
Se mueve, pero no se mueve
(Especulaciones sobre Aquiles y la Tortuga)
Néstor Rojas
La Poesía, como Dios, no es cognoscible por la razón. Se le puede conocer sólo a través de la intuición. Es un acto de participación del hombre con la divinidad. De allí la imposibilidad de intentar explicarla con la razón. ¿Cómo descifrar la esencia, a partir de qué supuestos tan falsos como indemostrables, podemos analizar lo sagrado, lo divino? Dios, la verdad del Ser, ha sido para el Hombre fuente de especulaciones y curiosidades intelectuales. Porque el Hombre, ese espléndido razonador, siempre ha pretendido aprehender a Dios por medio de la razón. Analizarlo, ver sus fundamentos, su verdad. Y muchas han sido las vías que ha escogido para realización, fallida, de esta imposible tarea. Dios, no se deja ver como es. Entre todas sus formas, virtuales o no ¿cuál es la suya verdadera? ¿Cuál es su verdad?
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Las ideas son esencias o formas invariables de las cosas y de sus relaciones y realidades. De allí la validez objetiva de la ciencia que teóricamente propuso Platón (427-347 a.C), para quien las ideas son entidades permanentes universales y conformadas jerárquicamente que habitan un mundo inmaterial, eterno y pueden ser contempladas. Para él, el mundo material, sujeto a cambio y a la finitud, es semejante al mundo de las ideas. Consideraba que el alma es capaz de conocer las ideas, porque es de la misma naturaleza de éstas. "El alma recuerda lo contemplado antes de unirse al cuerpo".
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Para Parménides, el movimiento que percibimos (¿el movimiento de Dios?) diariamente es un engaño de los sentidos. El único mundo real es el mundo del Ser, la nada no es ni puede ser siquiera pensada. Luego, sólo hay un Ser y éste es único, indivisible y eterno. "El ser es y el no ser, no es".
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Para Zenón de Elea (490-430 a.C.), quien es considerado el inventor de la dialéctica, Aquiles nunca alcanzará a la tortuga. Su filosofía se apoya sobre la idea de la infinita divisibilidad del espacio y del tiempo. Famosas son sus paradojas de la continuidad y del movimiento. "El movimiento del ser es aparente. El está allí y parece que se mueve, pero no se mueve".
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Entre los filósofos eleatas destaca en especial Jonófanes el Teólogo (565-470 a.C), cuyo planteamiento de la inmovilidad de Dios dejó a más de uno paralizado. Es bien conocida su crítica al antroporfismo de la religión tradicional, sobre todo la de Homero y de Hesíodo, quienes atribuían a los dioses la misma conformación humana. El Dios que Jenófanes propone es un Dios sin ninguna configuración antropológica, porque su naturaleza es espiritual, y el Espíritu de Dios es Uno, universal e inmóvil.
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Para Parménides de Elea (539-480 a.C), no existían el vacío, la nada ni el devenir ni el movimiento. No existía la historia. Sólo el Ser. "Lo que no es ser simplemente no existe". Parménides refuta la posición de Heráclito, pues si todas las cosas no son siempre las mismas porque están en movimiento, "entonces no existe nada real y concreto, y esto no puede ser".
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Protágoras de Abdara (485-415 a.C) "el hombre es la medida de todas las cosas". Es uno de los filósofos más modernos y cuyo "individualismo relativístico" quizás influyó en la perspectiva de Nietzsche. Para Protágoras las cosas son conocidas individualmente y "lo que yo conozco no es lo mismo que otro conoce". Niega toda posibilidad de un conocimiento absoluto y de valores absolutos. "Lo que es bueno para mí no necesariamente es bueno para el otro".
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Pirrón de Elide (360-270 a.C) es considerado entre los filósofos escépticos fundador de la Skepsis (escepticismo). Fundamentó su filosofía en la idea de que la existencia evidente de opiniones contradictorias, nunca coincidentes, es una prueba palpable que la verdad no existe. La tarea del sabio consiste en suspender todo juicio, en despojar de su ropaje, de su apariencia cierta, ponerlo sospechoso. De esta manera se mantiene imperturbado y ajeno a las opiniones contradictorias, Esta idea es compartida por Timón de Fliunte, para quien es imposible conocer la verdad, pues los sentidos y la inteligencia continuamente nos engañan haciéndonos creer como verdaderos cosas que no son. Es, en cierto sentido, la idea de Parménides. Todo lo que percibimos diariamente es un engaño de los sentidos.
