Reseña sobre el libro Historias de la marcha a pie, de Victoria de Stéfan

Hasta ahora ninguna obra narrativa, ni aun las más abstractamente experimentales, ha logrado elaborar un lenguaje libre de asociaciones con la anécdota, esa ilación de causa y efecto de donde se derivan todas las acciones que animan la vida de los personajes, como de manera infructuosa han intentado concebir los epígonos de los experiementalismos extremos.
Desde el punto focal, perfilando un criterio que consideramos desviado, se quiere afirmar la ausencia de anécdota en Historias de la marcha a pie, de Victoria de Stéfano, una obra más bien clasificable en un estilo que encaja perfectamente en los cánones más tradicionales que la novela moderna heredó de la narrativa decimonónica. Sin embargo, hay que admitir que estamos ante una novela poco convencional, especialmente por el denso y riguroso tramado escritural que le imprime la autora, logrando una elaboración narrativa impecable. A través de una lectura minuciosa y razonada, una novela como Historias de la marcha a pie bien podría definirse como una obra de carácter intimista y reflexiva, próxima a la intertextualidad narrativa de Las olas, de Virginia Woolf, texto luminoso en las referencias de la mejor literatura del siglo XX.
Bajo un lenguaje y una estructura estéticamente depuradas, libres de lo que Henry James denominaba remplissage, esos rellenos inútiles que cerca de enriquecer una novela la empobrecen, subyace una secuencia de acciones que se ramifican como un delta de historias, variables bifurcaciones que comienzan a partir de esa cuesta que conduce a la casa de Bernardo, un enfermo crónico, epítome del hombre curtido en anécdotas aleccionadoras, no desprovistas de cierto nihilismo existencial. Por mediación de su evocada presencia (al destiempo de una escritura que por instantes viaja, interrogándose, hacia su propia textualidad), se sintetiza un alma humana ahíta de múliples vivencias, que con su deseo de negación, intenta aprendeher, paradójicamente, los momentos más intensos de la vida, convirtiéndose al mismo tiempo en el medio desencadenante de la fluida memoria de la narradora, quien también se busca a sí misma mediante las desgarraduras de sus propias historias, en relación con los otros: la familia y los amigos, ya irrecuperables en la tácita progresión de cada existencia individual, donde el infinito no cuenta para nada.
Pero esa búsqueda intranquila, a veces obsesiva, que, simultáneamente, vuelve lírico y dilatado el lenguaje de esta novela, necesita de imágenes fuertemente saturadas para poder insertarse en el tiempo que intenta recobrar. Entonces en claroscuro y claridades concéntricas comienza a circular una cercana y distante temporalidad donde avanzan en marcha irregular la alegría, el dolor, el amor y la frustración: tránsitos de un espíritu andariego que parece ser la señal inaplazable de la identidad del destino humano a través de largos años abatidos por la incertidumbre y la desesperanza.
Si para ascender al pasado es necesario un desencadenante fortuito, como sucede con la inefable magdalena proustiana, la reiteración de esa frase: voy a verlo, voy a verlo, voy a verlo, voy a verlo, que la narradora va repitiendo mientras avanza hacia la casa de su amigo enfermo, actúa como el surtidor de imágenes que permite avanzar hacia una consciencia de ser, de estar aquí y ahora para reconstruir el pasado, cuya voluntad surge por el juego inteligente de la estructura novelística. De esta manera la narradora interna de la historia viene a ser testigo de su propia experiencia y la de los otros personajes que se asoman no sólo a través de sus reflexiones en torno a la vivencia, sino también por la oralidad pródiga de Bernardo que se despliega resaltando los mínimos detalles de un universo polivalente que atrae el interés de su paciente interlocutora, la lúcida cómplice que oye pacientemente y relata, hasta por interposición, puesto que la historia no se cuenta desde un punto de vista presente, sino por medio de un pasado que remite a otro pasado. Un pretérito que se vuelve presente mediante la articulación creativa del lenguaje que se desprende como una limpia indagación de una escritura pendular, una oscilación geométrica que se dirige hacia los cuatro puntos cardinales a donde conduce el relato, un camino múltiple en los periplos que recoge el interés de esa noble amiga —oportuna medium—, decantadora de una vasta metáfora contra el olvido, asistiendo la esencia de lo vivido durante una larga travesía que se revaloriza en el substrato del discurso narrativo.
La honesta narradora, a quien no se debe confundir con la autora, tiene plena conciencia de que no lleva un registro promenorizado de las acciones consumadas por los seres que la han amado y a quienes ella ha correspondido con la misma intensidad o generosidad. Y sin embargo, cuenta con la escritura, con el lenguaje de la memoria para eternizarlos en el recuerdo, salvarlos de la hojarasca del vacío y del destierro del tiempo. Esa es su apuesta y su promesa: la única alianza posible para glorificar la amistad y rescatarla en el discurrir de la memoria, antes que la cubra el polvo del olvido, manteniéndola siempre viva, y así reivindicar el recuerdo Unidos del corazón, esa hermosa metáfora final, tan intensa como el amor que sentía la madre de Bernardo por él, con que se cierraHIstoria de la marcha a pie, un libro imprescindible en el marco de la actual narrativa latinoamericana.





