Rafael José Muñoz: el poeta alucinado más allá del "Círculo de los 3 soles"
Néstor ROJAS

"Esta poesía responde a nuestro tiempo de incoherencias y estallidos. Es un antídoto para la enfermedad del mundo, porque mientras el absurdo y las contradicciones sociales nacen de la codicia y del afán de poder, es decir de un tenebroso y perverso deseo de lucro, o bien del dogmatismo político propiciador de interminables limitaciones, censuras y quemas de brujas, El Círculo de los 3 Soles constituye un acto gratuito de esplendente liberación por el absurdo, en que se imita en ficciones barrocas de inventiva delirante: la ciencia ficción, los cálculos astronómicos, los textos bíblicos, los eruditos diálogos de las novelas de divulgación científica, las historietas cómicas de las guerras interplanetarias, las descripciones botánicas y zoológicas de la naturaleza propias de los viajeros de la ilustración o de novelistas como Julio Verne e innumerables otras formas de alienación literaria y mental, propios de una civilización en quiebra como la nuestra". (Juan Liscano, Dentro del Círculo de los 3 Soles)
Algunos datos sobre la biografía de Rafael José Muñoz, nacido el 22 de mayo de 1928 en Guanape, son señalados en el prólogo de la Obra Poética de este poeta casi desconocido, y que en vida, según palabras de Jesús Sanoja Hernández, sólo mereció dos estudios: el de Juan Liscano y el de Guillermo Sucre; éste último le dedica apenas unas líneas en su libro La máscara, la transparencia.
Para comprender la obra de este poeta, sin duda oscuro y complejo, hay que despojarse de la actitud racionalista y de esa postura de la cordura, de la que hablaba Artaud. Salirse de los casilleros tradicionales. Ubicarse en la perspectiva de la trasgresión. Aventurarse. Desafiar el gusto de nuestra sociedad disfrazada de "normalidad" y acercarse sin miedo, desprejuiciado a su lectura. Para esclarecer sus aparentes oscuridades hay que leerlo, es decir, abrirse a ser trascendido por su lenguaje, dejarse llevar a ese otro mundo místico y mitológico poblado de visiones que nos propone Rafael José Muñoz. La razón no debe nublar nuestra comprensión de esos poemas providenciales y cósmicos, escritos quizá "al borde del trance y del delirio onírico"
I. La inquieta angustia del hombre tocado por el rayo de la Libertad
Rafael José Muñoz siempre fue un ferviente defensor de la libertad. En varias oportunidades estuvo preso por defender y propagar las ideas revolucionarias que estaban cambiando la faz del mundo. "Estoy convencido de que hay que transformar radicalmente la realidad política de Venezuela", señaló en cierta ocasión, en 1963. Fue uno de los dirigentes de Acción Democrática, que desde la resistencia clandestina, combatieron al régimen dictatorial del general Marcos Pérez Jiménez que derrocó el 24 de noviembre de 1948 al escritor Rómulo Gallegos. En los años 60, ya en los inicios de la democracia, que sirvió a los nuevos dictadores constitucionales para combatir al comunismo y a los líderes de los grupos guerrilleros alentados por el gobierno de Cuba, fue militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), organización formada por disidentes de AD que promovió la lucha armada en Venezuela, y del cual se separó por no compartir sus lineamientos dogmáticos.
Aparte de los cambios revolucionarios que se estaban dando en el mundo y las renovaciones poéticas producidas por las llamadas vanguardias artísticas contemporáneas, dos acontecimientos políticos tuvieron un efecto profundamente perturbador sobre los poetas hispanoamericanos: la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana. Estos dos hechos actuaron no sólo sobre la conciencia política de los escritores, sino también sobre su ideología moral y, por supuesto, sobre el sentido de la literatura y la responsabilidad de su ejercicio. Obviamente, estas coyunturas históricas, que pueden valer como referencias de los momentos de cambios de la poesía escrita en lengua castellana, no fueron igualmente asimiladas por todos los escritores, pero estuvieron presentes en la visión de la mayoría de los que eran jóvenes alrededor de 1959.
