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LAS MUERTES DE HORACIO

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LAS MUERTES DE HORACIO

ANDRES QUIARAGUAS
Foto de: Yuri Valecillo.
Cuando una mano desconocida, en una esquina de la plaza de la Candelaria, empuñó un cuchillo y degolló a Horacio, ya Galeano lo había matado en un cuento, parecido a los de Jorge Luis Borges, sin ninguna
misericordia, sin oportunidad para las honras fúnebres. Bueno, un sábado por la mañana, mientras bebíamos café en el negocio de Francisco el Portugués, hablábamos de sus reportajes escritos sobre la revolución nicaragüense (Galeano estuvo como reportero de guerra en ese país) apenas vio que Horacio entró con su tufo a marihuana, sosteniendo con las dos manos el saco lleno de latas de pepsicola, cocacola, cerveza Polar, Marta Caracas, en fin, pidiéndole un café con leche al mesonero, leyendo en voz alta un afiche sobre la obra: “Te juro Juana te juro que te tengo Ganas” que sería puesta en escena en el Teatro Municipal, venteado con aquella camisa roja sin botones, que siempre le vimos, con un jeans negro, sandalias como si fuera un catecúmeno de extraña religión, sin faltarle su sonrisa de niño autista, porque la verdad es que Horacio tenía carisma, en las tascas de la avenida Bolívar: La Masía, El Perecito, La Escalera, siempre bebió en la barra (más de una noche, al salir de las fiestas y me metía gastar la propina, lo encontré con un vaso lleno de cerveza) era como si todos sabían que a principios de los años setenta, bailó en La Unión Soviética, lo vi en una foto en la plaza roja de Moscú, quizás también conoció una Nathali que lo llevó al café Pusquin, tal vez le habló de la revolución de Octubre, seguramente le prometió volver y gritar su nombre en las calles desérticas: Nathali, Nathali…. Entonces, Galeano se incorporó, dejó varios ejemplares del Diario El Siglo, donde al regresar de Nicaragua, cada domingo le sacaron sus reportajes, señalándolo con un dedo, por encima del hombro del líder del “JUS”, que en ese momento venía entrado, con un ejemplar del último tiraje de la Tuna de Oro, sacado al mes de terminar el paro universitario de 198…, tosió fuerte y después me dijo: “Memo, a ese hombre hay que matarlo”. Bueno, a veces no sé si la muerte de Horacio sucedió de la manera que aparece en el cuento de Galeano, o si es como lo explica la crónica en el periódico El Carabobeño, incluso corrió en el boulevard de la facultad de derecho, entre los limpiabotas, recogelatas, una tercera versión muy convincente, no quiero decir que las otras sean inverosímiles, es así entonces que tenemos que imaginar tres escenas del crimen: una donde Galeano explica que Horacio murió soñando dentro del mismo sueño (cuento enviado este año a la Bienal José Rafael Pocaterra) describe las moscas, los gusanos en la barriga del cadáver, que no hay manera de evitar las ganas de vomitar, mientras atrapado en varios sueños despierna y muere sucesivamente, la otra es la que en el bar 810, calle comercio, al lado de una casa disquera, cada vez que se emborracha, Galeano a cualquier puta, con las piernas cruzadas, en una esquina de la mesa, cerca de la rokola, en medio de tragos, le va contando como si fuera el cuento del gallo pelón, la tercera corre en el boulevard de la facultad de derecho (plaza de la Candelaria, detrás de una matas de flores) ningún investigador, no se exige un detective que se tome la muerte de Horacio como la devoción de su vida, ni se trata de una historia policiaca, pero es que ni siquiera quedó definida la escena del crimen, y ahora hay tres. Por ese entonces, yo vivía en la parroquia San José, al lado de una lavandería, detrás de la Funeraria Cristo Rey, y aquellos carruajes fúnebres de finales del siglo XIX, como dos leones, en cada lado de la entrada del estacionamiento, hicieron que nunca pasara de noche por esa acera, siempre tuve la premonición que iba a ver un ataúd en su interior, bueno, antes de que empezaran las misas del