En la búsqueda de la quimera
Néstor Rojas
El Orinoco siempre ha sido motivo principal de inspiración de los poetas y juglares, quienes han visto en el padre de los ríos venezolanos el símbolo de la permanencia, de la poesía y fugacidad. El río que se va, pero siempre está allí, fluviante y serpenteante, pasando por debajo del puente, ha ejercido mucha influencia en la sensibilidad de quienes nacieron en los territorios del río, llegaron, pasaron o nacieron en sus orillas, en las orillas del Orinoco.
Los conquistadores españoles le cántaro con entusiasmo. Durante los tiempos de la colonia, cuando la angostura del Orinoco se llamaba Angostura, el mismo río fue la llamada a entrar en el secreto de su presencia, a entrar en él, una y dos veces y muchas veces como en una sentencia que siempre está abierta. La enseñanza del río ha quedado como un diálogo en las páginas de quienes tuvieron la dicha de acercarse a su fluir permanente con los ojos de la poesía.
Para el poeta Luis Alberto Crespo, los que llegaron a ver el Orinoco buscaban el resplandor áureo o la oculta riqueza e una ciudad vestida en oro, cuyo escenario pronto se convirtió n selva. Lo metafórico descubrió sus velos y también sus encantos. La imagen de la Arcadia ancestral fue la fuerza que impulsó al hombre a la errancia en ese inmenso boscaje llamado América. Atraídos por el magnetismo de los minerales, llegaron españoles y franceses a las selvas del Orinoco "para fundirse con el paisaje orinoquense". Deslumbrados los expedicionarios se internaron en los confines de las aguas para hallar el resplandor áureo del oro.
Entre el ensimismado Colón y su silenciosa bitácora hubo una atracción por descubrir los secretos de ese río que rugía en su cercanía con el mar. ¿Qué lazo unía al navegante con el infinito Orinoco, que se hallaba detrás del horizonte? La historia, que ha sido escrita por los vencedores, nos trae la noticia que Colón llegó a estas tierras de gracia buscando el oriente por el poniente, en procura de nuevas rutas y especies. Pronto se dio cuenta que no había llegado a las Indias, sino a un enigmático territorio virgen que se parecía al edén soñado por los cristianos. Apenas probó el agua del Orinoco en el golfo de Paria supo que estaba en la comarca del paraíso bíblico. Entonces decidió cambiar la búsqueda de la canela y la pimienta por la del oro, que suponía abundante en aquellos parajes surcados por grandes ríos, en cuyos cauces brillaban los más ansiados tesoros. En los ojos alucinados de los conquistadores las pepitas de oro eran imágenes por demás irresistibles, como para no quedarse e internarse en la selva, tras la huella de la quimera dorada: la ciudad de oro, donde "sus reyes se "empolvaban de oro o se duchaban en una laguna de arenas áureas, a pocos pasos de las casas y los palacios salvajes de una ciudad llamada Manoa”.
Pero se trata de los textos con temario orinoquens
El Orinoco bordea el estado por el Norte y el Oeste y desemboca en el Atlántico. Como “río interminable..." veía al Orinoco el poeta José Eugenio Sánchez Negrón, quien también fue el cronista de Angostura.
Esta investigación se realizó con el pretexto de indagar sobre la influencia que ha ejercido el Orinoco en la imaginería poética angostureña y de los territorios que le sirven de paisaje. Poetas guayaneses de diversas épocas, poetas de otras tierras, ribereñas del Orinoco, de aquí o de allende el mar, quedaron deslumbrados por la majestuosidad de esas aguas ocres y se inspiraron en esa gran serpiente de agua y piedra que serpenteaba a orillas de "la referida angostura, distante de la actual ciudad como treinta y cuatro leguas arriba del castillo, donde el río Orinoco se estrecha a ochocientas varas, se establezca Vuestra Merced y haga mudar allí todo el vecindario de Guayana..." (Real Cédula de Carlos 111. Año. 1764).
En la antología del río también se incluyen los poemas de Andrés Eloy Blanco, quien dedicó todo un poemario al río padre y un poema del Premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda. Por supuesto: tuvimos que andar y recorrer las riberas del Orinoco, adentrarnos en las aldeas, pueblos y ciudades ubicadas en Anzoátegui, Monagas, Delta Amacuro, Apure, Amazonas y Bolívar para encontrar las voces del río y realizar la antología comentada. En la Mesa de Guanipa encontramos a los Kariña invocando a sus espíritus, maraqueando. El canto que se elevaba como vuelo de zamuro se oía más allá de Cachama y se iba con el río.





