UN POETA DE LA ZOZOBRA, PAUL CELAN
Este 23 de octubre Paul Celan hubiera podido cumplir noventa años. Queda dentro del límite de lo humanamente posible. Sin embargo, el 20 de abril de 1970, el último en una cadena de intentos resultaría eficaz, al lanzarse a las pardas aguas del Sena, estas cerraron detrás un singular periplo de vicisitudes y búsqueda de expiación.
Había sido una vida angustiada, demasiado asediada por la muerte numerosa, principal y cercanamente, las del padre y la madre, agobiada por la destrucción del ancestral mundo que lo había nutrido en la infancia y por la recurrencia del horror en el recuerdo de su propia reclusión pavorosa. Su obra para siempre parece haber quedado inscripta, como esas huellas de las eras en la piedra, en aquellos versos que lo resumen:
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro que viene de Alemania
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un maestro que viene de Alemania
Esa leche de la desgracia y el desconsuelo llegaba para forzarlo a beber, a él y al pueblo suyo instalado en Europa, de manos de ese maestro de Alemania. Eran alemanes tratando de ser más alemanes quienes produjeron el holocausto (lo de maestro tal vez alcance asidero emblemático por Heiddeger, alguien cuyas tesis dieron aliento a nefastos manejos y con quien Celan tuvo una agónica relación, esperando de él quizás un gesto conciliatorio). Leche que, una vez bebida, no se digería sino que persistía como un estado de perpetua zozobra sin alivio. Fue este sentimiento el que empujó a Celan por la vida, la neurosis y la muerte.
En la propia persona del poeta concurren algunas de los antagonismos fundamentales que estremecieron a Europa en la primera mitad del siglo XX. Nació Paul Antcschel (de este elaboró su alias artístico) en Cern?u?i, un pueblo de la Tierra de las Hayas, la Bucovina, en ese momento rumana, territorio que desde siglos venía siendo objeto de pugnas que lo pasaban de una nación a otra. Descendía de judíos, comunidad cuyo sino atávico la volvía extraña en medio de rumanos. El padre quiso educarlo en la tradición y la lengua hebreas, algo que se vio forzado a cumplir hasta saldar su compromiso con el ritual del bar mitzvah que le abría las puertas a la mayoría de edad. No obstante, la madre siempre había guiado al hijo por los derroteros de la lengua alemana y sus letras. En su relación con el padre y su reacción ante la obligación a sumirse en la ortodoxia hebrea hay algo vinculante con otros escritores judíos. Al igual que Kafka, Celan mantuvo una actitud crispada respecto a la férula modeladora de Leo Antcschel y pronto apartó el rigor hebreo. De modo que su existencia estuvo signada por continuas bifurcaciones.
Luego, Celan trataría de acercarse a la cultura occidental cristiana. Se fue a París a hacer una carrera. Estudió otras lenguas como el francés, el inglés y el ruso. Estas le sirvieron para su obra de traductor. Sin embargo, fue el alemán su puente de creación. En el caso de los poetas, la traducción siempre ha sido una suerte de sonda para introducirse en la mecánica expresiva de otros creadores, así como para examinar desde dentro de su órgano de manifestación cómo opera determinada cultura. En Celan, alguien que no tenía un centro existencial consistente sino uno ambiguo y desenfocado en su contradicción, creo que relacionarse con varias culturas y lenguas lo ayudaba a establecer ejes alternos que le conferían cierta seguridad complementaria. Al no poder ser ciudadano coherente de una lengua y una cultura, lo era de un ámbito plural y, por ende, más flexible. Así mismo, judío germano-parlante, vivió en un territorio neutral, básicamente en Francia, aunque también residió por períodos en Alemania, Suiza e Israel. Hay como una búsqueda de un espacio que diera aliento y justificación a sus actos, tras la desaparición de su mundo original (su Bucovina rumana natal, tras la derrota nazi, era ahora territorio de la Ucrania soviética).
El idioma alemán lo enfrentaba a una contradicción medular. El alemán era, en el sentido más entrañable, su lengua materna, aquella con la que su progenitora trataba con él. Sin embargo, en un hecho terriblemente alucinante, era la lengua en que se oyeron los primeros gritos de sus verdugos. Medio de comunicación convertido en instrumento destructivo de quienes hicieron lo posible por borrar su pueblo de la faz de la tierra, entre los que estuvieron su madre de un balazo y el padre de tifus contraído en el campo. Esto, indudablemente, tenía que quebrar la conciencia de un ser lúcido y sensible, dejando un estado de permanente desasosiego. Lengua por donde podía elevar su oración por el mundo y memoria de las voces de sus asesinos.
