
POR...
Norma Aristeguy
Algunas palabras parecen pequeños nidos dónde se ocultan misterios y secretos. Cuanto más pequeñas, más voluminosas en su contenido.
Por él. Por ella. Por si acaso. Por temor. Por tristeza. Por mí.
Por...
Es como si un lazo invisible pero sonoro, enredara lo que le sigue, y fuera de largo alcance.
Compromete: por vos. Desafía: por si muero. Determina: por tu amor. Invade: por soledad. Traiciona: por cobardía. Agrede: por soberbia. Miente: por torpeza.
Es la consecuencia, la conjetura, la conclusión, el juicio que paraliza, que culpa, que turba hasta la desolación.
De esa forzosa unión que provoca el lazo complaciente, puede surgir una bocanada que te arrecie o te colme, puede robarte el aire en cada palabra hasta enmudecerte, derribando tus pensamientos como en la caída de un dominó.
Puede matarte por el tiro certero de lo oculto, lo compacto, por el desamor, por el desamparo.
Por imprudencia quizá, la fuerte vocal queda encerrada entre las dos consonantes que se imponen, pero se necesita de las tres para atarse a la palabra siguiente y decidir la suerte del que escucha; si será atacado por un latigazo, o será sorprendido por la habilidad del lenguaje, para acariciarlo con sonidos...¿ por amor?
Juntas, son la osada representación de la emoción del otro y de la propia, y es allí, donde ensordece el espíritu por implosión.
El color de esos sonidos es también silencioso y su sensualidad no es siempre igual, la tonalidad de la voz que los expresa, puede conmoverte el alma o desintegrar tu sensibilidad, por el estallido que ensordece.
Cada palabra es un nudo fuertemente atado, que junto a otras se potencia y no se sabe hasta el momento sonoro, si serán de vida o de muerte. A veces, nos mata escucharlas, y otras, el no llegar a oírlas jamás.
“JUGAR...”
Con tanto tiempo acumulado en los ojos, en el alma.
Con dolores y alegrías echados sobre los huesos.
Antes que el destino sople las piezas y una cortina voltee la vida sobre el reloj, arrojando sus agujas en el piso, desmembrando horas y minutos, en un segundo ya inexistente.
Con la esperanza de acertar con los trazos del bosquejo. Estirarse, hasta conseguir la unión de cada pensamiento, y que me ponga de pie ante el valor de aceptar lo diferente.
Sin la aprensión de ser la continuación de aquella célula que aún late, en el cambio de todo acontecer.
En el bosque de las posibilidades, elegir a ciegas el movimiento que quizá desde antes, está determinado.
Cuando es más seguro dejar todo como está, sin provocar errores ni aciertos, que catapulten a imprevistos o misterios.
Jugar para no hacerlo, también sería jugar.
Enmudecer al tablero, dejar estático hasta el intento de modificación. Los deseos retrocederían hasta el espacio de los abortos, para dar nacimiento así a lo incumplido, que al final... se habrá llevado a cabo.
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