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Javier Domínguez Premiado

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Javier Domínguez obtuvo El primer lugar en el concurso de cuento corto “Augusto Monterroso”

convocado por la Editorial Voces de Hoy

 

Pretextos: Reflexiones y acercamientos*

“Sólo hay mundo donde hay lenguaje”

Martin Heidegger

Es un compromiso como jurado, destinar estás líneas. Lo primero que debo resaltar es que la convocatoria fue un éxito y mis felicitaciones a todos los que concursaron respaldando la magia de la palabra. Los temas fueron muy diversos, vivenciales con cuantioso deseo hacia el logro expresivo de plasmar una anécdota trasmutando la realidad en universos afines a la época en su pasado histórico, fábula y su tendencia a lo experimental muy válido cuando se asume con respeto al idioma; asimismo, textos donde lo cotidiano sumerge al lenguaje en lo ilustrativo dando estampa de tierra, lo cual personalmente me trajo lecturas ya palpadas que alientan un futuro inmediato, como parte de un cosmos subjetivo, íntimo, acercando el oficio de ser lector para ser un buen escritor. Esto es una apreciación como lector.

Como parte del jurado, me agradó mucho, el placer hacia esa parte cultural permanente de cada terruño, historias sobre historias latentes en la memoria colectiva, el símbolo muy presente y sobre todo, la fusión del narrador con la poética de espacio. No está demás decir, que el impulso de la literatura como medio expresivo promovido por la masificación de los medios interactivos como el Internet, medios audiovisuales, tienen como ventaja el poner en contacto a escritores, lectores y editores provenientes de América y Europa, como lo hemos podido sentir en esta convocatoria, sin embargo, hay búsquedas de voz propia, estilos, pero sobre todo la búsqueda de gusto y placer por la palabra siendo pensamiento e imagen en todos los sentidos del ser que siente desde adentro el oficio creativo y el culto hacia su lengua natal, quizás las búsquedas no terminan allí, las búsquedas de un escritor van más allá de la realidad inmediata, por ello “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”, cito a Jorge Luis Borges para abrir este abanico de posibilidades en la captación del viaje a través de seres leídos. Como todo hay un lado positivo de nuestra tecnología, y muy productivo para un sin fronteras, estar cerca, es lo inmediato, poder visualizar y coincidir en un veredicto unánime como el de este concurso, y sólo esto se da a través del diálogo y el respeto hacia la opinión y visión del otro; por ello, conociendo este mundo virtual , también sabemos que la información o todo lo que leemos, hay que buscar la fuente, porque los riesgos del ritmo vertiginoso que acostumbra a los usuarios a la vida "express" y con eso a un miramiento superficial de las lecturas y por consiguiente de la escritura. Afortunadamente los textos escogidos para esta antología demuestran la búsqueda y alcance de voces propias, que son el resultado de la práctica de un oficio como escritores, pero en mayor suma del ejercicio de la lectura de los maestros clásicos y actuales del género narrativo. Se puede respirar el aroma de Borges, Cortázar, Rulfo y Bolaños, Vila-Matas como se aspira el olor de una mesa de caoba recién labrada, pero no desde la simple imitación, sino desde la regeneración del verbo, la asimilación casi osmótica de los maestros que es el resultado de la práctica consecuente de la lectura.

Siempre

Sencillamente

Milagro Haack

Escritor y artista visual

Valencia. Venezuela

*Nota que irá insertada modo de prólogo en la Antología.


Cuentos ganadores:

LILAR

*Javier Domínguez

Me dedico a la invención de palabras, hace años que práctico este oficio cuyo nombre es el de palabreador. De hecho, el nombre de mi carrera es uno de mis inventos. Cuento con orgullo la inclusión de cinco de mis palabras en el diccionario de la Real Academia Española. Hace un par de años me ofrecieron un cargo dentro de esa institución, pero el trabajo tras los escritorios en ambientes perfectamente definidos, precisados, nombrados, sería el fin de mi alma, es decir, un esencidio (aniquilación de la esencia de las cosas).

