PISADA
ELINOR HERRERA

Su caminar altivo, la espalda recta y tiesa como un pilar, decían mucho de una educación familiar extremadamente rígida. Su padre, el más estricto de todos, le había inculcado que el hombre debía caminar por la vida derecho, bien vestido y con el cabello en su sitio, pues de ser lo contario las mujeres en vez de desearlo, le tendrían lástima. Esta vez no haría caso de su teoría. La urgencia por no perder el autobús de esa hora lo hacía moverse como hoja al viento sin mirar siquiera por dónde pisaba.
Eran las doce del mediodía y sentía que el hambre le mordía el estómago. Caminaba desesperado por llegar a la parada donde abordaría el bus que lo dejaría a dos cuadras de la casa de su novia donde gentilmente lo habían invitado a almorzar. No tenía para un taxi, sólo lo justo para pagar el pasaje. Había conseguido un trabajo modesto y aún no le pagaban la primera quincena. Estaba seguro que la suegra había preparado las caraotas con carne mechada que tanto le gustaban. Al darse cuenta que lo perdía corrió hasta alcanzarlo y de un solo golpe entró.
En el interior sólo se encontraban tres pasajeros: una anciana con un niño que parecía su nieto y un joven uniformado de liceísta. Ocupó un puesto en la tercera hilera y comenzó a imaginar cómo gastaría su primer sueldo. Invitaría a Raquel y a los suegros al cine y luego a comer en un buen restaurant. Quería agradecerles el cariño recibido. De repente escuchó al niño decir “abuela, el chamo que acaba de entrar está podrío”.
Disimuladamente volteó a mirar de dónde provenía la voz y se encontró con la cara arrugada y fruncida de la viejecita. Ésta mostraba un gesto de desagrado como si no quisiera respirar. “¡Fo oo!, huele a puro excremento”, balbuceó con su boca desdentada. No le dio importancia al comentario hasta oír al liceísta corroborar lo anterior. “Chofer, el autobús está burda de hediondo, vas a tener que ponerle un ambientador”. Fue allí que sus ojos empezaron a buscar lo que producía tal pestilencia. Al bajar la mirada se encontró con uno de sus zapatos que mostraba signos de algo que parecía ser un pegote y olía muy mal.
La viejita, agarrando fuerte al niño por un brazo, pidió parada y antes de bajarse comentó “no quiero morir asfixiada”. Apretándose la nariz el estudiante la secundó en el acto, “guácala ,échale un perfumito chofer”.
Al sentirse solo se levantó y se ubicó en el primer asiento cercano a la entrada. Allí se podría disimular un poco el olor con el aire que entraba. Tratando de encubrir lo sucedido comentó al chofer “parece que la viejita olía mal, ¿no?”. Esa vieja cochina, menos mal que se bajó, le respondió el otro.
En el recorrido, a través de la avenida, el bus se fue llenando de gente y al entrar cada uno tenía un comentario diferente al chocar con semejante olor. “Esto huele a cloaca”, “Dios que pudrición tan espantosa”, “lávense las patas, carajo”, otros simplemente decidían no entrar. Mientras él no podía creer lo que sentía. Sentía pena y sin saber qué hacer. Llegó a pensar en lanzarse por la ventana pero la solución no era la correcta. Esto no me puede estar pasando a mí, es una realidad absurda. Se tocaba el bolsillo y lamentaba no tener suficiente dinero.
Al llegar al sitio donde debía bajarse, sacó el poco dinero del bolsillo para cancelar y el chofer lo miró como si quisiera matarlo: mijo, tú a mi no me engañas, lo que tienes encima es la propia mierda y si tocarla da suerte espero que la tengas porque a mí lo que me has traído son desgracias. Hoy todo el mundo se ha bajado sin pagar y mostrándole una cajita le dijo con el asco dibujado en el rostro: el único que ha pagado has sido tú.