Pienso que fue de aquí que derivó la actitud del poeta ante la lengua. Quiso resolver en el lenguaje lo que la vida no había podido solventar. Deshacer el idioma alemán, tal y como usualmente se empleaba, erradicar la estructura por la cual se había exteriorizado el odio, para resucitarlo en su poesía, moldeándolo como medio de dignidad y expiación.
La poesía de Celán es sumamente enigmática sin dejar de ser atrayente. Siempre debemos destacar una obviedad pero muy determinante en su caso: no leemos (no los que lo leemos en otras lenguas) la voz del poeta sino la reproducción de sus traductores, la mayoría no poetas que serían los mejores trasladadores. En un creador como él que se hace inexpugnable en su elaboración lingüística, tal trasvase lo vuelve casi inaccesible. Esto se evidencia al contrastar las diversas versiones de un poema, donde hallamos no solo diferencias sino incluso contradicciones. Sin embargo, no dejamos de intuir, por encima de las dubitativas y frágiles transcripciones, el rico y hábil sustrato de la imaginación del poeta.
Distinguen a este creador ciertos manejos no solo de las palabras sino de toda la estructura de dicción del poema. Su expresión funciona mediante imágenes indirectas, al parecer inconexas, de inusitadas asociaciones, donde sus referencias se diluyen hábilmente, con suma parquedad de palabras y sin una rigurosa coordinación sintáctica. Sin embargo, por la desconcertante capacidad imaginativa su poesía se vuelve cautivante. Los núcleos de sentido más sistemáticos, como no podía ser de otra manera en alguien que había descendido a los abismos más crueles de su tiempo y alzádose desde allí para la restitución, coinciden con los núcleos agónicos de su siglo. Hallamos el tiempo incomprensible en sus modos de ser e inmensurable en sus articulaciones espirituales, la muerte que acontece con la vida y se anuncia en las mil presencias de la nada, la búsqueda del otro que es parte del yo y extensión de su sustancia y aliento, la culpa que pende en la impronta de los siglos y que reaparece en la responsabilidad al no coartar los imponderables del devenir y, por supuesto, el lenguaje, enlace de las partes y el todo, mecanismo por donde lo genérico se hace presencia y pertenencia del yo, definitiva corporización de la realidad y de la voluntad que la somete y transforma.
Al repasar los textos de Celan en el transcurso de los libros que publicara, comprobamos que hay ciertos vocablos que una y otra vez saltan a nuestro encuentro como sustanciosas carpas de oro. Cuatro son las voces que sobresalen: palabra, piedra, noche y muerte. En su poema “Nocturnamente enfaldados”, dedicado a Hanna y Herman Lenz, podemos hallarlos todos:
Nocturnamente enfaldados
los labios de las flores,
cruzados y triscados
los troncos de los abetos,
agrisado el musgo, la piedra estremecida,
despertados al vuelo infinito
los grajos sobre el glaciar:
esta es la comarca donde
reposan aquellos
a quienes dimos alcance:
Están separados en el mundo,
cada uno en su noche,
cada uno en su muerte,
hosco, desnudo, escarchado
de lo cercano y lo distante.
Ellos pagan la culpa que infundió alma a su origen,
la pagan en una palabra
que persevera injustamente, como el verano.
Una palabra – tú sabes:
un cadáver.
Vamos a lavarla,
vamos a peinarla,
vamos a volver su ojo
hacia el cielo.
El poema, una suerte de kaddish, esa oración que hacen los hebreos por los difuntos, es un amoroso acercamiento a aquellos que están separados del mundo del poeta, por la sevicia del mal. El mundo que prosigue en su tiempo se divide del tiempo de los muertos, solo la palabra los conecta. Al purificarla, al ponerla de frente al cielo en su gloria y divinidad, se limpia la memoria de los caídos y se les restituye su inocencia en el futuro.
