y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Jorge Luis Borges

La noria de recuerdos y celebraciones vuelve a tocar (en estos días) a Jorge Luis Borges. Ocasión propicia para recordar algunos libros en torno a su obra y que por ese raro azar de literatura han quedado como sepultados/olvidados en esa avalancha
de ensayos y tesinas que bucean en los mecanismos ocultos de creación del escritor argentino. Alejandro Rossi aseguró que escribir sobre Borges era resignarse a ser el eco de algún comentarista escandinavo o el de un profesor norteamericano, sesudo y tesonero. Lo cierto es que Borges da para mucho (y para todos), es esa fuente inagotable donde la escritura se vuelve un destino, donde la vida es sólo esa isla rodeada de literatura por todas partes.
En un impecable texto de Tomás Eloy Martínez sobre una visita-crónica-entrevista que le hizo al gran poeta Saint–John Perse no podía faltar el autor argentino. La crónica se inicia con un tono grave: “Hace quince días iba yo en busca de un hombre que estaba a punto de morir. No era un hombre corriente y, por lo tanto, también él debía de sentir entre las penumbras de su casa el paso incesante y sordo de la muerte”. De la mano narrativa de Tomás Eloy Martínez entramos a la casa del poeta en un pueblito perdido cerca del mar. Perse está postrado en una cama aquejado de gota. Poco a poco se desarrolla la conversación y el tema Borges fue inevitable, para ese tiempo el escritor de laberintos y ficciones eficaces se había convertido más que un autor en un tema espinoso e incomodo. Perse contó: “Cierta vez le pregunté como expresaba él los movimientos de la violencia. Borges me remitió entonces a la lectura de Historia universal de la infamia, donde la brutalidad o la crueldad son meros artificios pintorescos, anécdotas sin importancia. Y pensé que, nuevamente, Borges no hablaba en serio. Me sorprendió saber que detestaba a Rimbaud y que consideraba en cambio a Verlaine y a Víctor Hugo como los únicos poetas de Francia. Me sorprendió aun más saber que concedía a sus poemas, demasiado lógicos, demasiado enfermos de racionalismo, una importancia superior a la de sus esplendidas ficciones.”
Aquellas palabras de Perse subrayaban mi convicción de que Borges poeta se queda a la saga y que en sus poemas recurría, de manera deliberada, a la pirotecnia de la erudición para volverse un clásico antes de tiempo. De joven me acerqué a su poesía con cierto recelo. Después que uno ha leído ensayos y cuentos de una construcción lingüística y filosófica casi perfectas era normal ver su poesía como una prolongación sucedánea de su prosa. Pero Borges comenzó como poeta. Él contó en alguna entrevista que la edición de su primer libro se la costeó él mismo. Publicado el libro se lo mostró a su padre y este le dijo que no tenía nada que decirle, que debía enfrentar por cuenta propia sus errores. Borges confesó: “…mi padre hubiera querido ser escritor y no pudo. Dejó algunos sonetos, una novela, muchos trabajos que destruyó. Entonces se entendía de un modo tácito, que el modo más eficaz para que se entienda una cosa, que yo iba a cumplir ese destino que le había sido negado a mi padre”.
Con respecto a su trabajo poético dijo que muchos de sus amigos le decían que era un intruso en la poesía y debía dejar de escribir versos y en su defensa siempre alegó que a él le gustaban los versos que escribía. Borges el poeta es bastante inferior al cuentista, debido a la ampulosidad erudita de su estilo. La poesía de Borges está pensada para durar y ese quizá sea su gran defecto, sin embargo apreciar la poesía de Borges en su justa dimensión pasa por un pequeño libro escrito por Guillermo Sucre titulado “Borges el poeta”. Sólo un buen poeta e inobjetable ensayista como Sucre, aparte de traductor de Saint-John Perse, podía encarar el reto que significa una poesía escrita desde el raciocinio de un lector inverosímil. Guillermo Sucre destaca: “El Borges que reflexiona en sus relatos y en sus ensayos es el mismo que medita ensimisma o fervorosamente en sus poemas. Incluso hay páginas de su prosa que se imponen más por cierto arrebato, cierto juego libre del pensamiento y de la sensibilidad; hay en ellas tanta pasión como en su poesía. La poesía de Borges no pierde, sino rara vez, su contención, su secreto rumor; su simplicidad puede a veces desorientar: hay en ella más profundidad de la que se cree”.
Guillermo Sucre trata de disipar todo esos malentendidos que relegan a Borges a cierta mitología de complicado y de escritor sólo para lectores intelectuales. Sucre asevera que es más bien un escritor que exige mucho y no hace concesiones por eso escribe: “Ni los que aspiran enrarecer al Borges de los relatos y los ensayos, ni los que simplifican al Borges poeta, parecen estar en lo cierto. En uno y otro plano, la actitud de Borges tiende a ser la misma: problematizar nuestra relación con el mundo: fundar, quizá, otro; buscar una trascendencia a través de lo esencial”.
El libro “Borges poeta” no sólo le otorga cualidades a la poética de Borges, sino que va devalando sus trucos eruditos para sorprender; va descubriendo al autor que piensa con verbosidad libresca sus metáforas y al hombre sensible que desde niño se crió “detrás de una verja de lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”. Sucre como poeta va a la raíz de los poemas de Borges y los examinas también sin hacer concesiones: “Son sus metáforas menos persuasivas y, queriendo sorprender, son precisamente las que menos sorprenden. Descubren demasiado su mecanismo. Ya es el gusto por la brusquedad, por el impacto: "La luz a puñetazos / abre un boquete en los cristales". Ya la excesiva intencionalidad y el cálculo: "Vienen del patio donde el aljibe es una torre invertida / entre dos cielos". Ya el rebuscamiento: "Alguien descrucifica los anhelos / clavados en el patio". Otras veces se cae en un inútil hermetismo, en una desmedida acumulación de elementos. No son ejemplos aislados, pero tampoco dominantes. Abundan especialmente en Fervor de Buenos Aires; no así en los dos libros posteriores. Hay, incluso, pequeños poemas que no consisten sino en un puro juego metafórico. Citaremos un ejemplo, pero no sin añadir también que en él se intuye una influencia más que todo expresionista, y sin dejar de reconocerle cierta fuerza expresiva:
"Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle. Sobre el dintel
una cabeza ciega de vaca preside el aquelarre
de carne charra y mármoles finales
con la confusa majestad de un ídolo”.
El libro de Guillermo Sucre sobre el poeta que hay en Borges es una lección de lectura por encima de cualquier prejuicio y entre algunas de las conclusiones del libro esta me parece la más acertada: “El destino de Borges se identifica, en última instancia, con el destino de la palabra, del poema, de la poesía misma. De ahí su valor ejemplar”.
Borges escribió su poesía pensado en lectores futuros y se sirvió de su inteligencia y memoria libresca para escribir poemas como pasajes a la inmortalidad, no quería estar en el ruido del momento, quería ser un rumor que viaja a través de los siglos cabalgando sobre metáforas sin fisuras en las cuales la perfección fue lograda con paciente artesanía, quizás su poesía parezca fría o sin emoción, quizá carezca de esa vibración musical de la piel, pero su efectividad lírica estriba en lo que expresan, en lo que dicen con un inesperado efecto de lucidez, ilustración y belleza. Borges apostó por ello y sólo el tiempo tendrá la última palabra.

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