¿Quién podría atreverse a dudarlo? El egregio e insigne poeta, ensayista y narrador guayacitano, Francisco Arévalo (San Félix, Estado Bolívar, Venezuela, 1959) es un out sider de la narrativa latinoamericana y las líneas que siguen tienen el propósito de demostrar las razones que me llevan a afirmar tal verdad.
Leo con benéfico y grato asombro estético una extraordinaria novela ganadora del prestigioso premio FUNDARTE de narrativa titulada de modo insustituible: “ LA ESQUIZOFRENIA DE LAS GOLONDRINAS” , Colección Delta, N° 70, Caracas, 1999. 155 páginas. Por cierto, me apresuro a decirlo, pésimamente editada; con imperdonables errores de corrección de la edición no sólo atribuibles al corrector, Gilberto Hernández, sino también al equipo editorial que estuvo al frente de FUNDARTE para esa época; a saber: Esteban Araujo, David Gutiérrez Caro, Alberto Rodríguez Barrera y Filomena Milite entre otros. Cuando un bello libro es maltratado y malogrado como esta extraordinaria novela de Arévalo al lector le provoca “ahorcar” a los perpetradores de tal crimen, pues siente que la denuncia nunca será suficiente.
En anteriores reseñas críticas donde me he ocupado de analizar, con pinzas de erudito, el estilo narrativo de Francisco Arévalo he sostenido que este singular escritor posee una sui generis vocación universalista y que su prosa tiende de un modo natural hacia lo trascendente . Con la respetable sabiduría de un psicoanalista profundamente versado en las interioridades y vericuetos psicológicos de sus personajes, el narrador construye con pasmosa convicción (léase verosimilitud ) estructuras conductuales en sus actantes muy pocas veces vistas dentro del panorama narrativo venezolano. Mujeres grotescas, seres aborrecibles y encanallecidos por el vicio, personajes agotados por la excesiva práctica del fornicio; individuos vocacionalmente dados a la trasgresión de todas las reglas y normas sociales que merodean por bares y cervecerías, por cafés y prostíbulos de mala muerte, individuos desclasados y de “asexuadas facciones” sin oficio conocido que deambulan como extraviados por la incierta geografía de la noche citadina, desafiando sus peligros entre lo peor de la crápula. Arévalo es un maestro en el arte de dibujar los perfiles demasiado humanos de sus personajes atenazados entre la escoria y el infierno y en eso es la más viva personificación del escritor out sider . Personajes sometidos al estupro, seres atrapados por el estigma de la vesania. Tal vez sea adrede que este escritor haya elegido recrear los bajos fondos de la naturaleza humana, internarse en los pasadizos más recónditos e inescrutables de las enrevesadas, complejas y contradictorias pasiones de sus personajes insólitos. ¡Cuánta maestría en el difícil arte de narrar exhibe este creador de universos ficcionales!
Entre el espeso humo de cigarrillos, el ácido ambiente de baños burdeleros, el chirrido melancólico de desaparecidas Rock- Olas de lenocinios y el exasperante trasiego de vidas truncadas por el SIDA o las drogas se va tejiendo una red lingüística que nos devuelve momentos únicos de la ciudad perdida que nos vio nacer nos ha guarecido en su vientre cual mítica Ballena de Jonás. El intertexto es un recurso narrativo espléndidamente intercalado dentro del río narrativo que es “ LA ESQUIZOFRENIA DE LAS GOLONDRINAS”. Leyendo (gozo intimista mediante) esta novela el lector siente los acordes de voces consagradas del repertorio musical latinoamericano: por ejemplo, la voz inconfundible de Tito Rodríguez y Carmen Delia Dipini, Vicentino Valdés y el inolvidable bolerista de América, Felipe Pirela, Astor Piazzolla o la inefable letra del grupo Mecano, acarician la sensibilidad del lector en un cálido ambiente donde no falta nunca el culto reverencial a Dionisyos. En esta novela el pastoso submundo burocrático de la oficina es objeto de escarnio y en su lugar se celebra la libertad creativa del bar con sus infaltables hetairas proveedoras de cópulas pagadas. Más sórdida no puede ser una novela urbana como esta. En ella los personajes invencionados (ideados) por Arévalo llevan sus precarias existencias sexuales hasta los límites de una sospechosa homolesbofilia trasplantada de Europa por la inefable Camila, ese extraño personaje snobs sacado de la febril capacidad inventiva de Arévalo.
La prosa narrativa de este escritor exhibe un inusual brillo léxico; hay en los encadenamientos sintácticos de sus ceñidos párrafos una discreta poesía que habla el lenguaje de la calle pero llevado a manifestaciones expresivas sublimes y abundante en sutilezas de lenguaje. Es una prosa que va adoptando un ritmo in crescendo , que se multiplica por capas anecdóticas superpuestas en forma de muñecas rusas pero conservando una insobornable coherencia interna en lo que a estructura expositiva del relato se refiere. El escritor se sale de los moldes tradicionales a que nos tiene acostumbrados cierta estética del relato unilineal; no suele hacerle concesiones literarias a los enfoques unívocos que caracterizan a muchos narradores legatarios de un nativismo urbanizante pero de corto aliento formal y estructural. El capítulo titulado “Historias del callejón” confirma la anterior afirmación y proporciona pruebas irrefutables de ello. Esta escritura de “ LA ESQUIZOFRENIA DE LAS GOLONDRINAS” adquiere hondas semejanzas con la eficacia artística del discurso de la imagen que resultó con el descubrimiento del cinematógrafo, ese gusto por el detalle, ese solazamiento en la morosidad de la anécdota; en fin, esa cosa proustiana que respira en sus novelas es lo que me hace conferirle tanta confianza a esta escritura de Arévalo. ¡Por fin!, aparece un discurso narrativo que logra con inigualable destreza literaria fusionar la forma y el contenido en una sola totalidad orgánica de insospechadas resonancias estéticas.
Esta novela se nos revela a los lectores como una auténtica caja de Pandora ; de su lectura surgen historias que contadas por separado no tendrían fin, serían historias interminables. Tal el génesis de esas otras iglesias –al decir en palabras del mismo autor- que en su seno albergaron los heterónimos de las múltiples y la misma hetaira que bien pudo ser una de nuestras hipotéticas hermanas. “La pionera”, que en la novela es la magdalena de mayor experiencia zorruna, también se llama Yoli, luego por gajes del oficio debe llamarse María o Marilín y así… sucesivamente Lucy o Romualda, “La niche de Fuego” o Micaela. Igual sucede con los bares, botiquines, tabernas, taguaras, cuchitriles: “La Matica”, “El Romano”, “San Rafael”, “El Refugio”, “La Cabaña” trocado en “El Holi”, “Brisas del Carona” o el “Bar Venezuela”. La novela de Arévalo es un acertado experimento undergroung del lado más oscuro y perverso de la vida y no obstante ello no le quita para nada el más mínimo ápice de belleza; al contrario, posee la virtud de mostrar, traer hasta nosotros, valiéndose de una intensa metaforización del lenguaje, la más insoportable sordidez de que es capaz la especie humana. Esta es una novelística de la abyección donde sus protagonistas vueltos guiñapos harapientos son elevados a la santidad gracias al don de la escritura.
(*)Historiador, poeta y ensayista. rrattia@hotmail.com
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