Rapidez
ELINOR HERRERA
Cuando Leonor nació, la luna debió estar en fase cuarto menguante porque su cuerpo nunca llegó a tener la figura de una mujer deseada. Todos opinaron que se parecía al padre, el cabello negro grueso ensortijado, piernas y brazos como palillos y el cuerpecito delgado le daba aspecto de niña enfermiza. Al poco tiempo comenzó a sufrir de asma y el pecho se le hinchaba con el siseo que emanaba cada vez que respiraba.
El padre sentía que no podía dejar de trabajar para así poder costear los gastos de tan infame enfermedad que le había tocado padecer a su linda niña. ¡Era la niña más hermosa del mundo! No se habían equivocado los que opinaron sobre el parecido entre ambos. Cuando Leo, como la llamaban cariñosamente, comenzó a caminar, lo hacía de manera tan rápida que tropezaba con todo lo que encontraba a su paso. La madre tuvo que desocupar la sala y el comedor de muebles para evitar las caídas y moretones, luego su resistencia era tan fuerte que podía caminar, caer, tropezar y levantarse como si nada.
En la escuela primaria se destacó por su rapidez para competir con los niños en el recreo y en los juegos interescolares. No había competencia deportiva donde participara que no ganará. Apostaba con los varones a “quien me gane corriendo más rápido le doy el dinero de la merienda si no me lo devuelve doble”. Siempre cobraba el doble. Su placer más grande era pegar una sola carrera desde la escuela hasta la casa y entrar como un huracán. Muchacha vas a dejar los dientes pegaos en la calle un día de estos, le advertía el abuelo cuando la veía entrar de esa manera. Ella hacía caso omiso y preguntaba, ¿abuelo no necesitas que te compre algo en la bodega? No, anda a bañarte que parece vinieras de una guerra pero de charco.
A los 9 años su vista comenzó a fallar y siempre manifestaba sentir dolor de cabeza. Cómo no vas a sentirte así si vives en un permanente corre corre, opinaba la madre. El médico determinó que los dolores de cabeza eran causados por el esfuerzo generado para poder ver de lejos. Se le detectó miopía. Ahora si es verdad que esta muchacha se verá más fea, flaca como un esparrago y con lentes, comentó la abuela materna, tenía que heredar también lo corto de vista de Francisca, que dice que no ve pero lo que no le importa. La madre se encargó de comprarle cintas de colores que hicieran juego con la ropa para sujetarles los espejuelos, así no sería tan fácil que se le cayeran en una de esas corridas que solía dar y le darían el toque femenino.
Mientras crecían en tamaño sus dotes femeninas, que eran pocas, las ocultaba tras franelas y pantalones deportivos. El pecho se le había atrofiado por el asma. Después de muchos tratamientos el doctor determinó que era emocional. Su apego al padre le originaba el siseo que no le permitía respirar con normalidad cada vez que éste salía de viaje. Su madre en cambio se dedicaba a mantener el hogar como una tacita de oro. Era tan dulce, detallista y delicada que no se podían comparar porque siempre ella salía perdiendo. Admiraba su belleza, elegancia, el caminar pausado, mirada profunda y cabello largo que al tocarlo parecía seda. Alguna vez le preguntó “Mami, por qué no dejaste la ventana abierta y esperaste que la luna estuviera llena para concebirme, así hubiera salido tan linda como tú”. Muchacha, las niñas buenas no hablan esas cosas, vas a tener que dejar de andar con esos muchachos que lo único que hacen es hablar de sexo.