domingo, abrí el periódico en el cafetín de Lourdes, la portuguesa, sentado en la mesa de la esquina, con una arepa de carne, una taza de café con leche (aún no había vivido en la Tercer Mundo, pero no me faltaba mi tufo de alcohol) hambre no tenía, era bochornoso sentarse a leer el periódico sin consumir nada, pues era domingo, la noche anterior estuve en mi trabajo de mesonero: una boda en la Asociación de Ganaderos, como el whisky no estaba adulterado, bebí hasta que a las seis de la mañana terminamos de cargar los camiones: en el taxi casi me quedo dormido, desperté cuando los otros mesoneros, decidieron bajarse en la Escalera para ver el último show de las putas, no quise meterme a beber cerveza, entonces en el puesto de revista, en la entrada del Hotel Palaci, compré El Nacional para hojear, como todos los domingo, El Papel Literario, me llevé también el Carabobeño, y por eso aún con el traje de mesonero estaba en el cafetín de Lourdes, cabeceando en la esquina de una mesa, cuando leí que, mientras yo servía Whisky, comida en el bife, en la plaza de la Candelaria mataban a Horacio, me acordé lo que había dicho Galeano:“Memo, a ese hombre hay que matarlo”. No sé qué razón movió a Galeano para decidir que Horacio muriera dentro de su propio sueño, en el cuarto de una residencia en esta ciudad, donde nadie pudo hacer nada por salvarlo, su primera entrega la hizo en el diario El Siglo de Maracay, donde editaron un suplemento con sus reportajes sobre la revolución nicaragüense, pues el lunes cuando iba hacia la facultad de derecho, me entregó un ejemplar de la página literaria de ese periódico, no bebimos café, sabía que mi turno era por la mañana, con ojos de criminal convicto, riéndose me dijo: “Horacio, nunca, nunca despertará”. Bueno, se puede decir que soy encubridor de la primera muerte de Horacio, mejor dicho de cómo Galeano anunció su destino onírico, mucho antes de que se sentara a escribir la primera cuartilla, muchísimo antes de que en la plaza de la Candelaria, una mano desconocida acabara con su, peor aún tampoco hice nada, ¿acaso también deseaba la muerte de Horacio?, no sé pero desde aquella mañana en que Galeano, en el bar de francisco el portugués, me dijo que a Horacio había que matarlo, empecé a experimentar una sensación morbosa de verlo atrapado en una maraña de sueños (soñaba que despertaba de un sueño, y a su vez era otro sueño del que nunca despertaba) y para colmo, en la cuartilla que apareció el domingo en El Siglo de Maracay, Galeano hizo que Horacio tuviera conciencia de su situación, el mismo Galeano se le apareció en uno de esos sueños, detrás de una vidriera, con un muñeco de trapo en sus manos, le hizo muecas, le gritó con su voz de ventrículo: “Horacio, nunca más te verán recogiendo latas, en este laberinto nadie bebe gaseosas, ni cerveza, no hay manera de que salgas de estas cuatro paredes, esa mariposa tricolor, que se posa sobre la silla donde hace meses colocaste tus trapos sucios, es la señal de que siempre habrá un sueño del cual despertar”. Era cierto, Horacio tuvo conciencia de todo: sabía ya de memoria los culebrones que, las 9: pm, si no había cadena presidencial, pasaban por la tele, el calor le sancochaba los huesos, cada 15 días oía cuando Galeano entraba por el zaguán a pagar el alquiler de la pensión, por el ojo de la cerradura, vio que Galeano trajo un candado más grande (un Yale, anti cizalla, de cobre) con la ayuda de la vieja de la residencia, se aseguró que entrara en las argollas de la puerta de la habitación, sin embargo Horacio, en medio del convulsión de aquella modorra, terminó creyendo que eso no sucedía afuera, que a lo sumo era uno de sus tantos sueños encima de otros (imaginaba a sus sueños como las capas de una torta de boda) entonces, como si se masturbara, se encogió con las manos entre las piernas, guardó la esperanza de al día siguiente, ante de los primeros gallos, incorporarse de la cama ya despierto. No fue sino hasta finales de agosto de 1991, cuando salió