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EL POETA DE ORIHUELA: Miguel Hernández

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OJO DE BUHO.............................TERESA CORASPE

EL POETA DE ORIHUELA: Miguel Hernández

Por MANUEL GARCÍA VERDECIA, (Holguín, Cuba)

Orihuela no es el Edén pero es un jardín. Emplazada en el levante español, al sureste de la provincia de Alicante, entre sierras y mar, se halla la huerta oriolana, irrigada benéficamente por el río Segura. Con temperaturas cálidas, prácticamente todo el año, en sus contornos pueden hallarse bosques de pino y palmeras, así como plantíos de naranjos, limoneros, algodoneros, olivos y almendros al igual que hortalizas. Por esos montes, donde canta el ruiseñor y soplan brisas perfumadas de azahar, pastoreaba sus cabras el niño Miguel Hernández. Era el segundo varón de la familia y debía aportar lo suyo al negocio familiar. La faena de un pastor es cuidar, vigilar, o sea, contemplar con atención. Es esta precisamente la primera condición de un poeta: estar con sus sentidos en tensión, aguzando su curiosidad, afinando su sensibilidad e inteligencia, para ver lo que pasa oculto y furtivo por su lado. Solo así se puede aprehender la poesía que no duerme en papeles sino que va y viene por la vida, como una brisa sutil, fugitiva, irrepetible.

¡Cuántas horas entre cielo y pasto, los ojos devorando horizontes, el juego de las plantas y las aves, el sueño de las nubes, los giros del aire, el errante ser de las cabras! Es así, por saturación de la mirada que se empieza a ofrecer la palabra que recupera y devuelve.

Luego vendrían los amigos. Primero el cura Luis Almarcha que le pone al alcance su biblioteca. Porque, cuando los ojos se abarrotan de naturaleza, se ensanchan y entonces se tornan insaciables. Quieren reunir y devorar todos los espacios, todas las formas, todos los anhelos, que solo caben en la densidad de las palabras. Voracidad de leer, que da nuevas aperturas a las horas del pastor. San Juan, Fray Luis, Góngora, Lope de Vega… El espíritu oxigena y fortifica sus músculos. Hay una anchura de mirada que ya pide su manifestación.

Luego es el encuentro con los amigos, gemelos de alma. Son los hermanos Fenoll, Carlos y Efrén, además de un primo de estos, José María Gutiérrez, que se conocería mejor como Ramón Sijé. En la panadería de la familia Fenoll establecen su tertulia. Allí, entre los inflamados colores del fuego y los crujientes olores de hogazas, hablan de poesía, leen sus primeros atrevimientos con las palabras. No hay mejor ambiente. Nada se parece más al noble arte del poeta que el hacer pan. Amasar desde unos pocos ingredientes un cuerpo que nutre, deleita, satisface. Si la poesía tiene un olor es el cálidamente paladeable del pan recién horneado. Ramón Sijé parecía el más informado en asuntos de poéticas. Tiene el ansia de escribir y de publicar. Lanza una revista, El gallo crisis, donde se dan a conocer los textos del grupo.

El poeta es un devorador de horizontes. Su destino es el infinito, así que con cada espacio ganado se abre una nueva jornada. En 1930, Miguel se va a Madrid, con sus alpargatas y pantalón de pana, tal como lo describe amorosamente Neruda en sus memorias. Y es imprescindible repetir la visión que de él recibe el chileno. Escribe que tenía una cara “de terrón o de papa”, algo esencial de la tierra. Y este parece ser un signo de todo Miguel Hernández, su fijación raigal en lo terrestre que nunca lo abandonará. En Madrid trabará relación con otros poetas: principalmente Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, que se ocupan de su obra y su persona. Neruda será alguien capital para el oriolano. No solo lo va a publicar en la revista que publicaba junto con Manuel Altolaguirre, Caballo verde para la poesía, sino que, desde su gravitación como creador y sus relaciones como cónsul, hará mucho para facilitarle la subsistencia. El poeta oriolano necesitaba trabajar y, cuenta Neruda, que le arregla para un puesto con un vizconde que trabajaba en relaciones exteriores. Dispuesto el vizconde, Neruda indaga con Miguel que de qué quería ir. Este da una respuesta donde aflora lo que pesaba y signaba en su alma: “¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?” Era cuanto sabía hacer y, quizá, lo único que quería hacer. Estar a su aire, contemplando la vida que rumiaba errante a su frente y, por entre ella, transitar, musical y alada, la poesía.

El amor llega con el empuje de una briosa locomotora. Viene en la persona de la pintora gallega Ana María Gómez, conocida por su alias artístico de Maruja Mallo. Es esta una mujer que cruza rayas e impone su designio. No están las galerías hechas para la doble osadía de una mujer pintora y, por demás, de arte transgresor. El poeta ve en ella un alma que se tensa y busca, que se abre y ofrece. Es para él “el rayo que no cesa”. Un carnivoro cuchillo de ala dulce y homicida sostiene un vuelo y un brillo
alreddor de mi vida.

