El sueño dorado de todo déspota es lograr una cierta paz de los sepulcros en el territorio que pretende dominar. Quiere que todo parezca normal y no le importa usar hasta los más terribles recursos para alcanzar tal propósito. La expresión de José Vicente "extremadamente normal" en medio de un paro nacional en el que participaron casi todos los venezolanos, es ya un clásico del cinismo político. Quería hacernos ver que no estaba pasando nada, a pesar de la crisis que generó aquella huelga general. Pero una vez que se levantó el paro, el régimen, se ha servido de él para demostrar cuán inescrupuloso puede ser, al dejar claro que su permanencia en el poder es lo que realmente le importa. También ha sido el argumento perfecto para montar una costosa campaña nacional e internacional contra los sectores opositores venezolanos, al tiempo que la venganza en sus múltiples formas se torna despiadada contra aquellos que son señalados como sus enemigos.
El régimen ha utilizado a discreción el recurso del miedo para intimidar a los venezolanos. Una atmósfera espesa, generada por formas de terrorismo de Estado, ha provocado en la oposición la certeza de ser perseguida. Porque hablemos claro, qué es el terrorismo sino el uso del miedo como arma de hostigamiento, aderezado con el efecto sorpresa atado a las paranoias del poder. Los venezolanos sabemos lo que significa estar en la página fascista de Tascón y tener la amenaza constante de convertirnos en desempleados, sólo porque nuestra firma aparece en el ejercicio de un derecho constitucional. Los execrados de Pdvsa saben que los desalojarán de sus casas y no tendrán a quién recurrir, porque todo el poder judicial está al servicio de la venganza y el ensañamiento.
Esa emoción desagradable que es el miedo atenaza a los ciudadanos, y a estas alturas puede decirse que amenaza con inmovilizar la recia e irreverente fibra protestataria que ha caracterizado a este pueblo. El referéndum revocatorio y su sorpresivo e inesperado desenlace muestran cómo un poder omnímodo puede, mediante acciones fraudulentas, modificar la voluntad popular. Atacan impúdicamente y sin piedad a ese símbolo de la democracia que es el voto, con el objeto de sembrar la desconfianza y el escepticismo en nuestro imaginario.
El régimen es todo él una conminación, una provocación, una bravata, una amonestación, lanzada como una flecha con veneno, que busca inocular el miedo, como única emoción posible en estos tiempos de personalismos y violaciones a los más elementales derechos ciudadanos. Los déspotas son como los violadores al querer imponer una paz artificial y a la fuerza mientras cometen sus tropelías. Es así como vemos que el cuerpo social es sometido a todo tipo de privaciones, vejámenes y represión, que van dejando huella en lo que pudiéramos llamar el "alma social de los pueblos" que tiene que ver con su orgullo, su dignidad, su honor y su nobleza. Me pregunto: ¿hasta dónde un hombre puede abusar de la generosa espiritualidad de una ciudadanía sin que esta reaccione?
Con la arbitrariedad, la sed de venganza y la fuerza bruta de las armas pretenden imponer la resignación en todo el país. Aspiran que dócilmente nos encaminemos hacia el matadero que han creado para nosotros. Mansedumbre es la única conducta que el poder acepta como válida. Como ovejas sumisas nos quiere el poder. Toda manifestación, toda crítica, toda irreverencia o protesta es considerada delito. Que Danilo Anderson se encargará de castigar con todo el peso de ley de la selva, puesto que es su competencia, por se ser fiscal de ambiente. Este sujeto, más escuálido que enjuto aunque él no lo quiera, además de ser inspector de aires libres se dedica con inusitado frenesí a perseguir con saña a venezolanos, para complacer el revanchismo que es el combustible esencial de este régimen.
Los vemos relamiéndose de felicidad cuando sus paranoias se traducen en acusaciones que buscan llevar a la cárcel a aquellos que consideran sus enemigos. Sus últimas presas son la gente de Súmate en la personas de Alejandro Plaz y María Corina Machado "por la presunta comisión del delito de conspiración para destruir la forma política republicana que se ha dado la nación, previsto en el artículo 132 del Código Penal". En este caso fue la juez Luisa Ortega Díaz quien presentó la acusación formal. Pero, sin duda, su tutor tiene que ser el inefable Anderson. Su impronta está allí, tal como también puede verse en la persecución que se adelanta contra la gente que tuvo en Miraflores durante la crisis de abril del 2002. Ya empezó el hostigamiento contra los que osaron pisar las alfombras de la casa real, sin haber sido invitados por el dueño y señor de esos predios.
Para su vindicta personal tiene a todos los funcionarios de la Fiscalía y del resto de los poderes, quienes al recibir las órdenes miraflorinas salivan profusamente, mientras corren presurosos a cumplir las órdenes del amo de sus voluntades. Como bien lo dijo Carlos Blanco, "Hoy los partidarios del régimen se ven obligados a corear las persecuciones contra la disidencia, aplauden la cadena de detenciones que hay y la que se avecina, se ven obligados a rendirle reverencia a un cacique militar, después que muchos han sido combatientes por (y de) la civilidad".
Es así que los venezolanos hemos sido colocados en la disyuntiva de elegir entre aceptar que el miedo nos paralice y entregarnos a la barbarie, o defender con nuestras reservas de dignidad lo que queda de país.