de la clandestinidad, cuando ya se sabía quiénes promovieron la rebelión del 4/02/1991, y Úrsula en la facultad de derecho, convertida en heroína de la guerrilla urbana, adscrita al movimiento estudiantil Juventud Solidaria Universitaria (JUS) del cual, un año antes, yo había sido expulsado, en asamblea secreta en la Tercer Mundo, pero les alegró cuando, a las seis de la mañana, en el arco de Válvula en la universidad, irrumpió el convoy ejercito revolucionario a repartirnos fusiles, brazaletes, nos fuimos a combatir en el puesto policial Canaima, donde murieron muchísimos estudiantes, que aún hoy nadie sabe dónde están enterrados, entonces a esos de las seis de la tarde, todavía con la sensación de que el toque de queda me agarraría lejos de la residencia (esa sensación de acoso que nos dejó la suspensión de las garantías constitucionales), en una panadería encontré a Galeano, estaba silencioso, algo me hizo pensar que, durante la clandestinidad, no escribió sobre los sueños de Horacio, apenas llegó a fruncir el ceño, encendió un cigarro, aspiró profundo, antes de que le preguntara algo sobre el cuento, echándole azúcar al café, sin alzar la cara, dijo: “Ese huevon está condenado a una eterna agonía”. Entonces, Galeano con un ejemplar de El Siglo, bajo el sobaco, con la cabeza rapada como un tibetano (de monje, cuerpo guerrillero, nadie espera ver un revolucionario calvo, sino barbudo, con lentes) salió hacia el lado de la catedral, supongo que iba matar el aburrimiento en el cine Centro, pues más tarde, cuando regresaba de la calle de las putas, lo vi en la aglomeración de gente que salía de la función de 7pm a 9pm, iba como siempre: apurado, ya no cargaba el periódico. A lo lejos, donde a cualquier hora del día merodea un fotógrafo, con su cámara kodak instantánea, vi la silueta de un personaje del cuento Vinko Spolovtiva ¿quién te mató? (1990) de Slavko Zupcic (Valencia 1970) que hace tres noches, mientras esperaba una mesonera del bar Casa Vieja, detrás del Centro Comercial Cedeño, bajo la luz de un poster eléctrico, leí sin dificultad, pues la historia empieza y termina alrededor del monolito, no era una alucinación, ni estaba contagiado con los sueños de Horacio, lo vi cerca de una patineta, pero no hice ni dije nada, sólo me puse a pensar en que ojalá, a esa hora, encontrara una puta para pasar un rato bebiendo, fumando cigarros, hablarle de un cuento que me gustaría escribir sobre el caso del Pibe (mesonero amigo mío) el miércoles, en Festejos Del Mar, cuando esperábamos el pago, y Garizabalo llegó con un ejemplar del periódico Notitarde, abierto en la página donde, arriba de un retrato del Pibe, del retrato de un cadáver descompuesto sobre una cama, una mancheta en letras grande decía: MESONERO ARGENTINO ASESINO A SU MUJER Y DESAPARECIO. Bueno, si mal no recuerdo, aquella noche no encontré putas, sentado en la cama, siguiendo con mis ojos el hilo del humo del cigarro que, como si alguien desde el techo lo recogía, flotó por encima del escaparate, advertí que Galeano estaba dispuesto a empeñar, hasta lo que no era suyo, para pagar el alquiler del cuarto donde Horacio, metido en una complot de sueños, nunca más podría volver a fumar marihuana, recoger latas, masturbarse entre los arbustos del parque Los Enanitos, viendo a las muchachas del liceo, beber una malta Caracas, comerse un pollo asado en Los Miñotes, esperar que alguien, en alguna tasca, fuera al baño y beberse la cerveza que quedara en el vaso, decirme como una vez lo hizo, un domingo al anochecer en el boulevard de la facultad de derecho, que mi novela inconclusa era un tragedia, que no me frenara en hueso y, de la biblioteca Manuel Feo La Cruz, me robara un ejemplar de las tragedias griegas: Sófocles, Eurípides, y: “Memo, no tengas escrúpulos literarios”. Tal vez, digo yo, no sé si ustedes me lo creerán, de haber sabido en qué calle estaba la residencia, donde Galeano encerró a Horacio a soñar, habría alquilado otro cuarto, después que la dueña de la casa