La casa por dentro
Luz Machado, versos a la orilla del Orinoco

Nacida en la otrora Angostura un 03 febrero de 1916, esta poeta de altos vuelos fue junto a Enriqueta Arvelo Larriva y Ana Enriqueta Terán, una de las fundadoras de la voz y la visión femenina en la poesía venezolana.
Daniela Saidman
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Poeta de las aguas, del río Padre, del río marrón, Luz Machado (Ciudad Bolívar, 03 de febrero de 1916 - Caracas, 11 de agosto de 1999 ) fue una poeta incansable, fecunda, viva, que nos legó el crepitar de las noches que alumbran, y encendiendo nos encienden.
Esta mujer de hondos pasos nos legó las oquedades y las cimas, la risa y el miedo, el abrazo y la rabia. Su palabra certera, franca, húmeda supo decir su mundo, el nuestro, por eso tal vez la vigencia de su obra, que está cargada del sentir de un ser humano que pronunciando el verdor de una Guayana, mineral y contradictoria, es la voz de la Venezuela que habremos de nacer.
Semblanza
Luz comenzó estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Fue una colaboradora permanente de diversas revistas y periódicos de Venezuela, México, Chile, Costa Rica y Colombia. Y sus primeros textos publicados datan de 1929. Además dirigió la página literaria del diario Ahora y de la página femenina de Rojo y Negro. Fue fundadora de la revista Valores intelectuales y asesora literaria de la Radio Nacional de Venezuela.
Vicepresidenta del Ateneo de Caracas y de la Asociación de Escritores de Venezuela, Luz Machado fue agregada cultural de la Embajada venezolana en Chile.
Su intenso trabajo y compromiso por las causas más justas la llevaron a tener una activa militancia en el feminismo de la primera mitad del siglo XX. Fundadora de la Unión Feminista de Lara, integró el Comité prosufragio femenino, que finalmente logró el derecho al voto de la mujer venezolana. En su labor de difusión literaria fue miembro del Grupo Contrapunto.
Luz Machado fue distinguida con las Órdenes Francisco de Miranda (1993), Congreso de Angostura (1996) y Doctora Honoris Causa por la Universidad Nacional Guayana (1996). Así también recibió el premio Municipal de Literatura de Caracas en 1946 y el Nacional de Literatura en 1987.
Su obra
Entre las obras de la poeta de las aguas del Orinoco destacan los poemarios Ronda (1941), Variaciones en tono de amor (1943), Vaso de resplandor (1946), Poemas (1948), La espiga amarga (1950), Canto al Orinoco (1953), Sonetos nobles y sentimentales (1956), Cartas al señor Tiempo (1959), La casa por dentro (1965), Sonetos a la sombra de Sor Juana Inés de la Cruz (1966), La ciudad instantánea (1969), Retratos y tormentos (1973), Soneterío (1973), Palabra de honor (1974), A sol y a sombra (1992) y Libro del abuelazgo (1997), entre otros. Con igual profundidad cultivó la prosa con estilo y tono propio y certero, puestos de manifiesto en los tres volúmenes de sus Crónicas sobre Guayana.
Junto con Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962) y Ana Enriqueta Terán (1918), Luz Machado compone la trilogía de fundadoras de la voz y la visión femenina en la poesía venezolana.
Luz narró haciendo poema la vida y la vida la hizo poema, mientras su palabra sigue diciendo el retazo de aromas que dejó el Orinoco, sus versos se leen como si estuvieran recién hechos, tienen aún el olor del pan recién horneado y de la boca del crío recién amamantado, así de tiernos y de dulces, así de abiertos y cotidianos. Cada gesto se dibuja en las páginas donde la muerte asalta como augurio y amenaza, como chubasco y nubes, tormenta y siembra.
Como caleidoscopio de la vida vivida, de la infancia irremediablemente ida, las imágenes y los olores de la niñez habitan las palabras de Luz, quien hizo de ellas un papel que sabe contar y cantar los olores, colores y sabores del tiempo que por alguna razón, sigue intacto en estas tierras bañadas de aguas.
Luz abrió las puertas y postigos de la casa. Su poesía es la que convierte las cotidianidades del hogar en un poema que ha sido capaz de trascender el tiempo, de seguir intacto a golpe de suerte y sol. La construcción de su poesía está colmada de asociaciones que van más allá de la metáfora, se aproxima a lo conversacional y narrativo, a lo testimonial y a la confesión.
Luz Machado devela en su creación poética las soledades, las ganas, los ritos. Su voz es espejo de sus andares, sus cumbres y hondonadas, dando con ella la dimensión de una de las escritoras venezolanas de más altos vuelos.
Y es que al final, su palabra también se duele en las cotidianidades. Su sangre y la savia vegetal se funden y cantan con el mismo ritmo. Luz de agua y a través de ella. Valiente en las soledades, fue capaz de tomar entre sus brazos la angustia y hacerla canción, para arrullarnos el sueño y dejarnos llevar mecidos por el recuerdo de un paseo por el malecón a orillas del río. Y la ciudad, la propia, emerge también de sus manos escribidoras de sueños, y tal vez deba contarse ese aparecer de la urbe en los versos como uno de sus aportes precursores, a la poesía urbana de Venezuela.
Ella y sus sombras y sus soles, germinan en el papel. Lo desbordan. Dice presente y sigue viviendo, vive mientras nos deja su ausencia. Vuelve, pero se va, pero se fue. Luz, como el sol, alumbra cuando las manos la toman en un libro de años que tienen el recuerdo de otros tactos y otros sueños, que ella seguramente también supo vivir.
La casa por dentro
“La casa necesita mis dos manos.
Yo debo sostener su cal como mis huesos,
su sal como mis gozos,
su fábula en la noche
y el sol ardiendo en mitad de su cuerpo.
Deben dolerme las cortinas y sus gaviotas
muertas en el vuelo.
Conmoverme el jardín y su antifaz
de flores dibujado,
el ladrillo inocente acusado
de no haber alcanzado los espejos,
y las puertas abiertas para las recién casadas
con su rumor de arroz creciendo bajo el velo.
Debo atender su réplica del universo,
la memoria del campo en los floreros,
la unánime vigilia de la mesa,
la almohada y su igualdad de pájaros dispersos,
la leche con el rostro del amanecer bajo la frente
con esa yerta soledad de una azucena
simplemente naciendo.
Debo quererla entera, salida de mis manos
con la gracia que vive de mi gracia muriendo.
Y no saber, no saber que hay un pueblo de trébol
con el mar a la puerta
y sin nombres
ni lámparas”.
Luz Machado
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