
QUÉ PUEDE UNO DECIR CUANDO UN AMIGO MUERE?
-Roger Vilain-
Lo conocí hace años, en Upata, durante las vacaciones universitarias. Desde ese encuentro Abraham Salloum reveló el ser humano que era: vivía a expensas de lo que solía predicar, es decir, vivía y demostraba con ello que en él no encontraríamos esos dobleces que, como manchas de pus, suelen florecer a diario entre la mayoría.
En el marco de alguna actividad organizada por el Fondo Editorial Predios hablamos de literatura, de poesía, de ediciones, de escrituras, y ya al anochecer nos encontramos contemplando el mundo desde una barra y varias botellas de cerveza. Vino, estudios, mujeres, amores, historia, filosofía, mujeres otra vez, el universo que nos unía y, en fin, la vida cotidiana, fue entrando poco a poco en el lenguaje, en nuestra conversación, como la amistad que a codazos levantamos mientras pasaron los años.
En el marco de alguna actividad organizada por el Fondo Editorial Predios hablamos de literatura, de poesía, de ediciones, de escrituras, y ya al anochecer nos encontramos contemplando el mundo desde una barra y varias botellas de cerveza. Vino, estudios, mujeres, amores, historia, filosofía, mujeres otra vez, el universo que nos unía y, en fin, la vida cotidiana, fue entrando poco a poco en el lenguaje, en nuestra conversación, como la amistad que a codazos levantamos mientras pasaron los años.
¿Qué puede uno decir cuando un amigo muere? Que la vida es así, miserable e injusta, cruel hasta los tuétanos. Que un hombre como Abraham no debía dejarnos tan pronto, que el arte de vivir aplasta a cualquier muerte y que mi amigo era un artista consumado en esas lides. Uno piensa esto y piensa más, y la tristeza va en aumento hasta apabullarte la garganta y condensarse en los ojos. Muy bien. Pero yo quiero decir algo más, yo quiero hablar de hechos concretos, de cualidades objetivas que dieron forma a un escritor, a un intelectual que asumió su oficio como se asume respirar.
Porque estamos faltos de eso, de intelectuales verdaderos. En la perspectiva de Abraham Salloum Bitar, ser el pensador que fue equivalía a zambullirse en las aguas de su tiempo. Más allá de escribir, y hacerlo bien, la idea de dar el golpe sobre la mesa, de transformarse en piña bajo el brazo, por ejemplo ante el poder, y señalar el asco en cualquier sitio, suponía una labor vinculada tercamente con el quehacer del escritor que decidió encarnar. A esa clase de dinamiteros se adscribió, y con tinta y papel se entregó a sus combates.
Aquella vez me obsequió uno de sus libros. En la barra de aquel sitio lo apoyó, pasó dos o tres hojas, y en la dedicatoria escribió que era su amigo. El muchacho que era yo se sintió honrado, feliz. Hoy, el hombre que voy siendo sonríe abrazado a esa verdad. Fuimos amigos, sí. Y es un honor celebrar esa amistad y escribirlo para ustedes.
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