Amante de mi oficio no puedo evitar buscar palabras para describir los elementos innombrables a mi alrededor. ¿Cómo dejar sin nombre al latigazo eléctrico que entumece mi espalda cuando estoy atemorizado? A pesar de lo inusual de mi trabajo, he desarrollado un método el cual me permite determinar la necesidad de adjuntar una palabra a un suceso o cosa. Primero, tengo que encontrarme con algún evento o ente cuya descripción escape de mis labios. Una vez hallado este elemento, paso a consultar mis diccionarios y me sumerjo en mi biblioteca por dos o tres días, durante ese tiempo me comunico con mis amigos en la Real Academia y les describo el ente a nombrar, ellos también buscan en sus archivos, además consulto en Internet varios diccionarios electrónicos, si el ente pasa estas pruebas entonces voy a la segunda fase: determinar si el ente es un adjetivo, un sustantivo, un adverbio o un verbo. Mi pasión son los verbos, a veces peleo con estas situaciones innombrables para convertirlas en verbos a fuerza de voluntad, pero tal cosa no puede hacerse, es preferible dejarlos fluir como simples adjetivos o adverbios que condenarlos a desaparecer del lenguaje sólo porque no tienen la talla para ser verbos. Cuando era un palabreador novato caí muchas veces en las averbaciones (lucha fútil para convertir en verbos palabras que no se lo merecen). La etapa final del proceso consiste en construir la palabra, esta es la parte que más disfruto y puedo pasar semanas pensado en cómo bautizar a mi nueva invención. A veces siento debilidades por la letra A, porque así se encontraría a mi palabra entre las primeras del diccionario, pero esta sección del lenguaje está atestada y debo ceder para páginas menos pobladas de estos textos. Entonces divago al extremo de llamarlas por la Q o la K, porque así sería mucho más sencillo encontrarla. Algunas veces, las palabras saltan con un nombre evidente. Como lilar. Este fue un caso que surgió en la brevedad de un viaje en auto. Lila y yo somos amigos desde hace años, regresábamos de un seminario de lingüística en Caracas. Fuimos en su auto y ella manejó durante todo el trayecto desde muy temprano. Cuando culminó el evento y decidimos volver, nos detuvimos a cenar en un restaurante en la carretera, eran cerca de las nueve y luego de disfrutar de sendas arepas, ella me entregó las llaves de su carro. Salimos del local y apenas tomamos la autopista, Lila se disculpó porque deseaba tomar una siesta, reclinó el asiento hasta su máxima horizontalidad y cerró los ojos. A los pocos minutos supe que dormía porque acaricié su cabello sin que mediara su permiso. Mientras manejé, el tráfico pareció disminuir, las luces de los autos no me molestaron, la radio sonó armoniosa hasta en los comerciales y el presente se convirtió en un instante apto para respirarlo, sentirlo y entender la sutil diferencia entre los silencios monótonos que abundan en la cotidianidad y ser el guardián de un templo de sueños. Cuando llegamos a mi casa la desperté y nos despedimos con un abrazo, quise decir algo, pero el temor a construir una cursilería hubiera sido un esencidio contra ese momento.

Esa noche recordé los significados de la palabra lila, árbol de la familia de las oleáceas con hojas acorazonadas, sinónimo de violeta o morado, también es la obra de Dios en hindú, la noche en hebreo antiguo, un jardín maravilloso de algún libro, apenas un sustantivo. Era imprescindible proteger aquel momento del virus de lo efímero y sólo los verbos tienen ese don, por eso lilar apareció en mis labios con la misma naturalidad de un respiro. Lilar (instante íntimo con la mujer que no sabemos amar).

La palabra fue aceptada casi de inmediato por la Academia, era inevitable, todos sus miembros confesaron haber lilado alguna vez.

*Javier Domínguez, Septiembre 23 de 1977. Valencia, estado de Carabobo, Venezuela. Graduado de Ingeniero Mecánico en el año 2001 de la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada UNEFA, Núcleo Puerto Cabello. Ha participado en varios talleres de narrativa y de lectura poética en su país y más recientemente, en el 2008, en la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana. En 1995 ganó el V Concurso de Literatura Juvenil José Ángel Porte Acero, del Ateneo de Caracas. En el 2004 resultó finalista del I Premio Parnaso de Narrativa Breve, de Ediciones Parnaso, España. En el 2009 obtuvo Mención Especial en Tercer Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores en Venezuela, entre otros.


