
VAMOS HACIA LA DESHUMANIZACIÓN
Francisco Arévalo, escritor, nativo de esta urbe, ha tomado a la ciudad y a su gente como el leit motiv de su obra lo que le ha ganado el reconocimiento nacional e internacional
Carmen Carrillo
Francisco Arévalo ha tomado como leit motiv de su obra a Ciudad Guayana y a su gente. A lo largo de su poesía y de su narrativa siempre se observa el tema de las empresas, de las industrias, de los trabajadores, de los obreros y de la deshumanización de esta ciudad.
Ese es su tema, como precisa. Después de 19 años en Venalum tratando de hacer más humana esta ciudad, aun no tira la toalla.
Por el contrario, le preocupa y lo expresa: “Vamos hacia la profundización de la deshumanización y hacia la falta de solidaridad”.
-¿Cómo puede eso ser posible, si somos objeto de cuidado de un gobierno revolucionario y socialista?
No responde. Me mira fijamente a través de los vidrios de sus anteojos con montura de pasta y prosigue en su soliloquio: El ser humano necesita ser solidario y todos los actos de autodestrucción humano son un combate contra la solidaridad.
-¿Cómo llegó a Venalum?
Vine como funcionario del Conac desde Caracas a preparar la inauguración del Teatro Orinoco y cuando me di cuenta me había quedado.
Claro, en ese momento pensé que era un retroceso debido a mi inmadurez pero también sentía que ya estaba listo para empezar a escribir que era en verdad lo que yo quería hacer.
Francisco Arévalo es guayanés. No de pura cepa porque su padre era de allende los mares, es decir de España pero él nació en San Félix y nunca ha sentido pena por ello.
Habrá quien se extrañe de este comentario pero aquellos que han nacido en cualquier barrio de San Félix, saben exactamente a qué me refiero: Siempre se ha visto a San Félix como la ciudad pobre y a Puerto Ordaz como la ciudad rica y muy poca gente admite con tanto orgullo como Arévalo ser de San Félix.
Es más, no sólo es de San Félix, es un escritor de San Félix, con varios libros de narrativas y varios textos de poesía publicados.
Sobre todo de poesía, que es lo que Francisco Arévalo considera de verdad importante y difícil porque él dice que la narrativa es un ejercicio menor de la producción literaria, cosa que no nos atrevemos a negar, puesto que si acaso uno lo más lejos que ha llegado es a escribir un reportaje o una entrevista, nunca ha hecho como dijo alguna vez Mario Vargas Llosa, pegar el rabo de una silla y estar horas escribiendo, así que eso deben tener en común Vargas Llosa y Arévalo.
-¿Pareciera que no sintiera afecto por esta ciudad?
Nunca me he sentido exiliado, a veces un poco paranoico, confiesa con sencillez. Ese afán de uno de querer imponer su verdad, hace que uno choque con todo. Por eso yo recurro a la poesía porque hacer poesía es un acto de seriedad, de reflexión, hasta de locura, es fundamentalmente un acto creativo, es un acto subversivo.
-¿Ah, entonces está en su elemento porque estamos ante un gobierno que subvierte todos los órdenes?
Vuelve a mirarme por encima de los lentes de pasta, se sonríe y sigue en su soliloquio o en un diálogo solitario. El arte no puede ser complaciente porque además la rutina es su primera enemiga por eso hay que ser vehemente a la hora de plantear nuestra verdad y por eso insisto en que vamos hacia la deshumanización, hacia la falta de solidaridad, responde.
-¿Dónde escribe usted?
Yo escribo en una máquina de escribir, de las más antiguas, por cierto. Donde vivo se escucha a veces el picar de las teclas. Una vez un vecino me preguntó que ruido era ese que sonaba en la madrugada, como de martilleo. Yo le dije, venga vecino, pase y vea que es lo que suena. Cuando el hombre vio la máquina de escribir se marchó rápidamente y regresó pero con una cámara fotográfica y yo le pregunto: ¿Vecino y eso para qué es? Para hacerle una foto a este equipo porque cuando mi hijo crezca no habrá máquinas de este tipo y yo quiero que él las vea, me respondió.
