GOMBROWICZIDAS
JUAN CARLOS GÓMEZ
WITOLD GOMBROWICZ Y LAS MEMORIAS DEL TIEMPO DE LA INMADUREZ
“La generación a la cual yo pertenecía se encontraba en una situación poco habitual para las

generaciones polacas, entrábamos a la vida en una Polonia libre e independiente, un idilio que iba a durar veinte años completos. Se generalizó entre nosotros un gran pudor respecto a la noción de patria, en ese sentido mis colegas se parecían a mí, les resultaba cada vez más difícil volcar su efusiones patrióticas en prosa o en verso (...)”
“Defendían su sensibilidad con cinismo, preferían bromear antes que declamar. Esta Polonia recién creada se apartaba de los grandes descubrimientos en la filosofía, en la ciencia, en el arte, nosotros estábamos condenados al papel del discípulo, cuyo mayor mérito podía ser como mucho, asimilar cuanto antes los logros ajenos, y esa desesperante calidad de ser secundarios nos imposibilitaba acceder a la vida y a la realidad (...)”
“En medio de esta realidad polaca yo luchaba con mis cuentos. Ocultaba esos tesoros en un cajón cerrado, puesto que era muy púdico en todo lo que se refería a mi literatura incipiente”. Gombrowicz escribió doce cuentos a los que conocemos con dos títulos diferentes: “Memorias del tiempo de la inmadurez” y “Bacacay”, nombre este último de una calle del barrio de Flores en la que vivió durante unos meses en el año 1940.
Adoptó desde el principio un tono fantástico y cortó de inmediato con la realidad normal para entregarse a las manías, a las locuras y al absurdo. El absurdo de Gombrowicz tiene, sin embargo, la lógica ceremoniosa de los rituales y las celebraciones. Fue su madre, según nos cuenta, quien lo empujó al desatino y a las sandeces, el deporte de las conversaciones disparatadas que mantenía con ella lo iniciaron en los misterios del arte y de la dialéctica.
El snobismo también jugó un papel importante en la formación de su estilo, aunque tenía perfecta conciencia de la vanidad y de la estupidez de esa actitud. Como esos líquidos que están en el mismo recipiente pero que no se mezclan, convivían en Gombrowicz su clase social y una conciencia penetrante y agnóstica que buscó muy pronto conocer los estilos fundamentales del pensamiento universal, la independencia, la libertad y la sinceridad.
Y en el mismo recipiente se arremolinaban también las aguas turbias de sus anormalidades psíquicas y eróticas. Ninguna de esas realidades tenía predominio sobre las otras, Gombrowicz se encontraba entre ellas y tenía que fingir para no ser descubierto. El estilo de estas novelas cortas es brillante, humorístico e irónico pero los componentes de las narraciones son, la más de las veces, morbosos y repulsivos.
Esos componentes repugnantes, no obstante, pierden mucho de su carácter repulsivo porque los utiliza como elementos de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un objetivo superior: la creación artística. El plasma sombrío que existía dentro de Gombrowicz está metido en estos cuentos, pero no desparramado como una marea hedionda, sino chispeante de humor y ennoblecido de poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.
Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere que la obra lo absuelva. Dentro de él existían elementos abominables, pero si él podía utilizarlos como componentes de la forma, entonces, a través de este procedimiento, se convertía en su dueño y señor. El ser confuso, indolente e inseguro que era quería ser de otra manera en el papel, un ser brillante, original, triunfador y purificado.
No estaba en condiciones, pues, de hacer otra cosa más que la parodia de la realidad y del arte. La sensación de irrealidad lo ponía entre las cosas y no dentro de ellas, pero Gombrowicz buscaba la realidad y sabía que se la podía encontrar tanto en lo que es normal y sano como en la enfermedad y en la demencia. Los sondeos que estaba haciendo alrededor de la anormalidad y de la locura no llegaron a tocar fondo, por consiguiente sólo estaba en condiciones de escribir parodias.
Si esas novelas hubieran sido sinceras Gombrowicz hubiera estado engañando a los lectores por la sencilla razón de que él no era sincero. La parodia a la que se vio obligado le permitió liberar a la forma desvinculándola de su pesantez y convirtiéndola en reveladora. Con este aparato formal paródico fue penetrando en un mundo que con posterioridad sacó a la superficie en sus novelas y en sus piezas de teatro.