Nora de los perros

*Rafael Solenzar Rodríguez

Me busco en el espejo y no me encuentro. Me adelanto y no me encuentro. Hay una mancha; en realidad es una mancha, muy parecida a mi silueta, pero por suerte, tan solo es una mancha.

Tocan a la puerta y ladra el perro. Maldigo y ladra el perro. Llevo en la piel los olores de la casa. Acerco mi nariz al hombro y huelo a perro, a savia, a humo, a vegetal, a casa. La casa tiene perro. El perro tiene dueño. El dueño se parece al perro de la casa. Era su voz, rotunda, discursante. Seguía ahí, y mientras lo escuchara sería un blanco fácil de sus trampas. Quería cerrar el libro y no podía, lo más que pude hacer fue adelantar diez páginas, pensando, que todas esas, por lo menos, ya no las leería, que no las viviría; pero me equivoqué otra vez, aquí las cosas son impredecibles.

Volvieron a tocar y sin dejar de leer, me fui directo hasta la puerta.

La casa. El libro. El perro. La voz de una mujer. Una mujer en la puerta de tu casa. Una mujer, puede querer tu casa. Desear tu casa. Tomar tu casa en un momento. Acariciar tu perro. Domarte como a un perro. ¡Coño el perro!

— ¡No vaya a entrar! Disculpe pero el perro…

—No, no, no. No tengas penas; yo sé que estás muy ocupado. A mí me sucedió una vez lo mismo. ¡Digo! Si lo que estás leyendo es el libro del discurso._ Le contesté que sí moviendo la cabeza, y sin quitar los ojos de mi libro, pregunté.

— ¿Qué cosas me dijo que quería?

—No, nada, nada. Saber si tenías algo que vender: Una figura, un perro, un buen espejo. La casa. La casa, si se vende, se compra otra más pequeña y queda vuelto. Hay que seguir viviendo, compañero.

—Tengo, pero no se vende. Mi hermana la del norte me la compra, me paga con divisas y yo no se la vendo.

—No seas tonto, mijo. Véndele la casa. Pídele dos mil y yo consigo quien te saque por España.

— ¡Ah! Pero ¿Tú estás loca? Si yo no quiero irme. Quise decir, irme completo. Dar una vueltecita, sí.

—Eso es lo que digo, mira; Vas a trabajar y buscas plata. Luego viras. Te compras otra casa como esta y dejas dinero para un segundo viaje. Es fácil, todo lo que usted necesita es… DOS MIL.

— ¡Coño!; pero Dos mil. Ella no va a querer. No va a poder. Está ayudando a la familia.

—Dile que pare con la ayuda y que te mande los dos mil para tu viaje. Que tú le pagas con la casa y hasta a lo mejor con intereses pagas. ¡Allá se gana mucho!

—No, no, no, no. Olvida eso.

—Bueno, como quieras. Si cambias de opinión, aquí puedes llamarme.

Era la página doscientos treinta y siete, en la que misteriosamente se leía: Nora de los perros. El libro del discurso. Número: Doscientos treinta y siete. No dudes en llamarme ¿Sabes? Teléfono, en la página que abras. ¡Ah! Las llaves te las dejé en la puerta. Y eso fue lo que me hizo desconfiar, que Nora, fuera esa Nora, tan normal como pensaba yo, y a veces parecía.

Prendo un cigarrillo y voy a fumármelo en el baño, aún con el libro entre las manos. Me bajo el short. Me siento. Es un buen baño; pero se sale como una regadera. El agua sucia. Las manchas en el piso, en la pared. La mazamorra. El techo.

Tocan a la puerta y ladra el perro. Me levanto. No contesto. Me lavo las manos. Me las seco. Atiendo. Otra mujer.

—Disculpe ¿Usted conoce a Nora?

— ¿Nora?

—Sabe lo que pasa, que ella me dijo que usted, que España, que el dinero.

— ¡Ah sí! ¿Dos mil? ¿Y cómo es eso?

—Inventos. Tú sabes, uno siempre tiene sus inventos.

—Espérese un momento.

Otra mujer. El libro. Nora. España. Mi hermana la del norte. El perro. ¡Coño! El perro…

—Disculpe… pero el perro…

— ¡No! No tenga pena. Yo vine porque ella nunca falla y dice que usted le huele a Europa.

