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Caída libre

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Elinor Herrera

Elinor es profesora. Sus textos se han publicado en la Revista Fauna Urbana y en el periódico cultural del Centro de Formación Permanente en Villa Asia. Conduce, conjuntamente con Dilia Discipio, el programa Radial "Encuentros".

Columnistas

 

Caída libre


Otro día igual a los demás, pensó, mientras caminaba rumbo a cualquier sitio donde pudiera conseguir trabajo. Estaba difícil. Desde hacía muchos años sólo lograba pegar un día que se lo pagaban como si fuera una limosna. Ahora lamentaba sus días de rebeldía y mal proceder cuando se fugaba del liceo para reunirse con los compinches a cometer fechorías que no le habían dejado saldo positivo.

No creció mucho, quizá la mala alimentación no le permitió desarrollar músculos y estatura. Su cara morena pequeña, mostraba signos de la viruela padecida a los 11 años y a los 23 parecía que aún estaba viva, dándole aspecto de muchacho mala conducta. El cabello negro ensortijado, la camisa ancha y los pantalones con zurcidos por todas partes, como la calle por donde ahora transitaba, le hacían parecer una marioneta en desuso. Su madre insistía en no botarlos hasta tener para comprar otros. Se remediaba con la ropa usada que le regalaban a ella en las casas donde trabajaba por días, desde hacía muchos años. El no había logrado aún apoyarla para que dejara de sufrir en casas donde la esclavizaban y la hacían planchar hasta las pantaletas de las niñas.

Su estómago comenzó a rumiar y no tenía nada para calmarlo. El pan con café con leche, comido en la mañana, había pasado ya a mejor vida. Era hora de almorzar y sus bolsillos estaban más limpios que talón de lavandera. Se acercó a una panadería y habló con el dependiente a ver si la pegaba. Puedo lavar los trastos, barrer y acomodar las sillas y mesas y me das algo para comer, propuso. La respuesta fue negativa.

Caminó hasta una plaza cercana donde algunos niños jugaban y corrían, algunos con helados y otros con golosinas en las manos. Logró alcanzar a uno y de un solo tirón le arrancó una bolsa que llevaba. ¡Dios a lo que he llegado! Pensó mientras revisaba para ver que encontraba. Una montañita de papas fritas que le devolvió el color a la vida. Al menos tendría fuerzas para continuar el día. El llanto del niño le imprimió fuerzas para correr hasta la parada del autobús y montarse en el que estaba de salida en ese momento.

Pana, me das un empujoncito hasta más arriba, solicitó. Una rápida mirada al interior le mostró el único asiento vacío que quedaba en la parte trasera. Allí una mujer hermosa estaba sentada pegada a la ventana. Ésta notó sus intenciones y se rodó para que no tuviera oportunidad de sentarse a su lado. Claro con esas fachas. El se acercó y le pidió permiso para sentarse y ella ni siquiera se inmutó. Señora, no deje que la belleza le quite la educación, usted es muy bella para ponerse con esas, le dijo con voz de enamorado. A ella le entró por un oído y le salió por el otro. No se movió.

Se quedó parado en el pasillo con las manos sujetando el tubo que pendía del techo como si se agarrara a la vida. Sus pensamientos comenzaron a volar. “Esto está full, seguro alguien lleva suficiente dinero para resolverme la semana. ¿Y si me lanzo un asalto? Lo único que tengo es un pedacito de navaja del cortaúñas pero eso me sirve. Hay pocos hombres y las mujeres se ven cansadas, menos mal que no viajan niños, así la cosa será más fácil. Tenía 3 años que no participaba en esos menesteres pero la situación lo obligaba.

El autobús se dirigía rumbo al puente que dividía las dos ciudades y donde, ya se había hecho costumbre, los pasajeros eran asaltados y los malandros se escapaban lanzándose al río para salir por el club náutico que estaba en las orillas. Ni la estación policial colocada al final había logrado que bajara el índice de robos. En el barrio cercano decían que los policías eran los primeros malandros y permitían que estos escaparan. Ya se estaban cansando de lo mismo, repetían.

En el preciso momento que estaban en la mitad del camino se oyó una voz fuerte que ordenaba. ¡Esto es un asalto! Vamos, no se pongan cómicos y me dan las carteras y los celulares. Una señora gritó “¿con ese cuchillito es qué nos vas a quitar lo poco qué tenemos piazo e´loco?”. Otra se le sumó y propuso “vamos a lanzarlo al río pa´que aprenda, ¿hasta cuándo tanta jodedera?” Párate chofer, párate, ordenaban. Se oyó el chirrido de los frenos y las voces que gritaban “agárralo, agárralo”. Lo que vino después no le gustó. Todos se levantaron al mismo tiempo y lo tomaron por piernas y brazos. A empujones lo sacaron y lo arrastraron por el asfalto que terminó de romper lo poco que le quedaba del pantalón.

¡Virgencita, ahora si voy a pelar gajo! Quién me mandaría a inventar en este día tan fatídico. Comenzó el balanceo del cuerpo, iba y venía. Lo lanzarían al río y no sabía nadar. La defensa del puente se acercaba y se alejaba hasta que sintió que caía 30 metros abajo. La cara de su viejita apareció con la expresión del robo de los ahorros, la madrina llorando la perdida de sus joyas, la novia engañada con el bendito cuento de “no lo hago más mamita”, el portugués del abasto entregándole el dinero de la caja. Diosito te prometo que si me salvo de ésta no vuelvo a robar más nunca, Diosito no me abandones ahora, te consta que quise cambiar, gritaba mientras el agua se acercaba rápidamente.

La suerte estuvo de su lado, unos turistas que en ese momento navegaban para tomar fotos de la unión de los ríos Caroní y Orinoco vieron el cuerpo cuando se zambulló en las aguas oscuras. Se acercaron y lo vieron tragando agua hasta por los oídos. Le lanzaron un salvavidas del que se aferró con tanta fuerza que hubo que pedirle insistentemente que se soltara que ya estaba a salvo. Lo dejaron empapado y con el hambre que había olvidado por los acontecimientos. Mientras la lancha se alejaba, el acariciaba una cámara fotográfica calculando cuánto le podrían dar por ella.

 
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