Dos personalidades tan vitales e indagadoras no podían someterse una a la otra. Tuvieron su momento, cruzaron por toda la meseta castellana, vieron y se entregaron pero no rindieron su flor. Sigue, pues, sigue, cuchillo, Volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía.

Luego, como debía ocurrir, entra en avenidas de amor perdurable en su propio sitio de origen. Josefina Manresa, mujer igual de la tierra, se convertirá en la esposa y madre de sus hijos. El 9 de marzo de 1937, escapa del frente para cumplir el sacramento. Será un amor a saltos en el espacio y el tiempo pero de fijeza irrompible en el alma. De este vínculo le nacerá en 1938 un primer hijo, Manuel Ramón, que no tendría porvenir. Muere a los meses. Es el “hijo de la luz y de la sombra”, aquel que hace de la carne de los esposos “materia decisiva”. El poeta no quiere a Josefina sola, “te quiero… en cuanto de tu vientre descenderá mañana”, le dice. Así, en 1939, les llega otro vástago del amor, Manuel Miguel.

La guerra ha afincado sus dientes en España. Hombre de lo común y lo que busca su luz, Miguel se alista en las filas del ejército republicano. Está en el 5to Regimiento y participa en las batallas de Teruel, Andalucía y Extremadura. Se siente vinculado a la suerte de los menos favorecidos. Es “viento de pueblo” y debe cantar sus sones. Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

Terriblemente dolorosa esta imagen del pájaro cantor sobre el fusil. El poeta responde a la necesidad. No queda otra alternativa de acallar las armas si no con el canto con el cuerpo del cantor. Aunque el ruiseñor es mejor que siempre cante desde el amoroso aire de la rama.

La derrota y luego la muerte segarían pronto el canto del poeta. No pudo escapar a un destino de dolor y negación. La cárcel solo serviría para condensar su pena. Conocer la separación, al hambre solo saciada con cebollas del hijo, la llegada a paso calmo del acabamiento.

Naturaleza, amor y solidaridad son ámbitos de la poesía de Miguel Hernández. Nunca abandonó los abiertos de su vida pastoral. En sus imágenes y metáforas se expanden los usos de la tierra. Trascendido un primer momento gongorino y de ciertos ritos surreales para ir al son del tiempo, alcanza las palabras que le susurra el suelo, el cálido aire de las dehesas y prados, que es donde mejor sale entero. “A la serena duerme mi ganado”, dice, “tornaluna de música y sendero”, “Aire arriba, me voy por la mañana/ en busca de la hierba no mordida… Aire abajo, me alejo de la lana,/ por la tarde, a la cosa más florida.” Siempre estuvo entre el abajo y el arriba, lo cercano y lo distante, lo posible y lo soñado, que arropan y signan al pastor. No es fortuito que los que aman y guían a los hombres se emblematicen como pastores.

Entre sus textos se hallan algunos de los versos más finos surgidos del eros. Sus poemas amatorios surten de una sensualidad de agua viva, pero ennoblecidos por el candor del hombre de la tierra y se entregan como una flor trascendida. “Por tu pie, la blancura más bailable/… una paloma sube a tu cintura, / baja a la tierra un nardo interminable/… pisa mi corazón que ya es maduro.” El deseo culmina en el cumplimento de un antiguo arte español, el que macera la fruta por los zumos del éxtasis.

La vida del poeta es un vía crucis de dolor. Brevedad multiplicada en una angustia que no cesa y se acrecienta en marejadas. “Umbrío por la pena, casi bruno”, vive y está convencido que “No podrá con la pena mi persona”. Y en la línea final de este soneto, un verso se abre como una noticia admonitoria: “¡Cuánto penar para morirse uno!” El poeta parece advertirnos de la manera que perdemos la existencia en el dolor. Sufrir solo para llegar a la aniquilación. Quiero pensar que nos insinuaba que otra debía ser la dirección de nuestra vida. Era un poeta demasiado vital para aceptar la pena como sola cosecha de vida. Además, esto se ratifica al ver la certeza de futuridad, la esplendente afirmación de vida que entrevemos en su vida y su persona. Al parecer sentía poderosas energías que le avisaban de un espacio promisorio donde cumpliría su designio de ruiseñor, ave que sobrevuela persistentemente por sus poemas. Solo así puede entenderse esa desgarradora premonición que nos lega: “Pintada, no vacía:/ pintada está mi casa/ del color de las grandes/ pasiones y desgracias./ Regresará del llanto / adonde fue llevada/ con su desierta mesa,/ con su ruinosa cama./ Florecerán los besos/ sobre las almohadas/… Dejadme la esperanza.”

Solo quien espera vislumbra. Solo quien espera roza la futuridad. Así queda el pulso de su voz, como un aviso de quien avista el jardín de los renacimientos. El jardín donde son posibles la belleza, el amor, el canto.

Actualizado ( Martes, 02 de Marzo de 2010 09:47 )  
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