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Bichos malos y extraños eruditos

man-copia

Paulo Coelho y Thomas Mann vistos por Carlos yusti

Carlos yusti

En la literatura (y en el arte en general) siempre han picado mi morbosa curiosidad los autores cuyas vidas son unos verdaderos aquelarres de vicios y padecimientos trágicos, autores reventados por la vida, convertidos en guiñapos por la tiranía

azarosa del destino, pero que a pesar de todos los abismos escriben su obra; esos escritores que no son un dechado de virtudes ciudadanas, pero a quienes no se les puede ningunear su esfuerzo pertinaz con las palabras, literatos y poetas capaces de todas la vilezas terrenales y que Juan Goyrisolo cataloga como mal bicho, pero cuya genialidad es indiscutible como Borges, Neruda, Céline, Pound, Rabater, Quevedo, etc. O como lo acota Goytisolo al escribir sobre Céline: “En todos los países e idiomas hay infinidad de poetas y narradores de una corrección política y ética sin mácula, pero de mediocridad irremediable, y algunos que, como el novelista francés, aunaron el genio con un pensamiento y conducta absolutamente abyectos”.

A la par de estos tarambanas de las letras también despiertan mi interés esos escritores enfrascados en su obra, modositos y peinados como el primero de la clase; impecables en el vestir y en el estilo, asumiendo el trabajo literario con serena iconoclasia sin descuidar el método, la investigación, la sutileza para con el lenguaje y la erudición. Escritores en verdad eruditos sin poses, ni con el desmedido afán de figurar; en realidad raros, extraños en estos tiempos acelerados y con autopistas de información.

En una oportunidad escribí un breve texto sobre Juan Antonio Navarrete, un curioso escritor, filósofo y erudito (1749-1814), quien aparte de caraqueño era franciscano y dedicó parte de su ciclo vital a escribir libros bastante peculiares que jamás entregó a la imprenta y cuyo deseo final era que después de su muerte fueran arrojados al fuego. Para cerrar el texto sobre Navarrete abogaba por que sus libros, que reposan en la sección de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Nacional, se editaran. A los pocos días recibí un correo electrónico del Dr. Blas Bruni Celli, quien me indicaba que en el año 1993 se publicó Arca de Letras y Teatro Universal (2 tomos) de Fray Juan Antonio Navarrete, con un estudio a cargo del mismo Bruni Celli. Aunque yo me refería a una edición de bolsillo (sin pretensiones profesorales para el soberano) debido a que esas ediciones de la academia de la historia, o de cualquier fundación pública o privada, se queda en manos de profesores y especialistas. De todos modos agradecí con sinceridad que me sacara de mi arrogante ignorancia.

Entonces caí en cuenta que el Dr. Bruni Celli pertenece a ese selecto grupo de extraños eruditos. Cuando trabajaba en la Biblioteca Municipal de Ciudad Guayana me topé con Adolfo Ernst, otro escritor erudito de origen Alemán radicado en Venezuela y en la cual desarrolló toda su obra. Era naturalista, botánico, zoólogo, aparte de ser considerado como el fundador de la escuela positivista venezolana. El compilador de las obras completas en 6 volúmenes (1986) de Ernst no fue otro que Blas Bruni Celli. Sin ese bullicioso pantallero el Dr. Blas Bruni Celli ha escrito su obra, su rigurosidad intelectual y trabajo constante son más que envidiable.

En literatura suelen entrar por la puerta de servicio los escritores triviales, escribidores insulsos con ínfulas, pero sin obra y poetas cuya vida desordenada y aterida al día a día (como el moho a las paredes) es su mejor poema, no obstante ellos no disminuyen la pasión y el apremio que le imprimen los extraños eruditos y los mal bichos de las letras a la gran literatura que marca pautas y se erige como un sendero de luz ante tanta oscuridad de apariencia y superficialidad.

Hoy es fácil comprobar que el enjambre de autores de corte y pega (de erudición Google) ha aumentado en proporciones alarmantes y debe se así para que esa ficción literaria de la biblioteca de babel, que contiene todos los libros, imaginada por ese mal bicho que fue Borges, se haga realidad. Esa biblioteca en la cual se encuentran los escritores de todos los pelajes posibles. Además los escritores saben como Eliot y sus conocidos versos que "La única sabiduría que podemos esperar adquirir / es la sabiduría de la humildad: / la humildad es interminable", mientras los escritores sin talento se abren paso a codazos y empeñones para salir en la foto y creer que el nirvana literario no es Joyce, Thomas Man o Onetti, sino Paulo Coelho y compañía.