Rafael José Muñoz nunca vivió ajeno a sus circunstancias históricas ni se ubicó al margen de su época. Experimentó los cambios más desgarradores relacionados con los acontecimientos y conflictos que se dieron en su tiempo. Los efectos de esos desgarramientos existenciales sin duda se reflejaron en su obra poética, transformados deliberadamente a través de un lenguaje agresivo, delirante, alucinado, visionario, apocalíptico y fantástico y que nunca puso al servicio ni de ideas políticas, ni de partido alguno o causa. Para Muñoz la poesía era liberación del espíritu. Como hombre político se enfrentó a su sociedad y a los gobernantes de turno, primero contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y luego contra la "dictadura disfrazada de democracia de Rómulo Betancourt". Esta actitud combativa, su resistencia a dejarse someter por los esbirros, sus imprecaciones contra el sistema opresor, como era de esperarse, lo llevaron, en varias oportunidades, a la cárcel, donde le aplicaron las más terribles torturas. Rafael José Muñoz, fue tildado de "enfermo mental" por los carceleros represivos de la época y fue a parar, en más de una ocasión, al psiquiátrico.
En 1963, y según palabras de Juan Liscano, a raíz de las crisis psíquicas originadas por la tensión política, el poeta fue enviado a la Unión Soviética para ser sometido a una cura de descanso. Al regreso ya se había encontrado consigo mismo y "estaba resuelto a escribir poesía". Entre 1964 y 1968 escribió los poemas que integran El Círculo de los 3 Soles que Guillermo Sucre considera un libro difícil de leer: "Ante el libro de Muñoz no se sabe muy bien si uno está enfrentado a un poeta realmente complejo o simplemente complicado".
El espíritu apasionado de Rafael José Muñoz nunca se dejó someter, ni siquiera por el lenguaje, al que transgredió a su antojo, liberándolo. "Estamos, nos dice Liscano, ante una nueva estética del lenguaje. Ante un enriquecimiento del vocabulario. Ante nuevas posibilidades expresivas. Quizá dentro de esas explosiones de neologismos y barbarismos, de sonidos, dentro de una escritura más fonética que gramatical, se podrán decir cosas nuevas y expresar sentimientos más puros y directos que los que pasan por el tamiz de la prosodia". Su poesía, que desconcierta al lector por sus transfiguraciones violentas y visionarias, por su lenguaje disparatado, mitológico, esotérico y cósmico, es expresión de su espíritu rebelde desprendido de su tiempo convulsionado. Libre y burlón que no transige: violenta todo lo establecido sin ceder en su empeño. Sus búsquedas del más allá que no se ve, pero que se presiente, sus arrebatos mediúmnicos, sus irreverencias místicas, sus juegos egocéntricos, no eran de este mundo:
Dicen que estamos empantanados, que tocamos
bulos de bulas, dicen
que más vales el carreto que los ojos de la mula,
que más vale el celaje que los perubios del mar;
dicen eso, y que los pirios y que los parios.
Pero no hagan caso más que de mi voz
que se limita a la virtud píndara
de contemplar mares;
no se oiga más que esto: las vacas de Homero
y las agrupaciones en torno a Fidelio
y su bastón de oro y a su puño de liebre fukal.
El resto: los pozos y los jagüeyes de los Apeninos;
y las razas negras con su tambor.
(Examinando unos jagüeyes y unos papiros. Octubre de 1994).
II. La palabra revelada: la energía espiritual de los dioses
Para Rafael José Muñoz la palabra es energía que traspasa todos los límites, que transforma y transverbera la realidad. Por eso su lenguaje, como señala Sucre, intimida a todo lector. Se desborda en visiones, en símbolos extraños, en números cabalísticos, en traqueteos demasiado ruidosos, en expresiones tremendistas e irónicas, que muchas veces no significan nada, pero suenan. Es un lenguaje galáctico y transitivo: que pasa de un extremo al otro, y se enreda y estalla:
Invento un día celestial aquí en la tierra,
un día para mis ojos, haciendo arder los tablos,
haciendo contacto en los volvos.
Invento un día de Grack Patruck,
para volar a varias millas del Discóbolo,
con el tirnillk de laakribia vuelto lunar.
Porque yo soy el Poderoso de la Llave
el que tiene el Disco del Enigma
clavado en el centro del Huevo Trock Uck.
Yo soy ése, )quién me denigra,
quién pone en duda mis capacidades
de hacer brillar el ojo de la mula que sueña?
