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Home Ensayos Abraham Salloum Bitar y el astrólogo que leía el agua

Abraham Salloum Bitar y el astrólogo que leía el agua

Abraham Salloum Bitar  y el astrólogo que leía el agua

Carlos YUSTI

Poetas había conocido y tratado a varios en Valencia, lo que me dejó un sabor amargo en el paladar del alma. Eran engreídos, petulantes, roñosos y altaneros. Con su nariz displicente  se olían que uno era un advenedizo con el barrio metido en las pupilas y muchas lecturas desordenadas en los bolsillos. Algunos de estos poetas eran excelente trabajando la metalurgia del lenguaje, pero como personas estaban forjados en esa vileza estilística del poema bien escrito, con las metáforas muy bien peinadas, pero tenían el corazón mal escrito y con erratas.
Luego he conocido a otros poetas como Francisco Arévalo, Teresa Coraspe, Néstor Rojas, Daniela Saidman, Pedro Suárez, Pedro Osty, Juan Guerrero y Abraham Salloum Bitar. Poetas caligrafiados con dedos más humanos sobre esa hoja complicada (estercolera a veces) del oficio poético.

Abraham Salloum Bitar además de buen poeta tenía esa lentitud vertiginosa del lector lúcido, de ese hombre descreído que va por la vida leyendo la poética que se desliza por la piel de los objetos y por los pliegues de la vigilia humana. Su poesía es el diario sosegado de esas lecturas.
Aparte de poeta fue un amante de las publicaciones, especie de editor amateur.  Elucubró y editó revistas, libros, folletos, desplegables y libros-objetos e incluso un cd con algunos de sus poemas.
Abraham y yo nos encontrábamos en algún café. Hablábamos de cualquier cosa. Me obsequiaba libros. Yo disfrutaba de esos encuentros por ese humor cáustico del poeta, por esa ironía desplanchada de la que hacía gala. Si comentaba sobre algún otro poeta lo hacía desde la anécdota y el afecto trasparente, sin odio como una nota a pie de página.
Su poesía nunca extravió la brújula y una ciudad como Damasco o Ciudad Bolívar fueron recreadas y reinventadas en sus textos poéticos. Nunca perdió de vista ni sus raíces ni el paisaje de la otrora Angostura. El río jamás se desdibujó de su mirada profunda y serena.
Hay un texto en prosa, pero con una excepcional ráfaga de viento poético, en la que Abraham narra su encuentro en la niñez con el astrólogo Abu Tasi o como él lo escribe: “Por la aldea andaba un antiguo astrólogo cuyo nombre, Abu Tasi, El Padre de la Taza, quería dar fe de su otra inconmovible profesión: lector de agua. Mi padre, que fue intérprete de sueños, recurrió al doble lector, de estrellas y de agua, para conocer el destino de su hijo. Maktub dicen los árabes para referirse al destino como un alfabeto que ya ha sido escrito y a un libro que guarda una hoja para cada uno de los seres humanos, donde está anotado el día de su nacimiento y el día de su muerte, cuando la hoja, cansada, se desprende. Abu Tasi aceptó el ruego y por unas pocas monedas, miró a la luna en su cuarto menguante, a lo que debía de ser Venus y, quizá, algunas estrellas que apenas lograban mitigar, junto con las lámparas de keroseno, la justa oscuridad del poblado. Tomó una taza, vertió en ella suficiente agua y se dispuso a su tarea”. Lo sorprendente de todo esto es que muchos años luz después y ya Abraham viviendo en angostura un amigo lo lleva ante un hombre versado en las artes de la adivinación. Cuando el poeta entra al cuarto, aquel hombre entrado en años, enciende una vela y luego comienza a verter agua en una taza y el poeta se pregunta con ese tino inmejorable de excelente literatura:“Queda en mí la duda. ¿Habrá vuelto Abu Tasi a manifestarse en otro cuerpo y en otra lengua? ¿Acaso uno y otro habrán arribado a las mismas profecías?”.

En su poesía se respira todo ese misterio que guardan las arenas del desierto, todo esa luz zigzagueante del Orinoco y toda esa serena claridad de un poeta en ese imperturbable río del tiempo donde el destino es apenas una hoja desprendida que la corriente lleva tranquila y silenciosa.

 


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