viera su culebrón en la tele, apagara las luces, lo habría sacado hacia los bares del sur, ¿cómo hacerlo?, Galeano no quiso publicar el resto de los capítulos del cuento en El Siglo, ni en la Tuna de Oro, en el primer y único tiraje de Letras Inéditas (revista literaria que a duras penas fundé en la facultad de derecho) tampoco quiso que lo entrevistara sobre el final de Horacio. No sé por qué revivo ahora el sueño que tuve aquella noche, quizás será porque un cuento debe ser verosímil, aunque pienso que no tiene caso escribirlo, pero bueno, eso fue lo que siempre, en los Talleres Literario de la facultad de educación, los viernes en el cafetín de pepe, mi bella puta Doris escuchaba, a pesar de que su fuerte era la poesía, tal vez para repetírmelo, mientras me veía escribiendo, acariciándose los pezones con mi huevo, a Doris le fascinaba que yo acabara escribiendo, y cuando quedaba tieso me decía: “Memo, escribir un cuento es como recordar un sueño”. Ojalá sirva de algo contar que esa noche, después que leí unos fragmentos de País Portátil de Adriano González León (novela comprada en el remate de libros usados, ubicado en la calle Farriar cruce con avenida Cedeño) me puse a recordar que mi abuelo Ambrosio Astudillo, el general de las revueltas en mi novela inconclusa, nunca le tuvo miedo a los muertos, ni siquiera a un tigre que una mañana encontró bebiendo agua en una quebrada del cerro Cacahual, mientras observaba cómo las sombras de las matas de plátanos, a través de la ventana que daba al patio, hacían muecas en la pared del cuarto, hasta que no supe más nada del mundo. Tal vez el sueño empezó en los dedos de mis pies, y fue subiendo, tal vez cuando se aflojaron mis brazos, o por los ojos porque dicen que el sueño empieza en los ojos, no sé cómo sucedió esa noche, lo cierto es que dormí y soñé. No puedo decir que lo recuerdo bien, ni voy a imaginar lo que no recuerdo, porque entonces no se trataría de contar un sueño sino de inventar una historia a partir de los retazos de un sueño, y eso no servirá de nada, más bien haría las cosas más confusas, claro a nadie le pondría una pistola en el mentón para impedir que imagine lo que no alcanzo a recordar del sueño. “La lucha armada no se ha perdido”, una voz atravesaba las paredes de las casas, por ninguna parte vi un acetato dando vuelta en un tocadiscos, ni mucho menos alguien oprimiendo su grabador en play, tampoco era la voz del Chivo Salinas (poeta, guerrillero, residente de La Tercer Mundo, putañero, brujo, cogeviejas) era una voz que todo mundo buscaba y nadie supo de quién provenía. Entonces, ensordecido por la voz, salí de un zaguán a buscar un taxi (y como si no fuera un sueño) en la acera de enfrente estaba una muchacha rodeada de niños, alguien me dijo que era mexicana y se hacía llamar Acuarela, en eso un niño cruzó un jardín con una cámara de flash antigua, un cachivache, le dijo algo al oído, se echaron a reír como si se conocieran de toda la vida. “Hazme un barquito”, gritaba una niña detrás de la puerta de una casa, donde en medio de la sala una mujer, recién parida, vestida de blanco, meciéndose en un sillón, mientras se aireaba con un abanico, amamantaba una gatita, más allá en el patio, habían hombres jugando gallos, se veía un brasero ardiente, otros comían fritangas, y sentados en las raíces de un matapalos, rodeados de la negra dominicana, la renca rosa, la comecome, todas, todas, bien emperifolladas, bien puticas, Galeano y Horacio jugaban la ruleta rusa. Entonces, ahora sí tengo una justificación para contar el sueño, porque pienso que eso debió ser la solución, cuando aún había tiempo de hacer algo, se debió organizar un campeonato, en el Club de Amigos, frente a la plaza Bolívar, de barajas dominó, entre mesoneros y escritores, poetas, pintores recogelatas de esta ciudad, mientras en uno de los pasillos Galeano y Horacio juagaran la ruleta rusa, pues no se concibe que Galeano se ría de ver a Horacio, encerrado en un cuarto, boqueando en el bagazo de