Su mirada está aquí, mortal, a chuck de chuck;
está aquí, entre los clavos de algún gabriel sombrío,
en el Cidi Orms de Tinis Catis y en la conchilla;
está aquí, en la basada lúbrica del estiño,
donde ciertos pájaros son como Catones
brujos de enredaderas y de iguanas balacks.
No me lo imaginaba: 600.000 novellis
huyendo hacia los ustarios del sol, qué tefis hornes:
ni con la cruz de este augusto cordero,
ni con aquella otra, ohsiill sihilllllllllllll.
(Un día celestial en la tierra. Noviembre 9, 1964)
Varias expresiones simbólicas de este extraño texto nos llevan a pensar seriamente que, más allá del juego verbal, del trastrocamiento de ideas, sílabas y sonidos, de los neologismos, hay una misteriosa capacidad de ser en Dios (o ser Dios) que crea otra cosa, otra realidad desconocida, metafísica, distinta, libre en su nueva forma que se trasnmuta en movimiento, en calor, en luz. Y esta nueva forma que se empuja a los espacios siderales hacia su consumación es entonces puro combustible, energía superior, materia de ardor, que destruye toda lógica, que abüele los tiempos y entrega su peso al no ser para que exista la llamarada de la libertad.
Y es de esa materia celeste, de esa energía que se consume y se vuelve a crear, de donde parte el poema. El poeta se inventa el día para volver a despertar en otro mundo fabuloso que es incomparable y que lo extravía de su tiempo presente. Y surge de la borrasca del aire, tocado por el rayo que inflama y alucina. Y viaja a través de sí mismo, desnudo, como recién nacido. Y descubre el resplandor del poema, ese testimonio de unos y otros, como quien mira una mañana. Bebe el fuego divino, con la cabeza desnuda bajo las tormentas celestiales. Se inicia, como tocado por el soplo paterno. Es el acto de reconocimiento de una misión sacerdotal. Es la investidura sagrada que le confiere el Ser. Y como un adivino que interpreta los signos celestes, alucinado, ve el mundo de lo invisible. Es el Elegido. Y es entonces cuando ve al dios con sus propios ojos:
Yo soy el Elegido, el que toca la flauta
y pone a arder los hornos en esporádicos blís;
yo soy el Elegido, mi Huevo de Pájaro Oyu,
de Pájaro 7,
es el que toca el ataúd y lo convierte en lumino.
Yo soy el Elegido, por mí los planetas
no encuentran donde moverse, libo el polvo
de los ladrillos detrás de mi oreja;
sonambulo una ojera,
le doy la vuelta al ojo
hacia atrás y hacia adelante,
mientras el caballo come en mi sonaja,
come bizcocho de 55,
una campana reciennacida en su popa.
Después no digan que soy mago
y que transformé la atmósfera y los puse a ver gosses.
No digan eso de mi polvillo esotérico,
ni de mis cuarenta, (jamás un diezmil).
(Yo soy el Elegido. Octubre 7, 1964)
Todos los pueblos han querido arrancar al futuro los secretos que éste guardará para siempre, y todos han tenido brujos que ven los tiempos en las manos, magos, profetas que interpretan los signos del Creador, poetas con sus cantos brindan al pueblo el don celestial, o como los griegos, adivinos, alucinados o médiums, como la Pitia de Delfos, que en sus convulsiones sentía agitarse el Espíritu quemante del dios supremo que expresaba su voluntad a través de su boca. Los griegos creían que estos profetas dementes y epilépticos estaban en relación directa con la divinidad y les consultaban con entera confianza. Así, el Templo de Dodona tenía sus palomas sagradas y sus encinas seculares, a las que el viento, al pasar entre sus hojas, hacía hablar: tres sacerdotisas, las Peléiadas, interpretaban su confuso rumor. Los oráculos de Apolo, en Delfos, recibidos por la Pitia, eran traducidos por boca de sus sacerdotes; y Orfeo acompañó a los Argonautas con el fin de distraer con sus cantos el largo viaje, pero también para interpretar los signos celestes.
Guillermo Sucre, ya al final de su comentario sobre el ejercicio de la verba en la poesía de Rafael José Muñoz, señala que es en el plano metafísico "donde la experiencia sin duda mística de este poeta se ahonda y esclarece a sí misma; donde su mitología personal, adquirida o inconsciente, parece coincidir con un logos necesario".