Pego mi nariz al hombro y huelo a Europa, a perro, a savia, a casa, a humo, a vegetal… ¿A Europa? Bueno, en realidad no sé distinguir como es que huele Europa.

—Si ella lo dice, no lo dude. Ella tiene más olfato que un buen perro.

Detuve mi lectura unos segundos y regresé a la página doscientos treinta y siete, donde podía releer: Nora de los perros. Eso me hizo pensar que todas estas gentes, podrían ser la misma. Entonces fue cuando le dije:

—Un buen perro es mi perro y se lo vendo. Quiero empezar vendiendo al perro.

—Eso no es bueno, compañero, mire. Venda todo; pero nunca al perro. Vender al perro es un desastre y los espejos, yo, jamás los vendería. Hay que estar loco, compañero.

Las últimas palabras las dijo casi en el portal.

— ¡Óigame! Oiga. ¡Espere, no se vaya!

Apuró su paso. Dobló por la avenida de la plaza y se mezcló con otro grupo de mujeres, de vestimenta similar y rasgos parecidos. Todas, con el libro del discurso entre sus manos. De manera que nadie podía distinguir en realidad, cuál de las doce era La Nora, ni cual su mensajera. Miré hacia el Podium y él estaba allí. Chasqueó sus dedos, con gesto descuidado y me pidió que me acercara:

—Vengan con nosotros_ Dijo _ La soledad es una espina en la garganta_

Y todos lo seguimos. No sé porqué, pero lo seguimos…hasta las puertas sagradas de un convento, donde la perfección y los sosiegos, ungían paganos de inconciencia.

*Rafael Solenzar Rodríguez Octubre 24 de 1960. Ciego de Ávila, Cuba (reside en España) Ha laborado como asesor Literario y obras suyas —de narrativa— han sido publicadas en varias revistas cubanas y extranjeras. En el año 2002 forma parte de la Antología de la Décima Cósmica de Ciego de Ávila, Cuba, publicado por el Frente de Afirmación Hispanista de México. Ediciones Ávila, de Cuba, ha publicado de su autoría: Son décimas, en el 2000 (décimas), Diario de la sombra, en el 2003 (poesía) y Cuando la décima es, en el 2005 (poesía para niños). Próximamente aparecerá un cuento para niños de su autoría en una antología de cuentos infantiles de Ediciones Ávila, Cuba.

Punto de partida

*Oscar Bastante Godina

El flechazo ha sido certero. Una dolorosa punzada, un sonido como de arena aplastada por pasos de gigante, el agrio sabor de la sangre en la boca… En menos de veinte segundos estoy muerto.

La última batalla ha sido la más breve de toda mi vida. Toda una vida de batallas, guerras, decisiones… La postrera de ellas, la terrible resolución de empujar a todo mi pueblo al exilio, al éxodo, a la temeraria búsqueda de una nueva tierra donde morar y sobrevivir a la sequía, la escasez y la hambruna de los últimos años.

Todo un año de camino, de migración desesperada, de caballos despeñados por laderas de montañas abruptas, de ancianos muertos por puro desfallecimiento, de embarazos abortados por la debilidad y la falta de alimento. ¡Cuántas veces maldije mi decisión! Pero ellos, mi pueblo, no protestaron. No se quejaron ni se rebelaron. Confiaban en mí.

Y un buen día, tras cruzar una cordillera que nos impedía seguir nuestro camino, llegamos por fin al valle fértil en cuyo oscuro suelo mi cuerpo yace ahora, descabalgado de su montura, quebrado y atravesado por una de las flechas del enemigo que intentaba arrebatarnos nuestros dominios. Aunque sé que no lo iban a conseguir. La batalla iba bien, les habíamos hecho retroceder y caían como moscas ante nuestro ímpetu.

Justo en ese momento en el que el triunfo se anticipa, en el que la victoria ya estimula los jugos gástricos como si de una embriagadora libación se tratase, la flecha me ha encontrado, y he muerto en paz, satisfecho, tranquilo.

He cumplido con mi deber. Ahora puedo descansar.

