A Propósito del Libro y sus Lecturas
Roger Herrera R
a mis hijos Odalys, Roger Cristóbal y Lorena Isabel; a mi tío Alejsandro Rojas, tras su penumbra...
Aún hoy me pregunto ¿por qué nos tocó precisamente a mi hermano Reynaldo y a mí leernos entre los 6 y 7 años de edad, el libro Mantilla?, es decir las cartas escritas a María Mantilla por el apóstol José Martí.
Ese encuentro imborrable me hace reflexionar una y otra vez sobre la magia que tejen los libros y como logran ejercer en nosotros los lectores una imantación correspondida. Desde ese libro bebí las virtudes más honrosas del hombre, a saber: la amistad, el amor, la tolerancia; y sembró en mí, la proyección del deber ser, de ser útil, donde el hacer se vincula con el bien en pos de la felicidad.
Los libros para mí, desde ese encuentro cercano y lejano a la vez son una desafiante relación de amistad y amor. No he conocido en vida un libro “malo”, en todos he hallado un no sé qué de encantamiento. Lecturas disímiles he realizado y mi memoria recorre lugares; toponimias, espacios
dándome a entender que leer y escribir no bastan. Que leemos precisamente
desde lo sensorial desde el útero hasta el primer impacto con la realidad; leemos desde los sabores en la granjería cocinada por la abuela; los árboles y las matas del patio de la casa; el aroma del café. Y cada una de estas lecturas nos identifica en territorios donde conviven diversos saberes.
Por ende si veo a un hombre veo a un libro; ese hombre que para la mayoría es un ser invisible, en mí se convierte en un patrimonio viviente,
ya que sé, en él habita toda una particular sabiduría. Ejemplo de ello
lo hallamos en los llanos con los llamados “facultos” quienes versifican o cantan sus sapiencias, cuyas dotes residen en sabidurías particulares sobre zoología, medicina natural; curas de culebrilla apoyadas en el rezo o sobadas de algún esguince muscular con mentol u árnica. Saberes compartidos desde el humilde varón o dama como un libro abierto; páginas de muchos libros sin letras pero con alma en la evocación de Soledad Villegas, Evencia Valdespino y José Cupertino Estanga Guzmán (mi abuelo materno) en San Agustín del Sur, sanando cuerpos y almas desde sus sabidurías populares; seres invisibles que escribieron para mi las más hermosas páginas de solidaridad y saber no académico.
El libro, son más que páginas; los libros son mucho más que objetos de arte
o inimaginables tablillas o piedras talladas. Un libro es una mujer u hombre y un hombre o mujer: son un libro; las verdaderas páginas de nuestro idioma se tejen en nosotros, desde nuestros genes. Compartimos el castellano de Castilla, la herencia visigoda e indudablemente el antecedente de las jarcias mozárabes y las voces al-andaluz, hasta el Romance juglaresco. Toda palabra es pertinente a un imaginario cultural y cada letra día a día es suicidada por los medios de información tras “el mago de la cara de vidrio” por la neurosis del silencio homicida. Y a su vez el lenguaje es resucitado desde sus vestigios por el habla tras cada oración que hilvanamos.
Hubo quien me preguntó en una ocasión, ¿por qué leía tanto?, otros me sugirieron que podía hacer fortuna con la venta de mis libros. Ha pasado
el tiempo y la fortuna de mi vida está en esos desvencijados lomos y esas
páginas ebrias del vino de la vida; tanto ellos como yo hemos ganado en años e igualmente nuestra amistad cada día es más firme como un viejo árbol que sabe que su sombra habrá de abrigar a algún caminante. Apuesto a los libros, tanto la invisible oralidad humana trasegada desde el inicio de los tiempos y hecha palabra a la luz de una hoguera, como a la
singular elegancia de la palabra escrita en todos sus géneros. He de finalizar este bloque, contestando, la pregunta inicial. Leo para no olvidar
que soy humano. Tengo entre otras cualidades la capacidad de conciliar lo que me dicen otras voces bien sea desde lo oral, lo gráfico o lo escrito. Es decir dialogo con los otros desde sus sonidos, desde sus dibujos, desde su
grafía y escritura. Podría entonces afirmar: Leo, escribo, dibujo, hablo o hago silencio, me comunico, soy humano.
Leer entonces un libro va más allá de un acto de comprensión lectora; escribir versos no es una cualidad exquisita ni un llamado de los ángeles, ni del compromiso sea cual fuere. Es sólo parte del ser humano, de la indudable capacidad humana para crear y comunicar. El que escribe, lo hace primero para sí, para ver su horror o su dicha retratada en el papel, luego escribir es morir, en tanto entregas trozos de tu vida en cuanto esperas que el “Otro”, el lector, entre contigo en esa relación e intercambio simbólico imaginario que se produce entre lecto-escritores.