El poeta arrebatado "con luces espirituales", precipitado en el Ojo que todo lo ve, "embrujado de espejos por todos lados", se busca, quiere trasmigrar, conocerse en esa otra parte. Trata de descifrar los signos de la Otra Orilla. Y es esa experiencia mística su punto de partida y es la chispa originaria desde donde se inicia el poema:
Quiero volverme a las colinas de allá,
a las colinas que sueñan
con relámpagos de papel;
tengo que volverme a ver si puedes
con esta marcha de anfibios,
marcha batracia y negra.
Antes de que sea ayer,
dáme el secreto de las tres puntadas
por donde se llega al abismo;
tengo que irme, va a llover,
y no tendré de mirar aquello
que se describe en esa columna de humo.
Tengo que mirarme las rodillas
a ver si allí crece mi codo,
mi corno de trasal mandíbulas;
tengo que examinar esos molares
y aquellas paredes ruinosas
a ver si está allí la flauta de lo mío.
Déjame que el sol brille, que la nube
apague su tabaco, déjame;
déjame ver qué hay detrás de esas cortinas;
del cielo que enmudece su modo
con una cinta de todo y de mucho
Yo quiero volver a regresar
entre pastores que voltean las efes
de sus rostros extremidedos;
déjame ir allá, a la otra puerta,
a ver si encuentro el tornillo
con que tú bendecías las almohadas.
Estoy triste de este ojo matemático
y quiero darle de comer a mi yogui.
(Trasmigración de las almas. Junio 27. 1964)
Volver atrás, partiendo del poema, hasta dar con su circunstancia originaria, con su rostro de ayer? El poeta quiere volver a regresar para encontrar su canto. Volverse otro hombre mediante la transformación y a través de la poesía. )Y no era lo que quería Rimbaud? No hay duda: esos arrebatos oníricos, esa ruptura de la lógica, esa búsqueda de su otro ser le confieren a este libro un sentido profundo, místico. Esotérico. El poeta quería recobrar su otra voz, descifrar lo que de él había detrás de ese cielo que enmudece. Reanimarse. Y sobre todo: encontrar su liberación interior, despojarse de sus ataduras, de su cuerpo frágil y doloroso, de sus fantasmas, de sus miedos. Liberarse del dolor, de su destino y de su muerte. Su propósito era escaparse de la realidad caótica y alienada que lo circundaba, desarraigarse del temor a la nada infinita, penetrándola. Regresarse a su noche oscura, como Dante en el Purgatorio, como Buda encontrado consigo mismo, con el Otro que seduce y fascina:
Volver hacia la noche, en flexiones oscuras,
cantando los diez mandamientos
y hundiéndose en sombrías nupcias,
guardando el polvo de otros días
para transmutar los rostros:
éste es mi credo, ésta mi manera de regresar,
éste mi modo de encender las cruces del Purgatorio.
Yo vine de mí mismo a esta gruta búdica,
a este espíritu de triste lugar, de piedra alquímica,
a esta cava sorda, donde caminan los que fueron.
Aquí están ellos, sus corazones están aquí,
serenamente sonriendo, paseando
por estos golos sus grises figuras,
sus llameantes ángulos.
Ellos están aquí,
a la izquierda de mi tumba central.
Seáles a ellos, séales
sobre todo a ellos, del farol de chalback
y de su hacha, si tiene culpa, como es natural.
No olvidemos ni un solo instante que filegans
irise osiris, allá.
