narré a mi compañero de guardia, que escuchaba aterrado. En el silencio que se hizo posterior al relato, intuí que pensábamos lo mismo. Algo infame e irremediable nos cubriría como la noche. Bien de madrugada, escuchamos un rugido ronco y sordo, como un lamento resignado y desahuciado, que hizo temblar los bancos de la plaza. A la débil luz de los faroles vimos nuestros trasnochados rostros palidecer en silencio.
Desperté al día siguiente, como a las dos de la tarde, con el bramido del río humano que inundaba la calle. La gigantesca caravana se perdía de vista. Nadie llevaba nada, ni siquiera provisiones. Marchaban sin reparar en los viejos que caían, en los niños perdidos que lloraban, como una manada de bestias espantadas. Reconocí a la vieja Carmela y, sujetándola por un brazo, le pregunté lo que pasaba. Zafándose de mi mano, me dijo con ojos atestados de asombro: "¿No estás enterado? Se 'está muriendo'... Todas las calles del pueblo amanecieron infestadas de 'heridas'".
La vi perderse en el estruendo de cabezas que huían. Por un instante me sentí perdido. Eché una ojeada a la plaza (sería la última), trepé al banco y, sin más, me lancé a la procesión.
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