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Más allá de todos ellos fue Demócrito de Abdara (460-370 a.c.), discípulo de Leucipo de Mileto y el más importante de la escuela atomista. Se adelanta a los tiempos al señalar la existencia de los átomos indivisibles, expandidos en un espacio vacío. Del movimiento de los átomos se generan todas las cosas, según n rígido proceso mecánico y determinístico.
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En el siglo XI, Anselmo de Canterbury (1033-1109), quien llegó a ser arzobispo de Canterbury, identificó el pensar con el ser: "Si algo se piensa, ese algo existe".
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Para Aristóteles (469-399 a.C.) la vida virtuosa consiste en el dominio de la razón sobre las emociones y pasiones. La virtud moral consiste en el término medio entre dos extremos.
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Para Sócrates (469-399 a.C) la verdadera virtud es el conocimiento de los auténticos valores. Y conocer la virtud es ser virtuoso. Contrariamente a la búsqueda científica de los filósofos anteriores a él, su búsqueda era conocerse a sí mismo, que en el fondo es un planteamiento ético. Mediante la dialéctica y la mayéutica, trataba de inducir lo universal de lo particular y a mostrar la inconsistencia de los valores comunes, como la inmoralidad de los sofistas. Por su franqueza y claridad, en señalar los males y la corrupción, fue acusado de impío y de corruptor de menores. Fue condenado en la cruz de la cicuta.
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Ya en la magnífica era moderna, que se inicia precisamente con el racionalismo, en el siglo XVI, Renato Descartes (1596-1650) fundamentaba que todo saber está en el cogito: cogito, ergo, sum. Pienso, luego existo. La certeza del propio pensamiento como existencia y experiencia que nos permiten justificar la existencia del mundo, de la cosas y de los seres pensantes. Nos hacemos con la realidad exterior. Y la conocemos a través de la experiencia. "Porque todas las cosas son frutos del pensamiento".
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En la segunda mitad del siglo XVII, John Locke, quien es uno de los grandes forjadores de la Ciencia Política Moderna, refutó a Descartes su teoría de las ideas innatas. Para este filósofo, el medio ambiente en que vivimos modifica no sólo nuestra herencia cultural y genética, sino también nuestra conducta. Lo que percibimos y recibimos como información del mundo exterior es lo que nutre al pensamiento. Nuestra relación con la naturaleza de las cosas se realiza en el conocimiento que de ella nos vamos haciendo.
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George Berkeley (1685-1753) sostiene que sólo las ideas concretas, es decir, las imágenes de las cosas individuales, existen realmente. Las substancias materiales que percibimos no existen de manera independiente. La realidad es esa que percibimos y no otra. Aquello que no se percibe, ni se piensa, no existe.
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Si es cierto que todo lo que se piensa existe, entonces lo que percibo de Dios, (como la Poesía, esa manifestación suya) no es un engaño de mis sentidos. Lo pienso y lo siento como una experiencia que refuta toda especulación sobre el ser y su existencia. "Si algo por acaso existiera no podría ser conocido", me dice Georgia de Leontino (483-375 a. C), ese terrible sofista para el que toda aseveración es falsa y carece de lógica. Para él nada existía. "Si existiera algo, tendría que ser o creado o eterno. Si es eterno, tendrá que ser también infinito, lo cual supone que no puede estar ni en un lugar concreto, ni en cualquier lugar. Por lo tanto, nada existe, y por ende, la naturaleza es un no ser". Georgia de Leontino va incluso más allá de un relativismo absoluto. "Si algo pudiera ser conocido, no podría ser expresado. Cómo se puede comunicar a otro un color con una palabra? Ciertamente su oído recibe sonidos, pero no el color. Lo mismo ocurre con todos los signos de expresión, que son siempre cosas distintas de lo que con ellos se expresa. ¿Cómo puede estar la idea que yo tengo a la vez en mí y en otro? El tal caso sería mía y no mía, lo cual es absurdo".
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¿Para qué ocultar esto que siento en la ausencia del lenguaje, en lo abierto de la vida que se da sin misterios y que los ciegos no ven ni oyen? Oigo lo que oigo y veo lo que veo. No aprehendo la esencia de las cosas, sino sólo lo particular, las imágenes, las imágenes de lo particular. Sólo la abstracción de eso particular me lleva a lo universal.
"En tal sentido, dice Francisco Suaréz (1548-1617), sólo existe lo particular".

Néstor Rojas es un poeta y escritor venezolano (1961), con más de quince libros publicados, en los géneros poesía, narrativa y ensayo. Actualmente es director de Turismo en la alcaldía de Heres. Comparte sus días entre dos orillas orillas: Anzoátegui y Bolívar. El Orinoco es la frontera de sus travesías.
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