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Autobús Equivocado

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Autobús Equivocado

Elinor Herrera

Columnistas

Desde el inicio de los juegos de la Copa América, 27 de Junio del 2007, Rafael no había vuelto a recordar aquel asalto que sufrió acompañado de amigos y vecinos del pueblo de Santa Elena de Uairén, ubicado en la parte sur del estado Bolívar. Eran las 4 de la mañana cuando se dirigía rumbo a la ciudad de Puerto Ordaz en un autobús de Expreso Los Llanos a realizar algunas diligencias de trabajo y a disfrutar del ambiente futbolístico.

En esa época, el país se encontraba atiborrado de turistas que llegaban para ver a sus equipos de futbol favoritos. Los estadios más importantes del país habían sido remodelados o construidos en su totalidad. En Puerto Ordaz, la inversión hecha por el Estado había sido millonaria, 220 millardos de bolívares para su ampliación y remodelación, lo que traería consigo un cambio de nombre: Centro de Entretenimiento Cachamay. Un poco difícil de recordar pero ya nos acostumbraríamos. Allí se realizarían los juegos entre los equipos del grupo B: Ecuador, Chile, México y Brasil. Se esperaba la asistencia de 42 mil personas. Si le quedaba tiempo compraría algún boleto, así fuera revendido con tal de ver a su equipo en el campo. Ese día se celebraría por todo lo alto el enfrentamiento entre dos grandes equipos poseedores de una gran fanaticada en el país, México y Brasil.

Tenía 27 años viviendo en Santa de Elena de Uairén, pueblo cercano, a escasos 15 kilómetros, de la frontera con Brasil. Allí se había hecho minero y no le iba nada mal. Tenía su casa, carro y compañeras ocasionales que le hacían la vida más placentera. Ya no existían los compromisos matrimoniales ni a quien dar explicaciones de sus actos. Compró su boleto de autobús para las 11 de la noche, era más cómodo viajar arropadito y dormido y arribar tempranito para diligenciar durante el día. De regreso a la casa se asombró al ver que el pueblo estaba a reventar de turistas que llegaban en autobuses Unión Cascabel, desde Boa Vista y Kavanayen, para ir hasta Puerto Ordaz a disfrutar de esa gran fiesta.

Todos los negocios y restaurantes estaban a reventar con tantos brasileños que llegaban cargados de dólares y hacían la debida parada de descanso y trámites de documentos para cruzar la frontera. Parecía un hormiguero con el rebullicio de gente que había. No se encontraban espacios ni para comer en el mercado, todo estaba atiborrado de gente.

Luego de preparar el equipaje contentivo del dinero y algunos regalos para familiares y amigos, se dirigió al terminal. Se encontró con amigos y conocidos del pueblo que llevaban el mismo destino y las mismas intenciones. Embarcó las maletas y subió. Allí notó que su boleto tenía marcado el número 27. Buen número, pensó. A su lado una linda joven comenzó a comentarle que los brasileños habían tenido percance con las autoridades fronterizas venezolanas por irregularidades en los documentos y lo más seguro era que se demorarían en salir. Ojalá lleguen con tiempo para ver a su equipo ganar porque Brasil será el que gané, pronosticó.

Se arropó y pronto se quedó dormido. Un frenazo repentino lo hizo despertar. Por instinto miró el reloj, eran las 4 de la mañana. ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?, preguntó. Corrió la cortina y se dio cuenta que estaban en la curva de Santa María cerca de Upata. Habían varios troncos apilados en el medio de la carretera. Vamos, a despertar, hay que ayudar al chofer a quitar esa barricada del medio, comenzó a gritar. No había terminado de hablar cuando escuchó una voz a sus espaldas. Cállate y siéntate hablador de paja porque si no te quiebro aquí mismo. Lo que estaba en su frente no le gustó, menos el frío que lo tocó. “No te me pongas cómico y quédate tranquilito como los demás”. ¡Santo Dios! Eran 8 pistolas que se movían por todo el autobús mandando a los pasajeros a quedarse en sus puestos. ¡Eran piratas de carretera!

La orden de “arranca hacia el monte”, se escuchó en el silencio de la madrugada como si se avecinara el final del mundo. El autobús comenzó a rodar hacia la parte derecha de la carretera, se adentró en la sabana unos 300 metros aproximadamente. Allí nadie vería lo que sucedería, pensó. Qué nos harán. “Vamos, a bajar todos”, gritó uno de los piratas. El descenso se hizo entre llantos, lamentos y quejas de las mujeres y hombres. Los niños se pegaron de los padres sin entender que pasaba. Qué se callen, carajo o ¿no escuchan?, gritó otro pirata.

En ese momento notaron que una camioneta blanca estaba escondida entre unos matorrales. Uno de los asaltantes se dirigió hasta allá y la condujo para estacionarla justo al lado del maletero. Hizo un disparo y voló la cerradura. Todos pegaron un salto hacia atrás como si fuera la ola humana de las gradas del estadio. Otros tres comenzaron rápidamente a sacar maletas y bolsos y a tirarlos en la parte posterior, mientras los otros les ordenaban quitarse todo lo que tenían encima. Las mujeres más jóvenes rogaban no desnudarse porque les daba pena con los vecinos y compadres del pueblo, las mayores lloraban y los hombres permanecían callados. El sólo pensaba en la vergüenza que sentiría cuando todo pasara, si es que lograban salir ilesos.