Hay en estas novelas cortas situaciones y visiones que no le van en zaga a lo que escribió después. Las reflexiones que estamos haciendo sobre sus comienzos artísticos tienen como inspiración los propios recuerdos de Gombrowicz. Pero el pasado no se recuerda tranquilamente, se recuerda con pasión. La memoria sólo recupera del pasado aquello que puede serle útil al presente para alimentar con lo que fuimos ayer lo que somos hoy.
“Mis cuentos eran cada vez más audaces en cuanto a la técnica, me atrevía con todo mi ardor a escribir de una forma no solamente fantástica, sino totalmente despegada de la realidad. En poco tiempo recogí bastante material para hacer un libro, en total eran siete cuentos, algunos de ellos, sin duda alguna, me salieron diferentes a lo que se escribía por aquel entonces en Polonia (...)”
“Pero yo me encontraba en esa época muy lejos de considerarme un innovador. Algunos amigos me animaron a editarlos, aunque en realidad la idea no me divertía en absoluto; la veía como una operación muy desagradable, que sin embargo no podía eludir, ya que era una consecuencia inevitable del hecho de escribir. Me obstiné en ponerle al volumen el título de “Memorias del tiempo de la inmadurez” (...)”
“Pensaba que un título así podía despertar curiosidad, demostrando a la par que yo mismo no consideraba esos cuentos como un logro definitivo. En aquel momento se decidió la orientación de toda mi literatura ulterior, porque mi modestia e ingenuidad se vengaron de mí cruelmente. Los críticos me atormentaron con esa inmadurez hasta tal grado, que llegó a ser el punto de partida de mi libro siguiente, “Ferdydurke” (...)”
“De esta forma me fui convirtiendo poco a poco en un especialista de la inmadurez y en su sacerdote. Fue así que comenzó mi primera escaramuza con la literatura en el mundo. Algunas críticas eran muy entusiastas y otras terriblemente negativas o, peor aún, despreciativas. Me dejó de piedra Juliusz Kaden-Bandrowski al escribir que era una obra joven, inmadura, llena de pose y amanerada. ¿Qué era por fin? (...)”
“¿Una obra maestra o una liviandad? Me retorcía de rabia bajo el fuego de esos juicios frívolos, y no hubiese sido de extrañar que hubiese llegado a perder totalmente la confianza en mí mismo. No obstante, si el artista está íntimamente convencido, aunque sea de manera semiconciente, de que lo que hace es bueno e importante, basta que una o dos personas expresen su reconocimiento para que el artista adquiera la seguridad de que su obra puede ser interpretada en la forma que él deseaba”
Julius Kaden-Bandrowski le dio más de un dolor de cabeza a Gombrowicz. “Kaden, que poseía nervio de estilista, una agresividad brutal y el germen de una visión creadora, podía haber extraído de su tiempo una verdad kandeniana. Pudo haber sido un creador, porque el destino lo había arrancado de la normalidad polaca. Sin embargo, sucumbió al amaneramiento y perdió su batalla por la expresión, su derrota fue la repetición de las derrotas de la generación anterior (...)”
“Kaden desaprovechó su talento, igual que Zeromski, al renunciar voluntariamente a su soberanía artística y sumergirse hasta las orejas en la vida polaca. Hombre de Pilsudski, escritor polaco, combatiente, padre de la patria o hijo suyo, conciencia de la nación, director de teatro, redactor, maestro, profesor y guía. La prosa de Kaden se vistió con una toga y se puso a hacer muecas, se convirtió en la celebración de la literatura antes de ser literatura (...)”
“Todo amaneramiento es el resultado de la incapacidad de oponerse a la forma; cierta manera de ser se nos contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más fuerte que nosotros, y no es de extrañar, pues, que estos escritores muy poco asentados en la realidad, o más bien asentados en la irrealidad polaca o en la realidad incompleta, no supieran defenderse de la hipertrofia de la forma (...)”