Vuelo ahora. O lo hace mi espíritu, mi esencia. Me deslizo por el viento leve y cálido que ahora se lleva con pereza los sonidos y los olores de la batalla. Y observo nuestra nueva tierra, rica, generosa, fecunda. La abandono con cierto orgullo, sabedor de que esos acres de territorio agradecido son mi mejor legado a aquellos a los que siempre he servido. Mi herencia. Mi futura historia entre sus leyendas.

Remonto nubes. Cirros, cúmulos, nimbos. Floto entre capas de aire, las atravieso, hacia arriba. En una de esas nubes, a mi derecha, se yergue una fortificación que parece sólida. Levito hacia ella, y entro raudo, atravesando un patio sombrío, hasta una estancia enorme, de altas paredes de piedra gastada por el tiempo y el silencio; gruesas columnas sostienen una lejana bóveda cuyos contornos se pierden entre brumas.

Camino por la sala, y mis pasos resuenan ahora como ecos abandonados. Una voz femenina, recia, de origen impreciso, me pregunta:

- ¿Estás satisfecho con tu vida?

Miro hacia el techo lejano e incierto. Abro la boca para ir a contestar, pero antes la voz me interrumpe:

- Piénsalo bien. Mira en tu interior unos instantes y analiza cómo te sientes.

Cierro los ojos y buceo en mi interior, atravesando estratos de recuerdos. Sí, algo bulle muy abajo, casi sepultado por completo. Aprieto los puños y los dientes, y ese algo comienza a fermentar, a abrirse paso, a flotar hacia la superficie de mi memoria.

 

- Sí… siento… rabia.

- Muy bien. Sientes rabia. ¿Sabes por qué?

Buceo entre recuerdos, remontando el río del tiempo, los rápidos llenos de escollos que formaron los años.

- Sí. Siento rabia porque toda mi vida ha estado marcada por la responsabilidad, por el deber. Porque siempre he antepuesto ese deber a mis necesidades y a mis deseos.

- Bien – continúa la voz -. ¿Eso es algo que elegiste tú?

- Sí… No… Bueno, no podía hacer otra cosa. No podía elegir. Liderar a mi pueblo era mi responsabilidad, estaba marcado en mi destino. Nací para eso.

- ¿Y qué lección extraes de ello?

- ¿Lección? ¿Qué otra cosa podía hacer?

- Me refiero a que si tu vida, esta vida, ha estado marcada por el deber y la responsabilidad ha debido ser por algo. Quizá tenías algo que aprender.

- Lo ignoro. ¿Cómo puedo saberlo?

- Piensa. Recuerda. Quizá no sucedió en esta vida. Puede que fuera en otra vida anterior. A lo mejor adquiriste una deuda contigo mismo, y la has pagado ahora.

- ¿Otra vida? ¿Cómo es posible? ¿Dónde, cuándo?

- Eso no importa. Explora tu pasado. Piensa. Recuerda. Puedes hacerlo. Está ahí, escondido en tu interior, pero está. Puedes lograrlo.

“Piensa, recuerda”.

Un salto en el tiempo, ayudado por los poderosos músculos de la voluntad y la necesidad. Rememoro la última batalla, el cruce del paso entre las montañas, el éxodo, la hambruna, la escasez. Y más lejos aún. Todos los largos años gobernando a mi pueblo desfilan ante mí; reuniones, consejos de guerra, ceremonias, desfiles, juicios, rituales… Casi siempre rodeado de mis ayudantes, mis consejeros, mis oficiales.

No hay amigos; no me lo pude permitir, y los que podrían haberlo sido no se atrevieron a dar ese paso. Tampoco hay familiares, al menos hasta retroceder muy atrás en el tiempo. Hasta los primeros años de gobierno. Hasta la muerte de mi esposa.

Crecimos juntos, hijos ambos de poderosas familias. Cuando fue el momento, nos desposamos, realizamos nuestros votos y juntos dirigimos el destino de nuestro pueblo. Fuimos compañeros, cómplices. Murió intentando darme un hijo. Lo intentó a pesar de que sabía que quizá no podría hacerlo, del alto riesgo que corría al ansiarlo.

Ninguno de los dos sobrevivió. Y yo me quedé solo. Y me refugié en el cumplimiento de mis obligaciones, y lo hice para no sufrir, para ocultar todo el dolor y toda la soledad que a veces, sólo a veces, me permitía dejar aflorar en secreto.