El que parecía el jefe gritó, aquí nadie va a tener pena con nadie porque lo quiebro aquí mismo y le doy mortadela, e hizo un disparo al aire. Ustedes son los culpables de esta vaina porque salieron antes que los brasileños y no nos vamos a ir con las manos vacías. Los nervios se apoderaron de todos. Esto bastó y sobró para que se bajaran cierres y se desabotonaran las camisas. Las mujeres se tapaban lo que podían con las manos, algunos hombres con ramas y los más desvergonzados, orgullosos de sus dimensiones, se quedaron como si nada. Los dejaron pelaítos, en cueros. ¡Se llevaron todo! Celulares, dinero, maletas, zapatos, le quitaron hasta las medias a los carajitos. Cuando lograron sobreponerse la camioneta había desaparecido. No sabían que hacer en esa oscuridad, con plagas, mosquitos y en esas fachas. Dos valientes se atrevieron a decir que caminarían hasta la carretera a pedir auxilio o cola. Al rato regresaron diciendo que sólo dos carros habían pasado y los llamaron locos. Estaban jodidos.

Vámonos a hacer la denuncia, estamos más cerca de San Félix que del pueblo y esto no puede quedarse así, reaccionó él de repente. ¿Dónde está el chofer? El gordito estaba tirado en el suelo bocabajo y lloraba como un niño. Vamos levántate que nadie sabe manejar ese perol mejor que tú. Comenzó el ascenso de una manera lenta y difícil, nadie quería ser visto desnudo, las más gorditas lloraban y los hombres aprovechaban para echarle ojitos a las más acomodaditas. Lo que resultaba más cómico era ver al chofer manejando con sus testículos al aire.

Llegaron a la estación policial ubicada en la Av. Centurión de la ciudad de San Félix y se dan cuenta que no podían bajarse en esas fachas. Volaron hacia las cortinas que tapaban las ventanas y con los pedazos de telas se cubrían lo que podían. Allí se bajaron todos dando gracias a Dios por estar vivos y poder contar lo sucedido. Luego, se les indicó que uno por uno sería entrevistado para poder formalizar la denuncia. Mientras corría el tiempo no se hablaba en el recinto de otra cosa que no fuera futbol. Gol, la canción oficial de la Copa no dejaba de sonar por todas partes. Los policías apostaban a los goles que meterían los jugadores estrellas Rafael Márquez y Nery Castillo por México y Robinho y Batista por Brasil. Era una lástima no contar con la participación de Kaká, Lucio, Ronaldinho, Adriano, entre otros.

Comenzó el partido, su reloj marcaba las 2: 45 pm. En el minuto 23, Nery Castillo anotó el primer gol para México. ¡Qué mala onda! El partido prometía estar emocionante. Estaba absorto en las jugadas que no escuchó cuando lo llamaron a declarar. El siguiente, gritó el oficial, y en ese preciso momento oyó cuando el narrador gritaba, goooool de Ramón Morales favor de México en el minuto 28. Tremendo batacazo para la canarinha, señores. Aumenta la ventaja en el marcador 2 a 0. Qué bolas, su equipo estaba perdiendo, en 5 minutos le habían clavado dos goles. Ese día Brasil perdió le juego y el la vergüenza.

A raíz de esto, decidió no regresar a ese pueblo que se había tornado peligroso y no era la primera vez que esto sucedía. Existían varias denuncias registradas del mismo modus operandis y no había nadie preso. Tenía ya 3 años con un negocito de venta de ropa en el mercado de Unare y se acercaba la época decembrina, buena para la venta y ganarse unos churupitos extras. Noviembre no había reportado muchas ganancias, había sido un mes flojo. Aprovecharía los últimos días para ir a Caracas a comprar mercancía en el mercado del Cementerio. Sin pensarlo se fue directo al terminal a comprar su boleto para el día 27. Expresos Occidente fue el elegido para el viaje, la hora: 9 de la noche, número de asiento 27. ¡Carajo! Qué coincidencia.

Su compañera de viaje era una vendedora que iba, igual que él, a comprar para revender. El frío estaba que mataba. Sacó su cobija y se dispuso a dormir. No había pasado una hora cuando sintió un frenazo. Se asoma por la ventana y miró con asombro la barricada en medio de la carretera. Habían pasado ya el puente Orinokía y se encontraban cerca de un sembradío de pinos. Ya está, aquí es donde me volverán a joder la vida. Mientras sonaba una lambada escuchó una voz que decía “ vamos, arranca hacia los pinos”

A lo lejos divisó una camioneta blanca escondida entre los arboles. Había vuelto a coger el autobús equivocado…

Elinor es profesora. Sus textos se han publicado en la Revista Fauna Urbana y en el periódico cultural del Centro de Formación Permanente en Villa Asia. Conduce, conjuntamente con Dilia Discipio, el programa Radial "Encuentros".

 

Actualizado ( Domingo, 31 de Enero de 2010 10:23 )  


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