A quién esperaba esta vez? El licenciado no tenía forma de saberlo, y la verdad, esto no era lo más importante. Bastaba con que a la 1:15 de la tarde apareciese una mujer con chaqueta de cuero negro y un cigarrillo en la mano derecha para reconocerla. Con dos minutos de retraso se presentó una morena de piel aceituna y piernas largas. El licenciado fue a su encuentro, la tomó de la cintura y la condujo al ascensor. Los huesos de su cadera marcaban el ritmo de los pasos, con sus dedos calculó el volumen de sus nalgas. Se llamaba Reina. Así dijo que se llamaba. La hubiese preferido rubia, aunque fuese teñida, pero no estaba nada mal.
En la 302 les esperaba la penumbra de unas cortinas pesadas. El licenciado le ofreció un trago a su reina, remojaron el silencio en dos vasos cortos de escocés y a la hora justa se inició el rito: el licenciado encendió la radio, se liberó de los zapatos y se echó sobre la cama.— Ahora, desnúdate.
Reina era nueva en esto. Tuvo el cuidado de tomarse su tiempo y dejó caer el vestido con la elegancia que le permitía su cuerpo criado entre vacas y gallinas. En ropa interior se subió a la cama, gateó hasta la bragueta del licenciado y con los dientes intentó liberar el botón.
— Todavía no, espera a que termine la segunda canción.
La mujer retrocedió y soltó su corpiño. Brotaron dos melones tropicales de unos 20 años. Se asomaron con lisura, resistiendo la gravedad. Reina también se despojó de su pantaleta y con delicadeza la dejó sobre la mesa de noche. Se tumbó a mirar el techo mientras una canción en inglés llenaba el cuarto. Al finalizar sintió la mano del licenciado que palpaba su vientre. Una mujer saludó a la audiencia. Era una voz joven, alegre, que se presentó como Alicia. No había terminado de hablar cuando el licenciado ya le mordía los labios. Lo hacía con suavidad y ella se lo agradecía. Este hombre era distinto a los otros. Menos mal que se fue a trabajar a Caracas, pensó, en Acarigua no sabían como tratar a una reina.
El licenciado hizo un par de movimientos y quedó en cueros. Su cuerpo revelaba los años, unos 40 según calculó la mujer, aunque estaba muy bien conservado. Olía a tamarindo y no decía una palabra. La llevó a que yaciera boca abajo y se lanzó a musitar un rosario sobre sus piernas. Reina escuchaba un murmullo pero no podía entender qué decía. Solo le importaba el roce de esos besos tiernos y el avance de sus dedos tremendos. Sin darse cuenta se excitó y cuando el licenciado arremetió entre sus nalgas, un manantial brotó de lo más profundo. Pudo sentir la lengua dibujando formas en su espalda, pudo apretar los muslos para resistir los escalofríos que estallaban con la avalancha de caricias en su cuello y pudo escuchar la voz del hombre que le susurró al oído
— Ahora Alicia, me toca complacerte a ti.
Justo en ese instante Reina cayó en cuenta de que la mujer estaba hablando por la radio, que leía algo que había recibido, un correo electrónico, una cosa moderna de esas, y hablaba de alguien que se hacía llamar el "esclavo de las fantasías", un oyente que todos los martes pedía que lo complacieran con una canción. Antes de callar, la locutora dijo algo sobre sus hermosas cartas. Le envió un beso. Cuando un ruido marino se mezcló con las primeras notas, el hombre arremetió con pasión desde el sur. Reina no supo cuando se coló entre sus piernas ni cómo la tomó así, por sorpresa. Pensó en detenerlo, en cerciorarse de que usara condón, en decirle algo, pero aquello era como una marejada, el vaivén de olas que subían y bajaban, un flujo y reflujo que la llevó a alzarse sobre sus manos para que el movimiento fuese más satisfactorio, y mientras el hombre la sujetaba por las caderas y tarareaba suavemente el coro, ella sintió que aquello era como el amor o por lo menos como el cariño, porque el licenciado la trataba como una reina y se clavaba como un rey, un príncipe que le hablaba a Alicia mientras aumentaba la fuerza del viento y las olas reventaban en remolinos deliciosos y la cama se mantenía a flote sobre la música y Reina, por primera vez, deseó que aquello no acabase nunca y el hombre seguía prensando y gritando que eso era para hacerte feliz y de golpe, cuando Reina abrió de par en par las válvulas de sus venas para liberar el torrente que se le venía encima, el licenciado apretó sus nalgas, se lanzó sobre su espalda, empujó con tanta fuerza como si no quisiera separarse nunca más y derramó dos gotas de semen en el condón. Terminó la canción. Reina no sabía cómo explicarlo, pero juraría que aquello había durado años. El hombre se tendió a su lado, le mordió el lóbulo y le dijo, muy bajito "estuviste maravillosa"