-¿Qué lo inspira, sabores, olores, colores?
Todo. Un recuerdo, una música, un olor. Todo. Los escritores mantenemos permanentemente combates asimétricos con los componentes tecnológicos y con los recuerdos, dice, mientras se ríe de su propia travesura.
-¿En todo este tiempo como responsable cultural de Venalum, cuáles de los espectáculos que ha traído lo ha impresionado más?
Se queda en silencio un momento, a todas luces, repasando mentalmente los eventos y a los artistas y de repente suelta: A Canelita Medina, fue todo un espectáculo.
En defensa del idioma
Francisco Arévalo insiste con el tema de la solidaridad y ahora lo vincula a dos asuntos que parecen lo mismo pero que no lo son: Conocimiento e información.
Así de una, dice: Confundimos conocimiento con información y resultan que son dos cosas muy distintas, explica como todo un semiólogo o un semiótico.
Y lo hacemos en detrimento de algo que es sagrado, agrega, y advierte, el idioma, por allí debe estar el combate del escritor, en la defensa del idioma.
A mi por ejemplo -afirma- me sostiene amar el idioma que hablo, que escribo y que pienso.
-¿Entonces no conoce el tiempo actual porque ahora con los celulares la gente envía mensajes de textos, cada vez con menos palabras, casi que en claves y uno tiene que hacer verdaderos ejercicios de malabarismos mentales para entender aquello?
Es cierto pero quienes hacen eso son en su mayoría jóvenes quienes tarde o temprano van a tener que empezar a pensar y por supuesto a hablar y esa es precisamente la misión de un escritor, cuidar ese idioma en el que se piensa y en el que se habla.
A mi me preocupa fundamentalmente el deterioro del idioma porque eso genera pereza mental y eso te evita la aventura de pensar y cuando eso ocurre ¿Cómo nos diferenciamos de los animales?, se pregunta.
Eso nos convierte en tipos básicos y nos parecemos a los animales, dice.
-Claro, ¿Nos hace menos solidarios y eso es grave en un gobierno cuyo discurso permanente es la solidaridad y la inclusión?
Bueno a veces los gobiernos publicitan la solidaridad pero necesariamente ni la enseñan ni la practican responde Arévalo.
La escritura es vital, de allí la importancia del idioma porque la escritura nos obliga a pensar, explica.
-¿Qué opina de eso que llaman la lectoescritura?
Eso es un invento de los profesores para justificar el sueldo, eso simplemente es un invento, una inutilidad, lo útil es enseñar a pensar. Eso es como el cuento de la inteligencia emocional, eso tampoco existe, afirma.
-Un momento- digo yo de este lado- la inteligencia emocional es la capacidad del ser humano para tomar decisiones. Se puede saber mucho de matemática, de castellano, ser un fenómeno como Einsten y sin embargo, se tienen dificultades en la vida personal como Einsten porque no nos enseñaron a tomar decisiones.
Francisco Arévalo, me ve casi que con lástima y responde, ese otro invento, de los teóricos del caos, que generan expectativas falsas, escribidores de manuales de autoayuda, mira que no digo escritores, porque no lo son, insiste el hombre.
Tropiezos en el Campanario
Acaba de editar su libro “Tropiezos en el Campanario”, con él que ganó el cuarto concurso nacional de literatura “Alárico Gómez”, creado por el Instituto de Cultura del estado Monagas en 1998 por el también poeta Miguel Mendoza Barreto.
Se trata de una historia corta. Una narración sobre la vida de un sacerdote que puede ubicarse en San Félix, en Ciudad Bolívar o en Ortíz.
