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DOÑA BÁRBARA, DEVORADORA DE ZOMBIS

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DOÑA BÁRBARA, DEVORADORA DE ZOMBIS

Mister Danger ha comercializado con una sustancia nueva que ha despertado a los muertos vivos en el inmenso llano. A la llegada de Santos Luzardo se comentan de ataques esporádicos en pueblos e incluso Doña Bárbara se ha enfrentado con algunos muertos vivientes demostrando fiereza y valentía. Para salvar al Llano Santos Luzardo y Doña Bárbara tendrán que dejar de lado su forcejeo de civilización y barbarie para combatir un enemigo común. A todas estas Marisela ha conformado una brigada juvenil para acabar con los muertos vivos que poco a poco van ganado en número.


FRAGNENTO DE UN CAPÍTULO APÓCRIFO

VII. EL FAMILIAR

Noche de luna llena, propicia para los cuentos de muertos vivos. Bajo los techos de los caneyes o encaramados en los tramos de las puertas de los corrales, siempre hay entre los vaqueros alguno que hable de los muertos vivos que han enfrentado.

La ambigua claridad del satélite, trastornando las perspectivas, puebla de seres monstruosos la llanura. Son las noches de las pequeñas cosas que de lejos se ven enormes, de las distancias incalculables, de las formas disparatadas. De las sombras blancas apostadas al pie de los árboles, de los jinetes misteriosos, inmóviles en los claros de sabana, que desaparecen de pronto cuando alguien se queda mirándolos. Noches de viajar «con el escalofrío de capotera y la Magnífica en los labios» –según decía Pajarote–. Noches alucinantes en que hasta las bestias duermen inquietas.

En Altamira, siempre era Pajarote quien contaba los casos más espeluznantes. La vida andariega del encaminador de ganados y la imaginación vivaz suministrábanle mil aventuras que narrar, a cual más extraordinaria.
–¿Muertos vivientes? Salen de sus tumbas para alimentarse de los vivos desde el Uribante hasta el Orinoco y desde el Apure hasta el Meta, les conozco sus pelos y señales –solía decir–. Y si son los otros espantos, ya no tienen sustos que no me hayan dado.

Las almas en pena que recorren sus malos pasos por los sitios donde los dieron; la Llorona, fantasma de las orillas de los ríos, caños o remansos, y cuyos lamentos se oyen a leguas de distancia; las ánimas que rezan a coro, con un rumor de enjambres, en la callada soledad de las matas, en los claros de luna de los calveros, y el Ánima Sola, que silba al caminante para arrancarle un padrenuestro, porque es el alma más necesitada del Purgatorio; la Sayona, hermosa enlutada, escarmiento de los mujeriegos trasnochadores, que les sale al paso, les dice: «Sígueme», y de pronto se vuelve y les muestra la horrible dentadura fosforescente, y las piaras de cerdos negros que Mandinga arrea por delante del viajero, y las otras mil formas bajo las cuales se presenta, todo se le había aparecido a Pajarote.

Nada tenía, pues, de sorprendente que aquella noche, abandonado de pronto el cuatro que punteaba, anunciara que había visto al «familiar» de Altamira.

Según una antigua superstición, de misterioso origen, bastante generalizada por allí, cuando se fundaba un hato se enterraba un animal vivo entre los tranqueros del primer corral construido, al fin de que su «espíritu», prisionero de la tierra que abarcaba la finca, velase por ésta y por sus dueños. De aquí veníale el nombre de familiar, y sus apariciones eran consideradas como augurios de sucesos venturosos. El de Altamira en vez de un animal fue un enemigo que, según la tradición, enterró don Evaristo Luzardo en la puerta de la majada, que intentó asesinarlo una madrugada.

A pesar de que allí no era costumbre tomar muy en serio las visiones de Pajarote, a un mismo tiempo dejaron de oírse las maracas que sacudía María Nieves, y se enderezaron en sus chinchorros Antonio y Venancio. Sólo Carmelito permaneció indiferente.
–Echa el cacho, Pajarote, a ver si te lo podemos creer. ¿Cómo fue la cosa?
–A la tardecita, cuando venía recogiendo los mautes, caté de ver por el boquerón de La Carama, allá en Médano Un muerto vivo saliendo de la tierra en medio de un espejismo de agua. Era como oro molido el polvero que levantaba, y no podía ser otro sino «el familiar», que había regresado como muerto viviente para vengarse. Me armé de valor y ajilaito, conteniendo la respiración, saqué el machete de su funda y este relumbró como una serpiente de plata. Sudando frío bajé del caballo y me escondí entre los matorrales. Me sudaba la mano que sostenía el arma y un sudor frío me subía por la espalda. El muerto vivo traía la ropa raída, toda jirones. En algunas partes del cuerpo se le veían huesos al aire y la boca negra dejaba ver unos dientes filosos y hambrientos. Avanzó hacia donde estaba escondido y sin darle chance lo ataqué con violencia. El primer machetazo corto el brazo derecho de un tajo. Escuché como se quebraron los huesos. El muerto vivo grito de furia y trató de cogerme por el cogote al tiempo que abría su boca podrida y nauseabunda. Giré con velocidad y asesté otro golpe justo en la mano izquierda que saltó en la arena como un animal vivo. El muerto vivo giró con torpeza tratando de agarrarme y fue entonces que aseste un machetazo justo en la cabeza que salió disparada hacia los matorrales. El cuerpo tembló un instante y luego cayó inerte entre el polvo.

Venancio y María Nieves cambiaron miradas, con las cuales cada uno exploraba la credulidad del otro, y Antonio se quedó pensativo:
–Nada le falta al cuento: entre dos luces en medio de un espejismo de aguas. Así es como dice el viejo que y que siempre se aparecía el familiar... Pero este Pajarote no cobra por decir mentiras... Sin embargo, ¡quién quita!... Además, las cosas son verdad de dos maneras: cuando de veras lo son y cuando a uno le conviene creerlas o aparentar que las cree.
–Diga, vale Pajarote: ¿eso lo vivió usted, o se lo han contado?
–Claro que lo viví y lo miré con estos ojos que se han de comer los zamuros –prorrumpió el interpelado, con su hablar a gritos–. Porque lo que es a mí no me entra el gusano ni después de muerto, ni tampoco soy de los que se van a pudrir, como Dios manda, quitecitos dentro del hoyo, según me lo tiene anunciado don Balbino, que ahora también se las está echando de brujo, por no quedarse atrás de la mujer, y asegura que voy a morir de mala muerte, en un paso de mata, y todo porque sabe que le estoy llevando la cuenta de lo que manotea, en una tarja que ya está cuajadita de rayas.

En realidad Pajarote si vio todo lo que contó, pero fue Santos Luzardo quien se enfrentó con el muerto vivo.

Actualizado ( Martes, 06 de Abril de 2010 17:58 )  


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