Sigo viajando hacia atrás, hasta mi época de formación, mis clases de combate con arco y espada, mi instrucción como futuro gobernante, mis estudios de de filosofía y geografía. Y luego mi infancia, solitaria y taciturna, sin hermanos ni primos, únicamente rodeado de otros niños de familias parecidas a la mía.

Más allá de eso, tan sólo imágenes fugaces, recuerdos parciales e inconexos, olores y texturas borrosas que se pierden finalmente en un túnel largo y oscuro que no parece tener fin.

Vuelvo al presente de mi vida ya finiquitada, aunque ya no me encuentro en la sala de piedra abovedada. Floto en un medio que no es aire ni espacio, en un limbo sin perfiles ni colores concretos. Una voz nueva, construida coralmente por tonos masculinos, me habla desde una ubicación imprecisa.

- Has repasado tu vida. ¿Entiendes ahora de dónde viene la rabia?

- Sí.

- Ocultaste tus sentimientos bajo la pátina del deber y la responsabilidad para no sufrir. ¿Qué lección crees que has aprendido de ello?

- No lo sé. Seguramente es algo relacionado con esa responsabilidad, pero todavía no lo comprendo del todo.

- Has sido una persona poderosa, pero recuerda esto: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Esa es tu lección, pero para encontrar su origen deberás viajar aún más lejos en el tiempo.

- ¿Más lejos que mi nacimiento? ¿Te refieres a una vida anterior?

- Sí, allí hallarás las respuestas que buscas. Ve ahora, luego volveremos a hablar.

Otro salto en el tiempo, hasta el túnel en el que se pierden mis recuerdos de esta vida. Avanzo a través de él, sin miembros que me impulsen, hacia el momento que quizá explique mi desasosiego, mi rabia interior.

Un pequeño punto de luz surge en mi camino. Lejano, titilante, trémulo. Palpita, muta y se transforma en un fuego fatuo que vibra y se expande, y dentro de sus cambiantes lindes aparecen perfiles que poco a poco toman forma y se concretan.

Una aldea, remota, aislada, asentada cerca de un oscuro lago. Las sombras de gigantescos árboles cercanos ensombrecen la fría y brillante noche y ocultan parcialmente el fuliginoso cielo estrellado. Se trata de una latitud norteña, casi boreal.

Camino entre las chozas de madera y musgo escarchado. Me dirijo hacia una de ellas en concreto, la que ocupa el centro físico del asentamiento. La oscuridad me envuelve y me abriga, procurándome amparo ante la aldea dormida. Comprendo que mi objetivo es furtivo, que los motivos que me impulsan a atravesar la gélida madrugada no son nobles ni altruistas. Son la curiosidad, el narcisismo, el ansia de poder. El egoísmo.

Me detengo ante la cortina de pieles que bloquea el paso al pabellón que busco. Observo mis manos cuando se alzan para tirar de ella y dejarme libre el paso. Son pequeñas, longilíneas, gráciles. Pesados anillos de oro circunvalan mis dedos, brazaletes de bronce con runas arcanas bailan en el lugar que las unen con los jóvenes brazos.

Son las manos de una mujer. Soy una mujer.

Atravieso la estancia a través de la oscuridad quieta, inmóvil. Me detengo ante una mesa larga cubierta de cuencos, calderos y otros recipientes de metal y madera. Destapo algunos, retiro unos cuantos, y comienza la reproducción de la fórmula. Fluido tras fluido, ingrediente tras ingrediente, recreo la antigua receta secreta, la pócima humeante y poderosa cuyo dominio anhelo.

Termino el preparado, cierro los ojos, alzo los brazos, e invoco. Mi canto es ronco y entrecortado, atropellado y nervioso. El líquido lechoso parece hervir en su tosco continente. Una bruma iridiscente lo corona ahora, y su interior bulle y exhala un fétido hedor malsano que emponzoña el aire. La tierra se queja y se estraga, y oigo gritos lejanos que revelan el fin de mi pretendida clandestinidad. Comprendo que he fracasado, que he desatado fuerzas que no soy capaz de dominar, que mi soberbia y mi arrogancia van a provocar un desastre de la que seré única y malhadada responsable.