En la literatura (y en el arte en general) siempre han picado mi morbosa curiosidad los autores cuyas vidas son unos verdaderos aquelarres de vicios y padecimientos trágicos, autores reventados por la vida, convertidos en guiñapos por la tiranía azarosa del destino, pero que a pesar de todos los abismos escriben su obra; esos escritores que no son un dechado de virtudes ciudadanas, pero a quienes no se les puede ningunear su esfuerzo pertinaz con las palabras, literatos y poetas capaces de todas la vilezas terrenales y que Juan Goyrisolo cataloga como mal bicho, pero cuya genialidad es indiscutible como Borges, Neruda, Céline, Pound, Rabater, Quevedo, etc. O como lo acota Goytisolo al escribir sobre Céline: “En todos los países e idiomas hay infinidad de poetas y narradores de una corrección política y ética sin mácula, pero de mediocridad irremediable, y algunos que, como el novelista francés, aunaron el genio con un pensamiento y conducta absolutamente abyectos”.

A la par de estos tarambanas de las letras también despiertan mi interés esos escritores enfrascados en su obra, modositos y peinados como el primero de la clase; impecables en el vestir y en el estilo, asumiendo el trabajo literario con serena iconoclasia sin descuidar el método, la investigación, la sutileza para con el lenguaje y la erudición. Escritores en verdad eruditos sin poses, ni con el desmedido afán de figurar; en realidad raros, extraños en estos tiempos acelerados y con autopistas de información.

En una oportunidad escribí un breve texto sobre Juan Antonio Navarrete, un curioso escritor, filósofo y erudito del siglo XII, quien aparte de caraqueño era franciscano y dedicó parte de su ciclo vital a escribir libros bastante peculiares que jamás entregó a la imprenta y cuyo deseo final era que después de su muerte fueran arrojados al fuego. Para cerrar el texto sobre Navarrete abogaba por que sus libros, que reposan en la sección de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Nacional, se editaran. A los pocos días recibí un correo electrónico del Dr. Blas Bruni Celli, quien me indicaba que en el año 1993 se publicó Arca de Letras y Teatro Universal (2 tomos) de Fray Juan Antonio Navarrete, con un estudio a cargo del mismo Bruni Celli. Aunque yo me refería a una edición de bolsillo (sin pretensiones profesorales para el soberano) debido a que esas ediciones de la academia de la historia, o de cualquier fundación pública o privada, se queda en manos de profesores y especialistas. De todos modos agradecí con sinceridad que me sacara de mi arrogante ignorancia.

Entonces caí en cuenta que el Dr. Bruni Celli pertenece a ese selecto grupo de extraños eruditos. Cuando trabajaba en la Biblioteca Municipal de Ciudad Guayana me topé con Adolfo Ernst, otro escritor erudito de origen Alemán radicado en Venezuela y en la cual desarrolló toda su obra. Era naturalista, botánico, zoólogo, aparte de ser considerado como el fundador de la escuela positivista venezolana. El compilador de las obras completas en 6 volúmenes (1986) de Ernst no fue otro que Blas Bruni Celli. Sin ese bullicioso pantallero el Dr. Blas Bruni Celli ha escrito su obra, su rigurosidad intelectual y trabajo constante son más que envidiable.

En literatura suelen entrar por la puerta de servicio los escritores triviales, escribidores insulsos con ínfulas, pero sin obra y poetas cuya vida desordenada y aterida al día a día (como el moho a las paredes) es su mejor poema, no obstante ellos no disminuyen la pasión y el apremio que le imprimen los extraños eruditos y los mal bichos de las letras a la gran literatura que marca pautas y se erige como un sendero de luz ante tanta oscuridad de apariencia y superficialidad.

Hoy es fácil comprobar que el enjambre de autores de corte y pega (de erudición Google) ha aumentado en proporciones alarmantes y debe se así para que esa ficción literaria de la biblioteca de babel, que contiene todos los libros, imaginada por ese mal bicho que fue Borges, se haga realidad. Esa biblioteca en la cual se encuentran los escritores de todos los pelajes posibles. Además los escritores saben como Eliot y sus conocidos versos que "La única sabiduría que podemos esperar adquirir / es la sabiduría de la humildad: / la humildad es interminable", mientras los escritores sin talento se abren paso a codazos y empeñones para salir en la foto y creer que el nirvana literario no es Joyce, Thomas Man o Onetti, sino Paulo Coelho y compañía.

 


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