Narra la historia de cualquier barrio de Venezuela. Con sus miserias y sus grandezas.
A pesar de todo el vacío
Es interesante hablar con un poeta y escritor vivo, cercano a Ciudad Guayana porque ellos, los poetas y los escritores no son seres de otros planetas, quizás tienen una ventaja sobre los demás mortales, pueden exorcizar sus demonios escribiendo, mientras nosotros los viles mortales no podemos.
A Francisco Arévalo lo preocupa el vacío actual del ser humano, eso a pesar del bombardeo constante de información, de los avances tecnológicos y por eso reitera, es preocupante la falta de solidaridad que se ve a diario.
-¿Como aguanta los tormentos diarios?
Suelta una sonora carcajada y dice, “hay gente más loca que yo. Por lo menos cuento con la válvula de escape que es la escritura y mi gran verdad. Mi medicina es escribir porque es un acto de soledad casi absoluta”. Un buen poema es recordado siempre y admito que siempre he estado detrás de ello, dice. Luego agrega, “en cambio la narrativa es un acto de flojera ¿?, de ociosidad, un simple ejercicio para los dedos”.
-¿Ya que hablamos de crisis, cómo califica la actual, la que vivimos?
La crisis es más de fondo que de forma. En nuestro caso particular, la del guayanés o la del venezolano, enfrentamos el problema de una clase media cosmética que además no tiene conciencia clase, por eso es tan frecuente encontrar individuos cuyo éxito se sustenta sobre la trampa, la mentira, el embuste, la jaladera.
Si hablamos de los empresarios -agrega- tenemos capitanes y se ríe cuando dice eso, de empresas, que parecen integrantes de un coro de plañideras porque viven pidiéndole al Estado ayuda. Antes lo hacían ante quienes gobernaban el país en el pasado y ahora lo hacen ante los que dirigen el Estado actual. Eso da pena, porque uno no escucha llantenes de empresarios en otras partes del mundo.
-¿Ya para cerrar, parece que usted es optimista?
A pesar de todo, si yo soy optimista, pero no de esos que se levantan en la mañana y se paran ante la ventana con los brazos abiertos y dicen: Que día tan bello, mientras respiran contaminación, esos no son optimistas, esos son idiotas.

Obra de este guayanés
En poesía ha escrito Brote (1989); Siempre áspero (1993) Nadie me reina en estos parajes de hormigón (1993); Alcoholes de la otra iglesia (1994); Textos para insomnes (1996); Todo es círculo (2000); Agrio de Colmena (2000).
En narrativa tiene La esquizofrenia de las golondrinas (1999); Adiós Matanza en invierno (1999); Santa tragedia, santa nostalgia (cuento 1999); Razones de noctívago (2005) y Tropiezos en el campanario (2008).
Ha logrado que Fundarte, el Fondo Editorial del Caribe, la Universidad de Oriente, Fondo Editorial Predios del estado Carabobo y ahora el Instituto de Cultura del estado MonagasPero además ha ganado el Premio literario Casa de la Cultura de Ciudad Guayana (1987); de Poesía Fundación La Salle “José Eugenio Sánchez Negrón” (1988); Premio de Poesía Universidad Santa María (1990); Bienal Alejandro Natera (1990); Premio Municipal de Literatura “J.M. Agosto Méndez” (1995); Premio de la Bienal de Literatura 12 de Febrero “Sergio Medina” (1999); Premio de Narrativa Bienal Eduardo Sifontes (1997); Premio Fundarte (1997); Premio de Poesía Bienal Nacional de Literatura Tomás Alfaro Calatrava (2000).
Ha alcanzando también menciones en la Bienal de poesía “Lucila Palacios” (1992); en la Bienal de poesía “Tierra de Agua” (1992) y en la Bienal de poesía “Tierra de Gracia”, 1995.
Fuente: El Diario de Guayana. (lunes, 09 de marzo de 2009)
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