“En la obra de Kaden su amaneramiento era forzado y laborioso, como él mismo. Lo que se destaca en él es de nuevo la impotencia frente la realidad. También es digno de resaltarse la suciedad de su imaginación; las tripas de Witkiewicz, el mascujar de Kaden, no son sólo el resultado de la irrupción del arte europeo en estos terrenos de lo asqueroso, sino la expresión ante todo de nuestra impotencia ante la suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en las fincas carentes de retrete (...)”
“Los polacos de esta generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima y cuyas ponzoñas los envenenaban. De este modo, la prosa más agresiva se precipitó hacia la excentricidad o al barroquismo, mientras que la que latía en las novelas legibles y artísticamente correctas carecía del dinamismo y, como una hiedra, se enredaba fielmente alrededor de la vida polaca”
Juliusz Kaden-Bandrowski, periodista y novelista polaco, trabajó como ayudante de Jozef Pilsudski y como cronista de la Primera Brigada de la Legión de Polonia durante la Primera Guerra Mundial. Participó en la enseñanza de la clandestinidad en la Segunda Guerra Mundial. Murió en agosto de 1944 durante la sublevación de Varsovia contra los nazis.
La novelas de Kaden muestran penetrantes ideas y la fidelidad a los hechos, elementos conductistas y expresionistas, e inusuales combinaciones de diversos estilos y técnicas literarias. Con esa manía de no parecerse a nadie y de atacar a todo el mundo Gombrowicz se convirtió en una extraña criatura incubada por la vanguardia polaca en la primera mitad del siglo pasado.
El primer golpe es siempre el que más duele y Gombrowicz recordaba con amargura el primero que le había dado Kaden. Gombrowicz habla en los diarios los sueños de Kierkegaard. La pérdida del amor, de su novia, los ruegos que le hace a Dios para que le devuelva todo lo perdido. El petimetre danés espera la repetición de una vida que no vivió, la recuperación de la novia perdida.
Quiere que le sea devuelta Regina, tal como era en los tiempos de noviazgo. A este sueño de Kierkeggard Gombrowicz le encuentra un parecido con “El casamiento”, pero Regina sigue siendo pura cuando el más elegante de los filósofos le ruega a Dios que se la devuelva, en cambio Margarita estaba pasada de vueltas cuando Henryk le ruega al padre que se la devuelva virgen e inocente.
Quizá Regina fuera más parecida a otra novia de la que Gombrowicz habla en los diarios. A los cincuenta años Gombrowicz recuerda que, veinte años atrás, en una fiesta de vecinos se encontraba una joven que lo transportaba a estados de embeleso. Quería lucirse y brillar ante ella, en aquel entonces esto era absolutamente necesario para él. Pero al entrar al salón, en lugar de señales de admiración, se encontró con la compresión de las tías.
También se encontró con las bromas de sus primas y la ironía vulgar de todos los nobles de la vecindad. Juliusz Kaden-Bandrowski se había ocupado de uno de sus cuentos con unas palabras llenas de indulgencia, pero dando a entender que le faltaba talento. La publicación había caído en las manos de los presentes y todos conocían su contenido. Y le daban más crédito al crítico, naturalmente, porque era un escritor de mucho éxito.
Esa noche Gombrowicz no sabía dónde esconderse, se sentía impotente, pero no porque la situación le viniera grande, sino porque era irrefutable, no merecía refutación. Igualmente sufría, sufría y tenía vergüenza de su sufrimiento. A pesar de que ya, por aquel entonces, sabía arreglárselas con demonios más peligrosos, en este asunto se hundía descalificado por su propio dolor.
Al Gombrowicz cincuentón le hubiera gustado ponerse detrás de aquel otro veinteañero para que se sintiera completado por el sentido futuro de su vida, para ayudarlo a lucirse y brillar frente a esa joven virgen. “Pero yo –tu realización– estoy a mil millas, a muchos años de distancia de ti, y estoy sentado aquí, en esta orilla americana, tan amargamente retrasado, con la mirada fija en el agua que brota por encima del parapeto de piedra, colmado por la distancia del viento que llega velozmente de la zona polar”
Estaba en la Costanera mirando el Río de la Plata. La moraleja de este cuento es que al Gombrowicz viejo le hubiera gustado ayudar al joven completándolo con su madurez, pero se sentía incompleto, distante, amargado y retrasado a orillas de la costa americana, tan distante, amargado y retrasado como se sintió con la Regina de su cuento.
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