un sueño sin fin. ¿Es preciso saber quién es el asesino? Bueno, Galeano: ingeniero civil, egresado de la universidad de Harvard, a su regreso nunca se interesó en hacer reválida del título, había aprendido su verdadero oficio: escritor, corresponsal de guerra en Nicaragua, su trabajo ha sido publicado por El Siglo de Maracay los domingos. “Mi mascara es el seudónimo”, me dijo bebiendo cervezas en Bar Tolo, ubicado en la calle que baja hacia el Parque Los Enanitos, donde me metía a emborracharme con Doris, como el viernes en que, después de regresar del Taller Literario en el cafetín de Pepe, en la mesa, ahí en medio del salón, bailando dimos una película hasta que nos sacaron los rayos del día, y todo se quedó con la disipación de la noche. Tal vez fue a los días de habernos conocido en la mugre de la residencia del Negro Flores, apenas le comentaron que yo estaba escribiendo una novela se detuvo en la puerta de mi cuarto, sin saludarme, me entregó el mecanuscrito de un relato que según escribió en Nicaragua, estaba borracho, sus ojos delataban que una mujer en esos días lo había dejado, con malicia dijo: “Cuando quieras podemos hablar de libros”. En efecto, en Bar Tolo bebimos cervezas, comimos huevo sancochado, hablamos de libros, Galeano con una verborrea pantagruélica, sonreído recordó que de muchacho había sido pandillero, jipe de moto, en un grupo de marihuaneros supo lo que era tener contacto con la guerrilla (mucho antes que se hablara, como un hecho cierto, del asesinato del Che) y fue así como encontré el vestigio más remoto de su vocación literaria, pues nunca me lo ha dicho pero supongo que si algo Galeano le agradece a los guerrilleros es que lo contagiaron con la manía de leer, escribir, el fetichismo como el que tengo de ver oler libros viejos, ver la palabra recién impresa, en fin todo lo que huele a esta vaina que se llama ser escritor. Sin embargo, nunca sospeché los instintos criminales de Galeano, incluso cuando le oí decir que un hombre como Horacio había que matarlo, se lo atribuí los efectos de su úlcera crónica, y fue preciso tener, en mis manos, un ejemplar de la página literaria de El Siglo para tener conciencia que, en un cuarto sin luz, en alguna residencia de esta ciudad, Galeano había condenado a Horacio a padecer la modorra, los suplicios de miles de sueños. Algunos dicen que nunca le falta una navaja en el bolsillo, esa costumbre según la trajo de Estados Unidos, era una manera de cuidar el pellejo cuando le tocaba dormir en alguna estación de trenes, fue por eso que la mañana en que me dijo que ha Horacio había que matarlo pensé que lo asecharía para degollarlo. Imagínense el flujo de sangre brotada del cuello de Horacio, brillante por la luz de la luna, buscando lo oscuro de un camión para esconderse, o mejor dicho para empezar a desmayarse entre las ruedas, en la madrugada: el flash del fotógrafo, carros atascados en la calle angosta, la sábana blanca que nadie sabe de dónde salió, perros lamiendo el hilo de sangre que cruzó la calle, manos enguantadas midiendo el trazo de la cortada, alguien aprieta los dientes y después dice: “Undécimo en esta noche”. Al otro lado de la plaza Candelaria, arriba en el tejado, se advierte aún encendido el letrero rojizo: “Bar abierto” y en la puerta un colombiano tuerto, vendedor de perro calientes discute con una de la mesoneras, pero en voz baja para que la policía no los escuche, mientras el cielo se va transformando en un lienzo azuloso, y la luna convertida en una moneda sideral, aparece entre las nubes, pero nadie lo advierte, no tiene caso, todos están pendiente del cadáver de Horacio. Al cabo de un mes del entierro, en el boulevard de la facultad de derecho, con el dinero de unos cuadros que donó Cristóbal Ruiz, de unas propinas que conseguí en una romería con Los Melódicos en el Colegio de Ingenieros, dispusimos un viernes, a eso de las seis de la tarde, hacerle un homenaje póstumo: anunciado desde hacía una semana en trípticos de varios colores, pues