En una oportunidad, siendo menor de edad, estando tras las rejas, detenido por robo con flagrancia. Hube de leer algunas letras garabateadas en las paredes de dicha prisión. Lo que resumían esas palabras tras su grito libertario y material, era en lo más profundo, que la verdadera prisión pertenece al alma. Las cárceles del espíritu son la ignorancia, la necedad, estulticia, la imprudencia, los excesos, la violencia y la irracionalidad.
A mi parecer ¡Justo es el libro! y, antes de el, poseemos el idioma para conformar los bienes del espíritu que nos darán luces y guías para la construcción de un mundo mejor.
Podía afirmarse que todo está escrito y cualquier recomendación a la construcción de un lenguaje, es en muchas ocasiones visto con ojeriza
por la impertinente vanidad humana. Desde mis vivencias y cuitas con la vid a les digo que en el oficio de escribir, sobre todo en el género poesía,
es más un aguardar un esperar a tientas la imagen prodiga u hiriente que habrá de servir de aliciente para la hechura del verso. Ya lo había dicho, creo que Chesterton, “Uno puede hacer el tonto en cualquier parte, menos en la poesía”. El poeta es un cazador de imágenes y por ende debe armarse de paciencia a la manera de un monje tibetano, sin presunción u amparado por la humildad, elemento poco notable en nuestros viejos y noveles escritores. Todos prestos al detalle de exaltar su palabra en cuánto tienen
oyentes de oficio de sus malcriadeces.
En una ocasión cuando otorgaban el Premio Nacional de Literatura a mi amigo William Osuna, escuché decir a unos jóvenes poetas, - Sí a estos viejos cabrones, les dan un premio, entonces yo también seré Premio Nacional. Igual talante, escuché hace tiempo en una oficina de cultura del Estado, la siguiente expresión, venida una vez más de un joven poeta: “Yo, he venido aquí a hacer carrera política y publicar mis libros, todo con el fin de lograr el poder.” Pienso que estas ocupaciones son poco dadas al oficio de poeta, nada más ajeno a un futuro artista, a un paladín de la sensibilidad, que el uso inapropiado del desdén, de la descalificación personal y la búsqueda a priori del arribismo político en pos del “poder”.
Un poeta o un escritor deben sortear toda serie de tentaciones; en primer lugar no deben poner oídos a las alabanzas a veces infundadas; o bien comenzar a sospechar de los premios cuando se hacen recurrentes, sobre todo si vienen de la dádiva de un círculo de amigos. Otro bemol que causa preocupación es el coqueteo y sobre valoración de algunos autores que aún no han logrado madurar su obra. Ser joven , no refiere en ningún caso pecado de omisión con respecto al serio trabajo literario; hacer literatura desde lo real o la ficción, es un premio si la asumimos con talento y dignidad desde nuestro fuero y no como caga tintas de ocasión que utilizan su pluma para zaherir. Otro tanto, dañino y pernicioso es escribir por encargo (cuando el tema no gusta) o realizar salutaciones en homenaje perenne a funcionarios de alto rango u asambleístas. Un escritor debe poner atención, constancia y esfuerzo a su trabajo; sumar lectores que logren apreciar su letra; batir las alas y elevarse, empero, sin abandonar sus raíces; todo escritor posee pertinencia con una cultura determinada, con un territorio, una forma de abordar la vida y por ende unos signos y símbolos que les son propios y definitorios de la obra a construir. Preciso es que en nuestra escritura puedan distinguirse de manera clara las influencias, los ecos, las resonancias, ya que una vez desnudadas aflorará nuestro aporte, aunque diminuto, fértil y vital como una nueva flor.
Muchas veces las imitaciones nos hacen traicionarnos a nosotros mismos, procuremos apartarnos de la mimesis, de la “bulla” literaria, del grosema mal empleado, de la adjetivación mal usada. Construyamos nuestro edificio poético, narrativo, ensayístico, dramático, periodístico, epistolar o de la crónica desde nuestras vivencias, angustias y singularidades, aprendiendo y aprehendiendo en silencio de nuestras posibilidades, tratando de no complacer fastidiosos profesores de literatura ni grises funcionarios de turno o delirantes nacionalistas. Por supuesto que no todo es equilibrio y armonía y si vamos a desbordarnos, tratemos de salpicar a los otros con lo mejor de nuestras miserias al estilo de los enfants terribles; tallando nuestra joya literaria con afecto; quizás logre brillar con gracia ante el ojo del acucioso lector.
Abril, 2010
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