Véanse en el poema los cuatro puntos cardinales de su expresión. En verdad, nunca se tiene certeza de lo que anima el alma del poeta. Sin embargo uno tras abrazarse una y otra vez con los textos (único modo de acceder a la poesía, mediante el eros, uniéndose a través de todos los sentidos con el poema) determinadas implicaciones vibran. Piedra podría ser lo sustancial, lo germinal, el significado detrás de las cosas, la evidencia del tiempo y su doble subjetivo, la memoria. Palabra es el vínculo con lo divino, el mundo, la historia, la memoria, el otro, es el cuerpo que hace posible la existencia para el sujeto. Noche sería lo desconocido, lo innombrable, lo protector, lo inocente, el silencio. Muerte no sería únicamente la anulación del ser sino también la intromisión permanente de la nada en nuestras vidas, la eliminación de la voluntad por una violencia más poderosa, o el borrón en la memoria.
Sin embargo, la percepción y el establecimiento de esto solo se consiguen por la articulación del idioma. Para el sujeto, el lenguaje es todo para la apropiación y construcción del mundo. Es la carne y los huesos por los cuales el mundo se vuelve conocimiento, pensamiento y memoria. Tal y como el insecto que muere en su afán de reproducirse:
La mantis, otra vez,
en la cerviz de la palabra,
en que te habías escurrido,
hacia dentro del ánimo
camina el sentido,
hacia dentro del sentido
el ánimo.
De manera que hay un ir y venir entre la palabra y el ser del mundo.
Cada vez más el poeta se propuso despojar el idioma de toda gravidez tiempo-espacial. Deseaba devastarlo de inmediatez y alcanzar su total abstracción, una sutileza que lo acercara a la música o las matemáticas, en un relampagueante simbolismo concentrado. Hacerlo muy esencial, apto para disímiles situaciones y tiempos. Se ve en “Flor”, que por demás habla de esta relación ser-lenguaje:
La piedra.
La piedra en el aire, yo la seguí.
Tu ojo, tan ciego como la piedra.
Éramos
manos,
apuramos la oscuridad hasta vaciarla, hallamos
la palabra que brotó al verano: flor.
Flor – una palabra de ciegos.
Tú y mi ojo:
procuran
el agua.
Crecimiento.
Va hojeando
pared a pared del corazón.
Una palabra más como esta y los martillos
oscilan al descubierto.
Sin embargo no es la poesía de Celan solo un laboratorio de palabras. El autor no pierde nunca el ansia por la restitución de la bondad y la posibilidad.
Oigo que el hacha ha florecido,
oigo que el lugar es innombrable,
oigo que el pan, que lo mira,
saluda al ahorcado,
el pan que le coció la mujer,
oigo que llaman a la vida
el único refugio.
Así de desesperadamente humana es su poesía. Sin embargo quien creía que la vida era refugió único buscó en la muerte acallar todas las voces que lo recriminaban e inculpaban.
La poesía de Celan queda como una rosa en el regazo del dolor. Ella nos dice (fue la respuesta de celan a Adorno) cómo sí se puede y, más, se debe escribir poesía después de Auswistch, aún después del Gulag, después de Rwanda y Kosovo y Srebrenica y Abu Graib y Ciudad Juárez. Porque mientras la vida no sea condescendiente y piadosa solo nos queda la palabra que se alza y clama. Esa que guarda el humanismo en los desesperados versos de Celan llamando a la vida sin dilación:
Es tiempo de que la piedra consienta en florecer,
que a la inquietud le palpite un corazón.
Es tiempo de que llegue a ser tiempo.
Es tiempo.
Es tiempo. Es tiempo. Es tiempo, gritémoslo sin descanso y con fe, que la palabra del poeta exorcice el mal.
Manuel García Verdecia
Holguín, 23 de octubre de 2010
Nocturnamente enfaldados
los labios de las flores,
cruzados y triscados
los troncos de los abetos,
agrisado el musgo, la piedra estremecida,
despertados al vuelo infinito
los grajos sobre el glaciar:
esta es la comarca donde
reposan aquellos
a quienes dimos alcance:
Están separados en el mundo,
cada uno en su noche,
cada uno en su muerte,
hosco, desnudo, escarchado
de lo cercano y lo distante.
Ellos pagan la culpa que infundió alma a su origen,
la pagan en una palabra
que persevera injustamente, como el verano.
Una palabra – tú sabes:
un cadáver.