(Gruta Búdica. Junio 27. 1964)
III. El entusiasmo creador: una llama que brilla en el alma del poeta
En un poema de El Círculo de los 3 Soles, Brujo y Espejo, Rafael José Muñoz habla de unas "luces espirituales" que viajan hacia allá. "Y hay que seguirles la pista". )¿Qué son, acaso ángeles o almas? En el primer cuarteto de T. S. Eliot he encontrado esta misma percepción de ese otro mundo poblado de ángeles y almas: "Estaban allá, dignificados, invisibles, / moviéndose sin prisa, sobre las hojas muertas, / en el ardor del otoño, a través del aire vibrante..." En una ocasión, Rafael José Muñoz llegó a decir que tenía poderes mentales y que podía regresarse a sí mismo y verse, en ese allá que está arriba y abajo. ) ¿Cómo sustraernos de la fascinación de un mundo eternamente presente que permanece allí, haciéndose y haciéndonos por el deseo de ese Otro Inmóvil cuyos ojos desde el comienzo de los tiempos son espejos de lo que constantemente se crea? Es posible que Rafael José Muñoz halla buscado durante mucho tiempo el compromiso total, la inmersión permanente en un movimiento de liberación capaz de acoger su rebeldía, de fundirla con las innumerables rebeldías de los que, incapaces de soportar el horror de la realidad, tratan de llevar a cabo una revolución. Y no hay duda de que el poeta no encontró esa liberación total de la vida, buscada, ansiada que él pensó que encontraría a través de la política. Solitario, más no vencido, como millones más que aspiran y sueñan con transformar espiritualmente el mundo, se hundió en su existencia atomizada, fraccionada, oscuramente luminosa, profunda y misteriosa, sin otra perspectiva que la que le ofrecía la poesía. Y encontró en ese último refugio el resplandor de una dignidad que vino de las profundidades oscuras de los tiempos, llena de sentido y accesible, pasando entre cielo y tierra, entre los pueblos y que nos es común a todos: la Palabra. Es decir: el Verbo. O Dios. O el Espíritu que sopla en el Canto. "Y madura silencioso en el alma del poeta/ que acostumbrada desde antiguo/ a lo infinito, se estremece con ese recuerdo, / y logra, inflamada por el rayo celeste, / el fruto nacido en el amor/ obra de los dioses y de los hombres" (Hölderlin). Y fue el poeta, como antaño, cuando nació del Caos sagrado, el Creador, el Otro y el Otro fue él que le otorgó el don de la escritura y la fuerza de una voz que trasciende todos los ámbitos y que hace todo vuelva a nacer.
Rafael José Muñoz, como lo hizo Homero, Milton, Dante, Rilke, Blake, Hölderlin, Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Olga Orozco, alcanzó lo próximo, la Otra Orilla de ese otro mundo donde están Ellos, las tempranas perfecciones, los seres mimados de la creación, según dijera Rilke, los espejos y reflejos de Dios, los alados, los dioses radiantes, los terribles, los casí mortíferos pájaros del alma que aparecen y desaparecen desde que el Verbo es tiempo que nos hace. Y que lo diga Hölderlin: "Sin duda, desde siempre, / los poetas han sugerido/ que ellos fueron/ quienes arrebataron la fuerza divina para nosotros/ pero nosotros arrebatamos a la desdicha sus despojos/ para ofrecerlos al dios de la victoria/ el que libera/. Por eso/ nos rodeaste de enigmas. / Los dioses radiantes/ son sagrados, mas cuando los Celestiales/ se muestran diariamente/ el milagro se hace común..."
Rafael José Muñoz es el Elegido, el Vidente o Visionario en trance, el Profeta alucinado que habla en todas las lenguas y expresa los signos y símbolos de lo invisible, de lo desconocido. Es el alucinado que sueña los números e inventa un lenguaje desmesurado, a veces fulgurante y misterioso, que pone al descubierto los secretos de la Alquimia del Verbo. Desenmascara las caras del Ser. Desvela. Abre las cortinas que cubren lo que está más allá y más acá. Interroga, provoca. Se arriesga, traspasa las barreras de la cordura, de la razón. Rompe los límites. Y en trance iniciático se sumerge en los abismos del alma donde conquista su libertad total, la de su existencia marcada por la prohibición y el miedo. Por la angustia que una forma de su sufrimiento: "Hay días en que sufro como un rimembó" "Yo sé lo que cuesta sufrir". Y es del dolor, de la carne y del espíritu, el que lo hizo rebelde y el que finalmente lo libera de todas sus ataduras.