el líder del JUS Juventud Universitaria Solidaria se encargó de que en la imprenta, de la Federación de Centros de estudiantes de la Universidad de Carabobo, se imprimiera el tiraje sin ningún costo, ya que la muerte del primer venezolano que, a principio de los setenta, bailó ballet en la Unión Soviética no pasaría, así como así, por debajo de la mesa. Esa tarde, hubo café en vasitos plástico, colado en una cafetera eléctrica, enchufada en la oficina de los Derechos Humanos, al lado de la facultad de derecho, trozos de queso blanco, una foto (tipo carnet) de Horacio, o no sé si los muertos, en sus retratos, matizan sus rasgos de estirpe, pero en esa foto a color, descollaba, como nunca, el aspecto de árabe que siempre tuvo, sus ojos teñidos de añil, su sonrisa de niño autista, se veía tan vivo que cualquiera pudo pensar que la vela encendida, al lado del vaso con flores, tendrían que retirarla antes de que le molestara en el rostro. Después de cantar Mamá Pancha de Alí Primera, algunas canciones de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Soledad Bravo, entre los aplausos, punteando la guitarra, con lágrimas en los ojos, Irma la poetisa de la facultad de derecho, dijo en voz alta: “La vida de Horacio fue un purgatorio, estoy segura que no está en el infierno de Dante” En eso, el Chivo Salinas subió en la mata de tamarindo, habló de los pecados de Horacio: recoger latas, fumar marihuana, vender libros usados, coger putas, y nadie advertía que, en algún lugar del mundo, en una máquina estaban fabricando un hombre, una metralla nos bañaría en sangre, al asesino de Horacio había que sacarlo de abajo de la tierra, meterlo a podrirse en la cárcel de Tucuyito. Entonces, lo que se pensó que sería una ronda de café, ciertas canciones acompañadas con guitarras, la foto, la vela, el vaso con flores (nosotros y tres pelagatos más) se convirtió en un bullicio que se extendió hasta la madrugada. En cierto momento, se hicieron varios grupitos: debajo de la mata de tamarindo quedamos nosotros: Cristóbal Ruiz, el Chivo Salinas, el poeta Juan Santamaría, que por entonces cargaba la cabeza metida en la poesía de Pessoa, Detma Mirabal, abstemio pero pensaba en los términos de un estudiante de derecho revolucionario, miembro cofundador del JUS, habló de su próxima candidatura al centro de estudiante en la facultad de derecho, y yo: con una carpeta con las pruebas de imprenta de las tripas de Letras Inédita, todos hablando de Horacio, de nuestras borracheras, de lo que dentro de algunos años seríamos, tal vez, en la vida, en fin. A pocos metros de donde estábamos, los estudiantes de la escuela de teatro Ramón Zapata, a media lengua por la embriaguez, ensayaban libretos de obras amorosas, se besaron de lengua, se dijo que una salió cogida esa noche, esa que ahora lleva un bebe a clase, se dijo que a la medianoche, el asesino de Horacio, por la acera de la Biblioteca Manuel Feo la Cruz, pasó tieso, con un periódico torcido en la mano izquierda: cubierto con una chaqueta marrón, lentes oscuros, pantalón descolorido, zapatos blanco con la punta negra, suela de cuero, trenzas gruesas, gorra azul oscuro puesta a la manera de Pablo Neruda, pero fue un asunto que, en medio del griterío, agarradera de nalgas, nadie le paró bolas. No sé si el que pasó era Galeano, nunca lo supe, nunca se descubrió quién o quiénes mataron, en una esquina de la plaza de la Candelaria a Horacio, como tampoco a donde fueron a parar los huesos de los universitarios desaparecidos, en este país, durante la rebelión del 04/02/1991, y mucho menos el por qué, en un cuarto de la calle Libertad en San Blas, abandoné todas mis cosas, y dispuse vivir recogiendo latas, metido por las noches en los morideros, mugrientos de esta ciudad, bebiendo cervezas, hablándole de libro a las putas, discutiendo con mesoneros, pero convencido más que nunca que Galeano supo salirse con las suyas. Entonces, ¿tendré que imaginarme qué pasó con Horacio en el cuento?, ¿estaré autorizado para