Pero es demasiado tarde. La bruma lo engulle todo, y la realidad se disuelve en un paroxismo de fuego y roca que lo sepulta todo, hasta los gritos desesperados de todo un pueblo.

Otra vez el presente, un forzado interludio entre vidas dedicado a la explicación, a la comprensión. Me encuentro flotando entre estrellas y galaxias, y recorro la inmensidad del universo como un viento solar impulsado por energía cósmica.

Mientras recorro nebulosas y cúmulos estelares, algo o alguien me habla. Su voz es como la suma de muchas voces, como la que tendría un organismo colectivo, compuesto de muchas mentes y almas.

- Ya conoces las respuestas – dicen las voces al unísono.

- Sí – contesto -. Ya las conozco.

- ¿Lo entiendes todo ahora? ¿La rabia, el papel de la responsabilidad, los peligros del poder?

- Sí, lo entiendo. El poder necesita de la responsabilidad. La responsabilidad necesita del amor, de los sentimientos. Tiene que existir un equilibrio, una balanza, una comprensión, una evolución.

- Exacto. ¿Estás listo para seguir?

- Lo estoy.

- Adelante, pues. Continúa tu viaje.

Y nado entre púlsares y racimos de soles, alimentándome de radiación cruda, impulsándome a través del caos y el orden eternos, cruzando el cambiante infinito hacia un nuevo punto de partida, hacia un nuevo y renovado comienzo.

Cierro el libro y lo dejo descansar unos minutos sobre mis rodillas, pensando en él, saboreando su contenido, sus lecciones, sus mensajes. Desde el sillón miro por la ventana y observo el mar, quieto, dócil, perlado de destellos dorados que salpican su profundo y reposado azul.

Me levanto con el libro en la mano y me dirijo hacia la estantería de pino claro donde reposan el resto de libros. Deposito el que he terminado en su sitio, y miro sus lomos, y los rozo con las yemas de mis dedos. Evocación y anticipo. Pasado y futuro. Dejo pasar unos instantes antes de decidir cuál de ellos rescataré desde el lugar donde yacen los recuerdos.

*Oscar Bastante Godina, Barcelona, España. Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo), hoy dirige la emisora Radio Rubí, en Barcelona. Ha colaborado con varios suplementos y revistas, como son El País Semanal y la revista cultural digital Acapulco 66. En 1998 publicó el relato “El billete” en la antología Historias del Raval (Editorial Humanista); en el año 2005 presentó fue ponente en las jornadas sobre “Inmigración y medios de comunicación” en la Facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, así como dictó una conferencia sobre el tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación, en un evento organizado por el Ayuntamiento de Rubí. En el año 2008 su relato “Hijo de dos mundos” fue seleccionado para publicarse en el 2009 en la antología Libro Andrómeda 2008. En el mismo año recibió Mención Especial del jurado en el I Concurso de Relato Breve Fantástico de la Asociación Cultural Forjadores de Amorebieta por el relato “Los hombres de Schrödinger”, y accésit y mención especial del jurado del I Premio de Novela Corta de la revista literaria Katharsis por su novela “El guardián del puente del arco iris”.

Nota de prensa:

Se pronuncia el jurado del concurso de cuento corto, Augusto Monterroso

El jurado del concurso de cuento corto Augusto Monterroso, convocado por la Editorial Voces de Hoy, compuesto por Virgilio López Azuán, Milagro Haack y Pedro Pablo Pérez Santiesteban, da a conocer Los ganadores y da a conocer los lugares y menciones otorgadas:

§ Primer lugar: para la obra Lilar, bajo el seudónimo obra 01 de Javier Domínguez, (1977) de Valencia, estado de Carabobo, Venezuela.

§ Segundo lugar: para la obra Nora de los perros, bajo el seudónimo El Celta de Rafael Solenzar Rodríguez, de Ciego de Ávila, Cuba (reside en España)

§ Tercer lugar: para la obra Punto de partida, bajo el seudónimo Román McKenzie de Oscar Bastante Godina Barcelona, España

En octubre estará a la venta la Antología y se enviarán los premios y reconocimientos

Fuente: www.vocesdehoy.net

Actualizado ( Martes, 13 de Octubre de 2009 14:08 )  


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