Al cumplir los 18 años, ya para entrar a la universidad, conoció a un chico que le destapó las ganas de cambiar toda su apariencia. El, tenía apariencia de intelectual, delgado, delicado en sus ademanes y siempre tenía la respuesta adecuada para todo. Era un tipo inteligente y le gustaba así como era. Comenzó a usar pantalones a las caderas y blusas que dejaban a la imaginación lo poco que tenía, cambió su peinado usando el cabello un poco más largo. Dura fue la tarea que le tocó a la peluquera para alisar esos chicharrones y darle el nuevo look. Todos opinaban que se veía distinta para no decir rara. La relación iba viento en popa. La familia estaba feliz de ver a la linda parejita, ella siempre adelante marcando el paso y él detrás como si cumpliera órdenes. Iban juntos al cine, al teatro, al museo, alguna vez visitaban un centro nocturno para bailar y compartir con los amigos. Así transcurrieron 5 años llenos de momentos gratos y felices. Leonor se había enamorado. Se hablaba de boda en la familia.
Una tarde, acostados bajo un árbol del parque, ella con sus piernas encima de las de él, éste comenzó a titubear porque quería decirle algo pero no sabía si ella se molestaría. No sé si deba decirlo, creo que no te sentirás bien, repetía. Ella comenzó a sentir curiosidad por saber que cosa podría molestarle si con él era tan feliz. Dime flaquito, dime qué cosa es. Insistió hasta lograr que le dijese lo que pasaba. Prométeme qué no te molestarás, te conozco, casi suplicaba él. Dime vale, no te andes por las ramas con tantas pendejadas, le contestó. Sabes que te quiero y siento que podemos llegar a ser una pareja diferente sólo si tú logras cambiar la rapidez con que haces las cosas. ¿Qué quieres decir con eso? Preguntó asombrada. No has visto como es tu mamá, tranquila, sosegada, elegante. Uno la mira y se imagina que toda mujer debe ser así. ¿Quieres qué cambie mi esencia? Sólo te pido que te observes. La prisa no es elegante, por lo tanto debes cambiar. Mírate como eres, siempre corriendo, pareces animalito del monte. Una mujer así no puede ser mi compañera.
Allí terminó la bella historia. La tierra se abrió y se la tragó. Le tomó algunos meses acostumbrarse a su ausencia. Su cuerpo comenzó a ganar kilos, no hacía sino comer como una bestia. La gordura era tanta que le impedía realizar actividades que llevaran algún esfuerzo físico. La gente que nunca deja de opinar, le comenzó a reprochar tanta dejadez. Así soy más lenta, respondía. Cada vez más gorda empezó a sufrir de las piernas, le dolían una barbaridad por las noches. Tenía que bajar de peso, además casi no dormía, así que decidió meterse en un gimnasio y cambiar radicalmente como lo había hecho 4 años atrás. Los fines de semana iba a la academia de modelaje para mejorar su postura y caminar más femenino. Quería parecer una miss. Bajó los kilos y su andar se hizo lento y pausado, tan lento que lo que antes recorría en 5 minutos ahora lo hacía en 30. Si lo que necesitaba para encontrar novio era ser menos rápida lo estaba logrando.
Había pasado un buen tiempo desde que el flaquito le había “cortado las patas”. A punto de culminar su carrera de ingeniería conoció a Lesbia, la nueva profesora de modelaje y etiqueta, una mujer realmente bella y encantadora. En la calle le sacaba silbidos y piropos llenos de morbo a los hombres, sus movimientos felinos despertaban deseos incontables. La amistad comenzó luego de una clase de protocolo y rodeadas de mujeres hermosas buscando ser diferentes al común. Lo mal que les había ido con los hombres fue el tema de conversación escogido. Esos desgraciados que se burlan de las mujeres y cuando consiguen otra, buscan cualquier excusa para dejarte, opinaba Lesbia. Así fue como un día decidieron excluir a los hombres de la historia y comenzar una nueva donde sabían se enfrentarían a la familia y a la sociedad pero no dejarían de ser felices. El amor renació de nuevo. Hubo cambio de residencia y cambio de vestuario y peinado, ahora el cabello estaba corto y su cuerpo delgado le daba aspecto de muchacho malo. Las fiestas y reuniones no se hicieron esperar, disfrutaban al máximo su nueva relación. Lo que vivía en este momento también era incontable. Así fue como Leonor logró aprender de memoria la lección “lenta, sé lenta, camina lento y llegarás lejos”.





