¡FIN DE MUNDO!
Elinor Herrera
Su andar y hablar pausado, el vestido color verde pastel que moldeaba su figura estilizada, el cabello cortado recto al nivel de los hombros, le imprimían ese aire de señora de alta sociedad. Su belleza ingenua no necesitaba de mucho maquillaje para demostrar lo joven que aún se veía para sus cincuenta años vividos. Una mujer que provocaba ser tratada con delicadeza sólo por el suave perfume que expedía su cuerpo y por sus movimientos que parecían ballet clásico. De lejos se notaba que no estaba acostumbrada a las “ordinarieces” de la gente común.
Tenía por costumbre ir semanalmente a la peluquería a “darse un gusto” como solía decir, y a ponerse bonita para su querido esposo. Allí le arreglaban las uñas, le cortaban y le pintaban el cabello cuando era necesario. Al entrar notó que había una nueva chica, “la probaré a ver qué tal”, pensó. La peluquera la recibió con entusiasmo. – Señora linda, pase por aquí que la voy a dejar más bella de lo que ya es –, mostrándole el sillón donde se podía leer en el espejo, el nombre de la misma.
– Yubiritzay, hoy estoy de aniversario de bodas y quiero sentirme diferente, le indicaba Leticia Montes de Oca.- hoy se cumplen treinta años de felicidad compartida y la noche promete estar llena de sorpresas, así que pretendo verme sencilla pero elegante. El cabello debe quedar impecable, igual que mis uñas.
– Si corazón, la voy a dejar como nueva, aunque usted no necesita tanto mergunje ni potingues para verse hermosa.
– Nada de cambios radicales, algo con la misma tendencia que uso y que me caracteriza desde hace años. Deseo que Luis Felipe no tenga ojos para más nadie en la fiesta.
– ¡Qué envidia! Menos mal que los hombres de antes no son unos perros como los de ahora. Usted tiene un marido que la quiere y la respeta, la felicito por haberse ganado tremendo espécimen. Vamos que primero le voy a lavar la cabeza y luego le entramos a las uñas.
– Yubi, ¿te puedo llamar así? Me resulta impronunciable tu nombre.
– ¡Claro mi linda! Todos me llaman así. No faltaba más, respondió, mientras le mojaba la cabeza y le ponía el champú.
– Todos hablamos de la feria de la vida como nos va en ella. Para algunos resulta super aburrida pero para otros, excitante. Gracias a Dios, a mi me ha ido muy bien, tengo tres hijos que ya son profesionales y me han dado nietos adorables.
– Corazón, cuando le digo que usted es afortunada es porque se sacó la lotería, ¿oyó? Los hombres de ahora son unos infelices mal nacidos. Si le contará todo lo que me ha tocado vivir en estos últimos meses se cae para atrás. Y sin dejar de masajearle la cabeza continuó con la perorata. - Le voy a contar algo para que se dé cuenta de lo que está pasando en esta ciudad que me tiene impresionada.
– Si le cuesta mucho no lo haga, contestó tratando de evitar seguir escuchándole la voz que ya le resultaba chillona y los comentarios fuera de lugar que comenzaban asomar en la confesión. – Si el problema es con tu esposo lo que tienes que darle es más cariñito y ser más comprensiva.
– Ojalá fuera eso. Yo no tengo marido, lo tuve y me duro tres meses. Le explico los detalles para que entienda. Hace un año conocí a un hombre por Internet, en una de esas páginas donde se consiguen maridos y novios. Paco, el infame se llama así. Estuvimos tres meses de chatear todos los días, luego decidimos que ya era hora del encuentro en vivo. El muy perro me envió los pasajes para viajar a España y quedarme a vivir con él. Estaba feliz. El tipo resultó ser tremendo amante, me mimaba, me prometía ser fiel y amarme por siempre, además que era incansable e innovador. Entiende eso, ¿verdad, mi linda? No había hora ni lugar donde no le provocara hacerme el amor ni hueco que no me conociera, ¿me explico? Todos los días me dejaba exhausta de tanta cama y vino, porque allá se toma vino, como si fuera agua.
– ¡Ah caramba! Hay muchas historias de ese tipo, le dijo para lograr cambiar el tema que ya comenzaba a ponerle las mejillas coloradas.
– Pasados los tres meses, el muy rata no quería ni tocarme. Claro ya me había gozado y se le había pasado la novedad. Me maltrataba verbalmente y todo le fastidiaba, por lo que le pregunté si quería me devolviera a mi país. Y sabe qué contestó. “Es lo mejor que puedes hacer porque en este país no vas a conseguir ni trabajo” Así que agarré mis cuatro trapos y me vine.
– Es lo mejor que has podido hacer. Allá ibas a pasar muchas necesidades. Miró el reloj para indicarle que se apurara y ésta ni lo notó. Optó por cerrar los ojos y simular no prestar atención.
– Hubiese sido preferible quedarme. Mi linda, no tienes idea de lo qué pasa en esta ciudad con los hombres. Prefieren tener novio que mujer, así como lo escucha, hombres con hombres. Resulta que se volteó el coroto. ¡Fin de mundo! Los homosexuales tienen de tres y cuatro y nosotras velando por uno, o sea pelando y no es mandarina. Aquí mismo hay un ejemplo palpable de lo que te digo. Ve a ese qué está allí al frente de franelilla naranja y jeans negro. Veintiún años tiene el carajito y el novio, cincuenta. Ayer le regaló tremendo Black Berry y lo lleva a cenar casi todos los días. cuando viene a buscarlo no le da ni pena. Dejó a su esposa y a los hijos en Margarita para venirse a vivir con el degenerado ese. ¡No les da vergüenza! Hay muchos que vienen y qué a cortarse el cabello, yo te aviso, hacen cola sólo para tratar de levantarse a los peluqueros. Qué queda para nosotras, dígame. Habrá que prenderle candela a todos y ver quien se salva.
– Ármate de valor y no desesperes por conseguir marido, muchacha. Eres muy joven y por lo visto tienes una vasta experiencia en el tema. La humanidad no va a desaparecer porque los hombres de esta ciudad les haya dado por invertir los papeles. Dios es infinito en su misericordia y si en tu vida hay un hombre, te llegará. Te acordarás de mi cuando te vuelvas a enamorar.
– Será así, pues. Ya terminamos con el peinado mi linda, ahora vamos con las uñas.
Abrió los ojos y al verse en el espejo no era ella. Estaba distinta, deshilachada, desgreñada y fea. Virgencita, ayúdame. ¡Estoy horrible! Se aguantó las ganas de decirle que por hablar tanto gamelote nada podía salirle bien. Se levantó perdiendo la compostura y dejando una propina en el mesón le dijo – Aprende a cerrar la boca, mi linda, porque así no te entrarán moscas ni hombres con buenas intenciones.
Salió dando un portazo y dejando a todos asombrados. Caminó lentamente hacia su carro pensando que su autoestima ya estaba en el suelo y la fiesta de la noche tendría su hora loca con su gran monigote.