eso?, bueno, de todas manera, se dijo que unos policías allanaron el cuarto que Galeano alquilaba en la residencia del Negro Flores, eso lo escuché en la cola del comedor de la universidad, no me interesa si fue o no detenido por las prendas militares que hallaron debajo del colchón, un pasaporte con identidad falsa, varios pasa montañas, para nadie es un secreto que Galeano estuvo involucrado en la rebelión del 04/02/1991, y no habría de extrañar que El Siglo le publique algún reportaje sobre esas vivencias. Como les dije, no me interesan esos detalles del allanamiento, sino unos frascos que, envueltos en bolsas plásticas, encontraron en una gaveta del escaparate, pues al olerlos dijeron que eran somníferos, no los embalaron porque en un rincón, arrugados en el suelo, encontraron los récipes morado, eso les bastó para determinar que sufría de insomnio, lo demás es un acertijo. A partir de ese momento, los datos sobre el paradero de Galeano escasean, una noche de borrachera, en el bar de Francisco el portugués, comentaron que logró ingresar a la guerrilla colombiana, pero la última vez que lo vi, en el mercado de las pulgas, me esquivó entre los tarantines de unos guajiros, andaba con ropa nueva, su actitud fue la de un mafioso, no discuto si estuvo o no en la guerrilla colombiana, pero creo que ahora vive del contrabando desde Maicao, no sé pero a Galeano siempre le ha gustado el buen vino, las mujeres de la burguesía, y para eso se necesita dinero, pues ya no tiene los dotes físicos de la juventud para chulearse una vieja del norte de la ciudad como lo hizo cuando era jipe de moto (cárcel, guerrilla, contrabando, sibarita, alias inverosímiles, seudónimo en El Siglo) a fin de cuenta su vida es su vida, lo que sí es injusto es el cabo suelto que dejó sobre el destino de Horacio. Poco tiempo después, cuando yo era brujo en el barrio La Guacamaya (una tregua en mi vida de borracho, o vikingo como se dice en esta ciudad, de recién recogelatas) mientras compraba en el mercado Periférico: hierba buena, romero, velas, pólvora, una gallina negra, condones, encontré el fotógrafo del grupo artístico Un Paso al Frente, cargaba en un bolso de cuero un muestrario de sus fotografías, con un tono festivo, aunque miguel jamás ha sido triste, me dijo que en un cuchitril, ubicado en el segundo piso, de un edificio al lado de la antigua sede de los tribunales penales, bajando por la catedral hacia San Blas, tenía su taller de revelación, donde dos veces por semana tomaba las fotos de una revista pornográfica, editadas en clandestinidad (mujeres agachadas sobre sillas, el vestido subido hasta la cintura, el culo abultado, el clítoris brotado al aire libre, otras besándole los pezones a una mulata, un tipo echándole la leche a una gorda en las nalgas, una muchacha acoplándole un perro a la que está en cuatro patas) se echó a reír cuando le hablé el asunto de la brujería: fumar tabaco, bañar en una pieza encerrada a las mujeres, cobrar con culo, marihuana, reloj, revolver, cesta tique, y si de algo el fotógrafo quedó convencido es el encanto que tiene el barrio La Guacamaya para vivir. Por entonces, los lunes a las 6pm, en el boulevard de la facultad de derecho, en una esquina del teatro municipal, instalaba el trípode con su cámara Canon encima, pues captaba los efectos de los últimos rayos del sol en sus fotos sobre la ciudad, y fue así como salió a relucir la impunidad de la muerte de Horacio, cuando mencioné a Galeano, retrocedió un paso, agarró mi botella de Santa Teresa Carta Roja, puesta en la acera, y se empinó un trago largo, luego en un tono mesurado dijo: “Memo, te voy a contar una vaina que nadie sabe.” Entonces, poco a poco, fumándose un tabaco que le obsequié (la ocasión se prestaba) me fue contando lo que sería la tercera versión de la muerte de Horacio, quizás la menos apócrifa, quizás la que nunca ha circulado en ninguna parte, pues la primera versión se la llevará Galeano a la muerte, nadie lo puede obligar a escribir el final del