El Círculo de los 3 Soles, que es un libro caleidoscópico, de múltiples esferas y de una profunda complejidad, nos da la impresión de fragmentación, de dislocación y de ruptura. No hay una visión coherente ni armónica. Ciertamente la fragmentariedad y la incoherencia son su esencia misma, )pero, ¿es que acaso el mundo es ordenado y cuerdo? ) ¿cuál es la visión que tenemos de él? Tales son los signos que definen nuestra época y cuya cultura es fragmentaria, caótica. Es una cultura de la catástrofe, de la variedad, del sinsentido, que se transforma constantemente de acuerdo a las experiencias que va viviendo la humanidad. Y es también el resultado de la eterna lucha entre el hombre depredador, destructor y el hombre creador. El entendimiento y la valorización de esta cultura pasa por el lenguaje, que es la única patria verdadera. Pero, ¡cuántas veces se ha visto forzado el espíritu del poeta a ir al destierro! Ovidio, en su exilio a orillas del Mar Negro, arrancó al latín los más tiernos acentos de melancolía. Y qué decir de Rimbaud, de Artaud, de Hölderlin y de tantos otros poetas que escribieron desde el mismo abismo de la demencia. La sensibilidad del poeta que es tocado por el rayo de la locura, no conoce límites. Es esencialmente subversiva: no obedece patrones ni admite encierros. Se expande hacia todos los ámbitos. Libre.
Y es la poesía de Rafael José Muñoz una rebelación que revela otras realidades, otros mitos, que libera el lenguaje, lo expande hacia otras dimensiones desconocidas. Es una poesía del desvarío que explora en la incertidumbre, en el vacío del Ser intemporal y que asume las múltiples formas de la energía. Su capacidad de visión mística libera al lector y al lenguaje: los lanza a los espacios para que sean libres, para que estallen e los cielos interestelares. Les abre otras posibilidades de realización y al mismo tiempo les ofrece la totalidad de lo humano y divino: Espíritu y materia. Hombre y naturaleza. Mente y cuerpo son partes de un Todo que tiene su equivalente en la infinidad. La noción del tiempo queda abolida:
Todo movimiento corre a la velocidad de una idea
Y el vuelo del pájaro es igual a su canto;
y todos los mendigos están contentos
porque desde las paredes los ven Sus Ojos
Yo estaba en Efeba cuando supe esto:
Que la tierra es un rincón del cielo;
y cuando desperté y vi que se iban,
los egipcios con sus máquinas, volé a Marte.
Desde entonces sé que hay más dimensiones
que la Cuarta; y que la Quinta está Allá;
y que las Pirámides me dijeron aquello
con que soñé cuando venía de Atlántida...
La poesía de Rafael José Muñoz nos acerca hacia una realidad volátil, hacia un torbellino de ideas, de sonidos y fuerzas que no se dejan someter, que se rechazan, que niegan la lógica de cualquier sistema. Es una poesía que hace estallar la escritura y los tiempos ante nuestros ojos atónitos y sorprendidos, acostumbrados a las prisiones, a las paredes de un mundo alienado, dominado por máquinas que no piensan ni sienten, pero actúan y destruyen. Su lenguaje no reconoce los géneros ni la sintaxis. No se formula lógicamente. Se despoja de todo sentido real, es exploración, delirio, trance, trastocamiento, desplazamiento hacia afuera, no lineal, sino cósmico. Para Muñoz no hay vacilaciones: se rebela desde el lenguaje mismo y a partir de éste crea su lenguaje, vale decir: su mundo. Y se vuelve Dios. Invisible. Todopoderoso. Por eso su poesía es acción que profetiza, que trasgrede la razón opresora y se hace espacio infinito.
He aquí que yo soy más alto, e ilumino mis hondas cavernas. He aquí que yo hablo lenguajes desconocidos para todos. Yo soy El. Sólo El me comprende. El soy yo. Sólo yo soy capaz de comprenderlo a El y hacer sus maravillas, repetir sus milagros. Elevarme tan alto, tornarme tan delgado y huidizo que nadie pueda verme sino con los ojos del alma. He aquí lo que soy. Por ello escribiré este mensaje para los iniciados, para los que quieran alcanzarme, para los que pretenden o anhelan descubrir las fuentes más selladas del corazón. He aquí mi canción, he aquí mi vida volcada en palabras que tendrán que penetrar los que quieran la luz. He aquí mis cábalas, extraídas de las bóvedas de Alcabolo, a través de entrañable ejercicios de visión.
Se vislumbran a través de los poemas de los Círculos de los 3 Soles los mitos, fantasías y creencias que poblaron la imaginación de los hombres. Leyendo este libro no cabe la menor duda de que estamos ante un conocedor de textos ocultistas, de libros proféticos, de la Cábala y de innumerables fuentes que todavía resultan oscuras para el hombre hoy.
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