Vamos a lavarla,
vamos a peinarla,
vamos a volver su ojo
hacia el cielo.
El poema, una suerte de kaddish, esa oración que hacen los hebreos por los difuntos, es un amoroso acercamiento a aquellos que están separados del mundo del poeta, por la sevicia del mal. El mundo que prosigue en su tiempo se divide del tiempo de los muertos, solo la palabra los conecta. Al purificarla, al ponerla de frente al cielo en su gloria y divinidad, se limpia la memoria de los caídos y se les restituye su inocencia en el futuro.
Véanse en el poema los cuatro puntos cardinales de su expresión. En verdad, nunca se tiene certeza de lo que anima el alma del poeta. Sin embargo uno tras abrazarse una y otra vez con los textos (único modo de acceder a la poesía, mediante el eros, uniéndose a través de todos los sentidos con el poema) determinadas implicaciones vibran. Piedra podría ser lo sustancial, lo germinal, el significado detrás de las cosas, la evidencia del tiempo y su doble subjetivo, la memoria. Palabra es el vínculo con lo divino, el mundo, la historia, la memoria, el otro, es el cuerpo que hace posible la existencia para el sujeto. Noche sería lo desconocido, lo innombrable, lo protector, lo inocente, el silencio. Muerte no sería únicamente la anulación del ser sino también la intromisión permanente de la nada en nuestras vidas, la eliminación de la voluntad por una violencia más poderosa, o el borrón en la memoria.
Sin embargo, la percepción y el establecimiento de esto solo se consiguen por la articulación del idioma. Para el sujeto, el lenguaje es todo para la apropiación y construcción del mundo. Es la carne y los huesos por los cuales el mundo se vuelve conocimiento, pensamiento y memoria. Tal y como el insecto que muere en su afán de reproducirse:
La mantis, otra vez,
en la cerviz de la palabra,
en que te habías escurrido,
hacia dentro del ánimo
camina el sentido,
hacia dentro del sentido
el ánimo.
De manera que hay un ir y venir entre la palabra y el ser del mundo.
Cada vez más el poeta se propuso despojar el idioma de toda gravidez tiempo-espacial. Deseaba devastarlo de inmediatez y alcanzar su total abstracción, una sutileza que lo acercara a la música o las matemáticas, en un relampagueante simbolismo concentrado. Hacerlo muy esencial, apto para disímiles situaciones y tiempos. Se ve en “Flor”, que por demás habla de esta relación ser-lenguaje:
La piedra.
La piedra en el aire, yo la seguí.
Tu ojo, tan ciego como la piedra.
Éramos
manos,
apuramos la oscuridad hasta vaciarla, hallamos
la palabra que brotó al verano: flor.
Flor – una palabra de ciegos.
Tú y mi ojo:
procuran
el agua.
Crecimiento.
Va hojeando
pared a pared del corazón.
Una palabra más como esta y los martillos
oscilan al descubierto.
Sin embargo no es la poesía de Celan solo un laboratorio de palabras. El autor no pierde nunca el ansia por la restitución de la bondad y la posibilidad.
Oigo que el hacha ha florecido,
oigo que el lugar es innombrable,
oigo que el pan, que lo mira,
saluda al ahorcado,
el pan que le coció la mujer,
oigo que llaman a la vida
el único refugio.
Así de desesperadamente humana es su poesía. Sin embargo quien creía que la vida era refugió único buscó en la muerte acallar todas las voces que lo recriminaban e inculpaban.
La poesía de Celan queda como una rosa en el regazo del dolor. Ella nos dice (fue la respuesta de celan a Adorno) cómo sí se puede y, más, se debe escribir poesía después de Auswistch, aún después del Gulag, después de Rwanda y Kosovo y Srebrenica y Abu Graib y Ciudad Juárez. Porque mientras la vida no sea condescendiente y piadosa solo nos queda la palabra que se alza y clama. Esa que guarda el humanismo en los desesperados versos de Celan llamando a la vida sin dilación:
Es tiempo de que la piedra consienta en florecer,
que a la inquietud le palpite un corazón.
Es tiempo de que llegue a ser tiempo.
Es tiempo.
Es tiempo. Es tiempo. Es tiempo, gritémoslo sin descanso y con fe, que la palabra del poeta exorcice el mal.
Manuel García Verdecia
Holguín, 23 de octubre de 2010
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