“El silencio que habita los espejos
Ha forzado su cárcel.”
Jorge Luis Borges
Habitar, distintos ámbitos de la sombra a trozos desde lo infinito de lo oscuro con una presencia reflexiva, dentro y fuera de lo redondo mágico que permanece en la realidad visible, donde el poeta duplica su búsqueda hacia el encuentro por muy breve que sea la semejanza del otro: doble sombra abriendo la puerta del gemelo espejo en una sola voz:
La vida disfraza su juego
y hace figuras
en el horizonte poroso de la memoria,
crea la ilusión de fijeza
En círculos de repetición.
Sólo un eco
la vida
es levedad
Con hambre de piedra.
Reflexión y fina permanencia con hambre, oculta el temblor efímero de lo eterno. Fondo justo para revelar la esencia del asombro, su raíz en la boca del recorrido, con días prematuros en la orilla que corta el aire poblando la memoria, tan fiel a lo real de su espacio, como rasgo de un instante: fortaleza de la levedad y fruto para el regodeo de piedra, desnudando el saludo - desde su cuerpo de ceniza -. Principio para renacer y continuar dentro de la tenue claridad con aliento firme, siendo otro sensitivo espejo para el arribo poético. Borges lo anida, para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es. Árbol, pájaro, igual, cuerpo donde reside el poeta con su íntimo diálogo, uniendo albas que develan – desde lo oscuro, desde el silencio , – que lo nombra, desde el mismo principio alzando la conocida luz, trazo inmortal de la palabra:
La luz
extiende su aliento plateado
y hace brotar la esfinge.
La luz sacia la sed del mundo
y vigila
la sombra pegada a los cuerpos
y el rumor de las palabras.
El reinado de la luz
ha precipitado en el olvido
la respiración desde lo oscuro.
Así abanica el brote, siendo umbral para continuar en lo oscuro norte de Víctor Bravo, dando aliento al sonido para que la palabra sea atrapa de la oscuridad y con ella el misterio del fuego que lo posee sin los miedos del alma, en contemplación de esa totalidad privativa del ser; ente atrapado por lo que se va alejando de si mismo, con su angustia al mirarse en el otro palpando la muerte real, la simbólica amorosa, y elogia en pérdida, una muerte intuida, sabia por ritual de la palabra, espacio justo para su natural encuentro con el oficio poético. Ser al fin –humano- que no deja de renovar lo natural expresivo de su gemelo espejo, refugio de la poesía como testimonio inesperado de su escenario temporal que cruza con prudencia transformadora y libera la sustancia creativa para sugerir el acuerdo con el otro:
Sopla desde las entrañas
y crepita en la hora de la fiesta.
Hormiguea en su gruta
y hace estremecer una estrella:
sus colmillos nacen con la semilla.
Es la reina
que llega desde el panal oscuro
y llama en el fondo del espejo.
Es la mano invisible que me borra.
El poeta conoce la entrada de su misterio, se introduce por el filo del hilo de arena, cauteloso, y a la vez profundo en la emoción despejando otras voces, atraído por el mismo cuerpo de la poesía mediadora del asombro concentrado en lo escrito, y cómplice de lo colectivo, dando animo a esa –invisible- espera que florece en la vivencia y gusto de mostrarlo con un temple intrínseco en el espacio silvestre, de aliento distintivo de la poesía:
Tu belleza
Espléndida
miente en su promesa
de eternidad.
El acuerdo del poeta con lo real desde lo oscuro, es significativo, es la confesión del reflejo en movimiento cíclico; es la idea sostenida, interna, desmoronando la casa o el templo del cuerpo, el de la memoria intensa y vivida a través de avisos poéticos, enlazado a lo inmediato de su retorno; esa maravilla de estar dentro del universo como Heráclito, sobre la gran alfombra que acerca por el tamaño del pie de un niño. Su forma de renovar su río:
Junto al río
del viejo Heráclito
las nubes dibujan
sobre la página del cielo
el quebradizo destino de los hombres.
Así, nos da una luminaria de origen, asegura el desnudo de la imagen, y a su vez, palpita, el abrazo entre lo filosófico – poético; recurso con dominio interno ofreciendo el fundamento de búsqueda hacia lo trascendental que renace de la naturaleza como centro absoluto de lo humano. Nos muestra su reflejo -el otro- gemelo y lúcido intermediario de lo esencial destacando el gran espejo lleno de –su- presencia escrita:
El otro
el extraño
es en el inesperado espejo
el trazo de una indescifrable escritura.
Es el ruido, el deseo,
la distancia.
El otro
reproduce con exactitud mis gestos
desde el cristal de un sueño recurrente.
El otro es en la noche
el temblor
que se desprende de mí
hacia la fiebre.
Ese otro, representa el conciente secreto de luz en la oscuridad del día, siendo la noche su cómplice para calmar lo inalterable: la vida, encrucijada del tiempo real y metafórico atado a la doblez del alma. Por ello, el poeta se define, se siente dueño de la noche, del universo que lo contempla haciéndolo dueño de la magia, cuando invoca el silencio goteado por el don de la palabra y nos lo señala:
Para el poeta
la luz es la expresión máxima
de la poesía
pero quisiera nombrar también
la existencia secreta
inconmensurable
de lo oscuro.
Evoca – el poeta - mirada refugio de luz, fuente de múltiples imágenes del día en la hoja de la noche, y lo sabe, la noche alimenta lo onírico, intimidad sin límite del ser inmenso en lo anunciado por la sombra que refleja de donde partimos, pero jamás predice el retiro. Si la poesía es el sentido de la muerte nos confirma Hanni Hossott, entonces, el poeta vigila lo oscuro, seduce su propio encanto con otro doble y airoso espejo:
El pájaro
que soy
vuela
con su jaula.
La brevedad precisa de un sólo abrazo alcanza el poeta, metamorfosis de oportuno espejeo, con una belleza precisa, inmutable: la casa consume su jaula, a la vez cuerpo etéreo y transitorio por la redondez del mismo vuelo. La maravilla efímera sombreada de lo oscuro, la continuidad del otro ya esencia íntima, logra en voz lo definido del espacio vivido vuelto imagen y requisito de la otra voz que está dentro, inmersa en la sombra, compañera fiel de lo cerrado en la memoria, del temor, de todo lo sembrado con velo amatorio, por ello, el poeta desde esa oscuridad visceral, muestra la luz que lo devuelve una vez más a su gemelo espejo:
Mi enemigo me vigila
desde la orilla de otra vida
y es espejo que reproduce mis gestos.
El habita un mundo
situado más allá de mis pasos
pero siempre he sentido
el profundo rumor
de su desprecio.
El se mueve entre ritos
que no entenderé jamás
guarecido en la crueldad
que me mantiene a distancia
reparte entre los suyos
las palabras de la ternura.
La dualidad del ser busca su equilibrio dentro del oficio poético, y lo encuentra cuando alberga todos los rostros, y en su doblez; el poeta muestra la máscara del otro, se la coloca hasta volverse uno, porque conoce lo colectivo consciente que sueña sobre la estampa diaria, no obstante, espera la noche para retornar a la luz en sólo trazo, levantando la caída hasta perderse en propio cuerpo extasiado con su voz: Para el poeta/ sólo es posible decir/ desde la respiración de la palabra.