A las 2:20 el licenciado se puso los pantalones, ayudó a Reina con su vestido y le pagó con billetes nuevos. Ella pensó en no aceptar el dinero, en ofrecérselo como un regalo para que se repitiese, pero sacó las cuentas del alquiler y optó por lo seguro. Se despidió con un beso, cosa que no solía hacer, pero esto había sido tan raro. Le dejó el teléfono de su casa por si se presentaba otra oportunidad. Una vez solo, el hombre tomó una hoja de papel y garabateó unas líneas:
Hundiéndome en el cáliz de tu ombligoToco fondo en tu cuerpo.Soy materia derretida en la pendiente de tu espaldaTemporal en tus labiosRocío que son perlasNubes en el cielo de tu bocaAgua corriente que llueve en tus piernasQue se desborda para inundar el mundoQue se condensa en el aireQue se esfuma en vapor,Y se vuelve alientoSoy humedad infinita en la selva de tus vellos.
La lluvia llegó al día siguiente y formó inmensas lagunas en las calles. La gente tuvo que saltar y sortear pozos, refugiarse en los aleros, compartir un techo con gente desconocida, apachurrarse en los autobuses, codo con codo, cadera con cadera, nalga con bulto. En la radio comenzaron a trabajar más tarde de los normal. Alicia llegó empapada, su blusa azul clara un poco más oscura a causa del agua. Le había regalado su impermeable plástico a una viejita que destilaba en la parada del autobús y sus botas eran un balde. Alicia saludó a las secretarias y se enfiló a la oficina del gerente de producción. Entró sin tocar la puerta, de su cabello todavía caían algunas gotas.
— Quería agradecerte la extensión de mi programa. Media hora más es muy importante para mí.
El hombre alzó la vista e hizo un gesto con la boca. Apretó lo labios y estuvo a punto de decir algo, pero se retractó. Respiró hondo y mientras se reclinaba en su silla, dijo
— Los números dicen que cada vez tienes más audiencia, y hemos recibido muchas llamadas pidiendo que extendamos tu programa. Ven, siéntate.
Alicia se acomodó en la silla. Hacía frío. Todo su cuerpo reaccionaba al aire acondicionado. Se podían adivinar los pezones lisos y duros como piedras de río bajo la blusa. Su cabello provocaba secarlo a soplidos, con el suave calor del aliento.
— Tú me dirás.
— No, nada, solo quería que te sentaras. Te ves un poco agitada.
— La calle está difícil.
— Si
— Estoy feliz con la media hora extra. Se que muchos oyentes también lo estarán.
— No lo dudo.
— Especialmente uno que me escribe cosas muy personales...es un tipo extraño, se hace llamar el esclavo de las fantasías.
— Ah, si... - el hombre se acercó al escritorio — ¿por qué te parece extraño?
— No se. Cuando leo sus cartas, siento que me gustaría conocerlo, pero por otro lado me da miedo, tú sabes, hay mucho loco suelto. Se nota que es una persona muy sensible. Me conmueven las cosas que escribe.
— Veo. La fantasía es una cosa deliciosa. Se ajusta a nuestro antojo. Lo que no se si vale la pena es descubrirla. Todo es más perfecto en la imaginación.
— Es verdad....bueno, tengo que irme, un día de estos te muestro alguno de sus correos.
— Me encantaría. Y felicitaciones.
Alicia salió, dejando un aire fascinante a su paso. A sus 22 años todavía no conocía el poder de su presencia, el embrujo de sus gestos. Era el deseo escondido e inconsciente en un cuerpo desprevenido. El licenciado calculó el volumen de sus nalgas, pero el pantalón no le ayudó esta vez. Tomó un trozo de papel y escribió.
De llegar a llover sobre tu cuerpoMe vertería sin escamparPero mientras tenga que soñar con torrencialesSolo llego a despertar entre humedades.(Fuente Ficción Breve: http://www.ficcionbreve.org)