cuento, y escribirlo yo mismo, enviarlo al departamento de redacción de El Siglo, como hizo Avellaneda con la segunda parte del Quijote de la Mancha, no tiene gracias, además no estoy interesado en las albaceas literarias de Horacio. En cuanto a la segunda versión, la del grupo de escritores, recogelatas: Galeano (en la vida real) esa madrugada, guiado por pura manía de no verlo más recogiendo latas, estorbando en las tascas, según pagó una puta para emborracharlo (hay quienes dicen que fue a sangre fría) en una esquina de la plaza de la Candelaria, debajo de un poster eléctrico sin luz, con un cuchillo amolado, en una carnicería, sin darle tregua para persignarse lo degolló, pero cuando en el Carabobeño, apareció que era un ajuste de cuenta entre indigentes, esa segunda versión se disipó, y lo del cuento, aparecido en la página literaria de El Siglo, más bien le trajo fama como escritor. Entonces, los humores del fotógrafo empezaron a descomponerse, discutió con el policía que nos pegó contra la pared, no paramos en los calabozos de la jefatura Navas Espinolas porque apareció una puta, clienta del altar, y detrás del mercado, donde está promontorio de cajas vacías de cervezas, haciéndole una paja lo persuadió. Justo en ese momento, aproveché que el fotógrafo me contara la tercera versión sobre la muerte de Horacio, y sólo entonces conocí el verdadero móvil del asesinato, pues a principio de 1970, en una exposición del Arturo Michelena en el ateneo, cerca de la entrada, debajo de la escalera que sube hacia la biblioteca, el fotógrafo conoció a Horacio, nadie se lo presentó, le pregunto la hora y empezó una amistad que se alimentó en bares, robando libros en las librerías, hasta que mucho después tal vez en 1978, se hizo público un concurso de ballet en la Unión Soviética, tres meses de duro entrenamiento en Moscú. Así tanto el fotógrafo, que aún no era fotógrafo sino estudiante de ballet, como Horacio que ya había hecho varias presentaciones en el Teatro Municipal, aplaudido en el Teresa Carreño en Caracas, dispusieron enviar el curriculum vitae al concurso (ambos decidieron que la dirección sería la de la casa de Horacio) meses después, un domingo apareció una entrevista en el Carabobeño: el fotógrafo que entonces era bailarín, leyó que el laureado había sido Horacio, y meses después del regresó, en un coloquio de literatura, se vieron cara a cara, ambos se hicieron gestos amistosos pero nunca más se hablaron, los pocos detalles que sabía se los contó Cristóbal Ruiz, pues en el mismo avión, con una beca para estudiar pintura, viajaba a Inglaterra, aún no se sabe si Horacio entró al café Pusquin, si Nathali le hablaría de la revolución de octubre, solamente se sabe que bailó en Moscú, que el frío casi le pudre el dedo meñique del pies derecho, y al bajarse del avión, una mañana en Maiquetía, juró a las aeromozas que nunca más subiría a un avión, si eso era el pasaporte a la fama estaba dispuesto a morir en el anonimato. En fin, hay evidencia física que adminiculada (como dicen los abogados) con el contexto de lo que me contó el fotógrafo, hacen que la tercera versión sobre este asesinato sea convincente: abrió el bolso de cuero sacó una foto a color: vi a Horacio, con su camisa roja, cerca del saco lleno de latas, estirado en la orilla de la acera, con las manos ensangrentadas, agarrándose el cuello, sus ojos ya estaban en sus últimos estertores, en un extremo de la foto el flash captó la boca de un perro lengüeteando el reguero de sangre, vi de nuevo el bolso: a un lado de la cámara canon estaba un cuchillo, en eso leyó una copia del acta de defunción con que Horacio, cuando perdió el concurso en 1978, probó al jurado la muerte del fotógrafo. “Si abres la boca te mueres”, me dijo, y sentí la hoja fría, hedionda, del cuchillo en mi garganta, como supongo que Horacio la sintió, pero sin oportunidad para contarlo.

Actualizado ( Domingo, 26 de Septiembre de 2010 10:04 )  


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