En nuestro medio la escultura se ha entendido como un volumen exento destinado a mostrar la forma estética que le proporciona el material con que está hecho. Ya se trate de piezas figurativas, abstractas o de otra índole, lo determinante es que las obras resultan del proceso de emplear materiales como el bronce, la madera, la piedra, el hierro, las resinas y otros, en tanto que son la materia prima con que trabaja el escultor; en general, los temas están subordinados a lo que el artista pueda hacer de ellos durante el proceso de emplear técnicas diversas, casi siempre heredadas de la tradición o de invención reciente.
Frank Fernández, poeta minimalista y artista plástico egresado del Instituto Armando Reverón, se aparta de esos parámetros tradicionales y retoma el arte conceptual en el punto en que se permite echar mano de objetos de fabricación industrial para construir con éstos artefactos cuyo valor reside no tanto en la forma estética como en los conceptos que subyacen o se expresan en esas formas. Él se vale de la técnica del ensamblaje con el fin de trastocar el sentido utilitario que originalmente tenían los objetos y generar, a partir de esta alianza, nuevos referentes, cuyo sentido está determinado por el absurdo inherente a la función creada.
Los artefactos de Fernández no sólo se muestran en contradicción con sus componentes, en cuanto al fin utilitario, sino que paradójicamente producen una alteración en el aparato de percepción común al observador habituado a la lógica de los objetos de consumo masivo. El artefacto se convierte así en un agente de promoción del desorden, que ataca al sistema. No son bien vistos por los consumidores compulsivos.
La estética del desecho urbano había descubierto que podían elaborarse formas artísticas a partir de objetos industriales descontextualizados, fuera de servicio; a menudo eran objetos descontinuados, abandonados, corroídos, cuando no convertidos en pura chatarra.
La estética conceptual propuso que la elección de un objeto industrial encontrado y extraído de su marco califica por sí misma para considerar a ese objeto como a una obra de arte. La selección misma determina el juicio artístico, y por consiguiente basta que el individuo se considere artista para serlo. El orinal que Marcel Duchamp envió a la exposición Armory Show de N. Y., en 1917, sirvió de precedente.
Fernández se apoya en esas dos categorías para fabricar sus artefactos pero a la vez se coloca tan lejos de la escultura tradicional como del Ready made de Duchamp. Y de este manera, a mi modo de ver, sus objetos hechos a partir de piezas de fabricación industrial adquieren rango no sólo porque constituyen en sí mismos formas estéticas, sino también por su valor conceptual. A ello hay que agregar el valor inmaterial que les proporciona la fotografía como fase documental de todo el proceso seguido por este investigador para la realización de sus obras, en cuyo conjunto apreciamos a un artista integral. En otras palabras, Fernández rinde honor al surrealismo y de paso demuestra cuánto ha aprendido de la poesía y del arte conceptual.
 Fortuna curricular
Frank Fernández empezó su carrera mientras asistía a un taller de poesía en el CELARG, en 1998. Escribía unos textos breves en donde utilizaba las palabras no tanto para describir sus impresiones de la naturaleza como para encerrarlas en recuadros virtuales a manera de pequeños paisajes vistos desde una ventanilla.
Esta propensión a objetivar la percepción de las cosas es propia de los poetas visuales, es decir de cierta clase de artistas a los que da igual expresarse con palabras que con el dibujo y la pintura o los objetos. Seguramente fue el descubrimiento de estas capacidades lo que llevó a Frank Fernández a inscribirse en el Instituto Armando Reverón, de Caracas, donde estudiaría hasta diplomarse como técnico superior de arte y presentar su tesis de grado.
|