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Home Ensayos Bello, siempre extranjero

Bello, siempre extranjero

Bello, siempre extranjero

Harry Almela

Cuando converso entre amigos acerca de la literatura venezolana en el mundo, suelo comentar la acotación que algún día nos hiciera en Madrid el maestro Antonio Quilis. Al hablarnos acerca de la entonación en español, afirmaba con orgullo: “y en esto, como en todo lo demás, Bello tenía razón”.

¿Para qué Andrés Bello en tiempos de indigencia? ¿Valdría la pena colocar en la mesa parte de su vasta y muy necesaria obra? Parece que sí, a juzgar por los actos recientes en la Casa de Bello. Vamos a complacerles: Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros en Venezuela para el Año de 1810, con Superior Permiso (Caracas, Imprenta de Gallagher y Lamb, 1810. Edición facsimilar de Pedro Grases, El primer libro impreso en Venezuela, Caracas, Ediciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 1952); Arte de escribir con propiedad, compuesto por el Abate Condillac, traducido del francés y arreglado a la lengua castellana; Principios de derecho de jentes; Principios de Derecho Internacional; Principios de la ortología y métrica de la lengua castellana; Gramática de la lengua latina; Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana; Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos; Cosmografía o descripción del universo conforme a los últimos descubrimientos; Filosofía del entendimiento; Compendio de la historia de la literatura, redactado para la enseñanza del Instituto Nacional (Chile); Código Civil de la República de Chile. Es autor, además, de los versos aquellos acerca de la poesía: Tiempo es que dejes ya la culta Europa,/ que tu nativa rustiquez des-ama,/ y dirijas al vuelo donde te abre/ el mundo de Colón su grande escena/, que muy bien supieron leer José Martí y Rubén Darío. No vale la pena continuar este catálogo. Se nos irían cuartillas en agotar los veintiséis volúmenes que (¡Oh, mísera coincidencia!) editó la Fundación Casa de Bello entre 1981 y 1986.

Derogar la obra de Bello, abandonar su estudio y su divulgación en Venezuela y el mundo, parece ser la forma de honrar los nuevos paradigmas que impone esta desquiciada y bolivariana interpretación de la modernidad. Ampliar (es un decir) la función de una Casa de las Letras hacia la investigación antropológica acerca del cocuy pecayero, puede muy bien ser materia para un cuento de García Márquez o una obra de José Ignacio. Y no estamos en contra de la bebida precolombina. Es cierto que Bello no tomaba cocuy, como afirmaba Pedro Llorens en su oportunidad, pero Crespito sí. A tales gustos debe referirse Luis Alberto cuando pronuncia la palabra moral y eso cuenta a la hora de redefinir los espacios culturales en esta etapa terminal de la Cuarta República. Mas la impudicia no concluye. La imprenta Arauco se dedicó en su momento a honrar el bien común de publicar los folletos de enseñanza para los Círculos, mientras Monte Ávila y Biblioteca Ayacucho se desvanecen en el aire de la estulticia.

Don Andrés, como en el poema de Ungaretti, se despide siempre extranjero, en busca de un pa-ís inocente. Como buen vagabundo, nunca tuvo casa. Su patria es el idioma y la gente ordinaria. Por suerte, aunque muchos actores del escenario en cuestión no lo entiendan, la batalla de Carabobo fue en 1821. Desde entonces, le ha tocado a los civiles convocar esfuerzos para la segunda independen-cia, la cultural. En ese santuario, don Andrés aún continúa vivito y coleando y tiene cosas qué decir-nos, a pesar de estos personajes que (como afirma Fito Páez) rondan por siniestros ministerios, haciendo la parodia del artista. Que piensan que hacen una guerra y se hacen pis encima como chi-cos.

Suelo imaginarme al joven Bello paseándose por lo estantes de una biblioteca en Grafton Street. Francisco de Miranda lo acogió en su casa londinense entre 1810 y 1812. Me lo imagino confron-tándose con esas lecturas al más puro estilo del Siglo de las Luces. Ahora, y con mucho auxilio, don Andrés sobrevive en nuestra patria sólo en los billetes nuevos de dos mil bolívares.

Y lo que son las cosas. La fiesta nacional de Portugal coincide con la fecha de nacimiento del poeta Luis de Camões. En Brasil, algunos billetes llevan la imagen de la poeta Cecilia Meireles. En Chile, donde Bello es toda una institución, se han dado a la subrepticia tarea de difundir la noticia de la nacionalidad chilena del maestro. Pero en la ya extinta Santiago de León de Caracas, don Andrés, su cuarto, mire, es ahorita la tienda de unos turcos como decía Crespito (aún lo recuerdo) en uno de sus poemas.

 
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