
E.B.N. EL PODADOR
GUILLERMO ABAD ARGÜELLO
Quien tuvo ocasión de “conocer” al escritor valenciano, periodista y Cronista Oficial de Caracas, Enrique Bernardo Núñez, se hizo la falsa idea de que aquel hombre era tan punzante como un erizo. Amigo leal, sencillo y tímido hasta el punto de escaparse de un encuentro con Héctor Mujica en la U.C.V. con motivo de la entrega de la edición de Bajo el Samán que patrocinó la Escuela de Historia (1963). Como Mújica pretendió que dijese algunas palabras con motivo de la entrega de ejemplares, salió sin despedirse y me tocó como su acompañante recibir los libros, pero ni rastros del escritor. Bajo el Samán fue la última obra publicada en vida del autor.
EBN asumió la tarea de auto-corregirse modificando, mejorando y podando, los textos ya publicados. La Galera de Tiberio fue una de las obras que sufrió los embates del escritor. Modificó páginas enteras, pensamientos reducidos a una palabra: “En el puerto numerosas manos agitaban pañuelos”. Esta expresión quedó reducida a “pañuelos”. Evitaba en sus escritos el gerundio por parecerle “horrible”; el punto y coma lo sustituía por el punto y seguido. Una forma personalísima de escribir su correspondencia era que donde concluía un párrafo continuaba el siguiente precisamente donde terminaba el anterior. Así el lector continuaba sin volver al margen señalado por la sangría.
Gran trabajo nos dio La Galera de Tiberio a mí y a los Augustos: Augusto Germán Orihuela y Carlos Augusto León, al transcribir, interpretar e insertar con sentido lógico en la expresión del personaje y mensaje del autor, sin modificar ni perder el hilo de la narrativa. Así logramos esa edición póstuma que publicó la U.C.V. en 1967, tres años después de la muerte de EBN ocurrida en el Instituto Urológico San Román al mediodía del 1º de octubre de 1964. “No permita que me inyecten formol para retardar la descomposición. Eso debe doler”, me había dicho en la Oficina del Cronista en el Palacio Municipal de la esquina de Las Monjas, frente a la Plaza Bolívar de Caracas.
Los días laborables los pasaba en su gabinete de trabajo en un viejo edificio frente al Parque Carabobo, donde ocupaba un apartamento del primer piso, cuyas escaleras siempre olían a basura acumulada. Muy cerca quedaba la librería “El Gusano de Luz” donde se encontraba con Néstor Tablante y Julio Garmendia para conversar. A Garmendia le pidió un cuento para la revista Crónica de Caracas que nunca escribió, porque don Julio no produjo nada más después de “Tienda de Muñecos” y “La Tuna de Oro”.EBN hubiera querido ser agricultor. En su casa denominada El Rincón, en Los Chorros, hacía de jardinero los fines de semana. En una nueva existencia sería banquero, comerciante o político, porque su vida de escritor estuvo llena de carencias y sinsabores. Me contó doña Mercedes, ya viuda, la siguiente anécdota: una vez solicitó trabajo en una gasolinera, pero el dueño o encargado –precisamente por saber quién era EBN- se lo negó ¿Cómo piensa usted, don Enrique, que voy a emplearlo como obrero?
El Concejo de Caracas le otorgaba una mísera asignación como Cronista de la Ciudad. Quienes le trataron jamás lo conocieron. Nunca tuvieron tiempo para pensar que un escritor de su talla -carente de riquezas- podría sostenerse con semejante sueldo, si mal no recuerdo, de mil bolívares mensuales. Sin embargo el sustituto Guillermo Meneses comenzó cobrando cuatro mil bolívares, que para entonces (1965), era un sueldo extraordinario.
El escribir fue para EBN una pasión, no un medio de vida. Se redondeaba con sus artículos de prensa (cien bolívares cada uno) y escasas comisiones sobre venta de sus libros. Me atrevo a pensar que recibía alguna ayuda de su hijo Francisco Xavier, porque de otra forma no se explica cómo compartía su escaso sueldo con su hija Isabel, que había enviudado. Su nombre completo era Enrique Benardino Núñez Toro, que nunca usó. Firmaba sus trabajos como EBN o Enrique Bernardo Núñez. Dirigió Crónica de Caracas y Actas del Cabildo. El material se organizaba y corregía en la Oficina del Cronista. El equipo de trabajo estaba formado por don Enrique, Leopoldo Méndez M., paleógrafo y Guillermo Argüello, secretario. Más tarde se agregó Antonio Pérez G. como bibliotecario auxiliar. En esta oficina aprendí mucho sobre historia y mejoré bastante mis conocimientos de ortografía. A veces don Enrique llegaba con el Núñez atravesado y formaba tremendo escándalo en la oficina: era una vía de escape para tensiones acumuladas. Ya sereno, se disculpaba y le decía al paleógrafo “pero bueno Méndez, fórmeme una vaina usted también”. Claro que a Méndez jamás se le habría ocurrido tal cosa. Después volvía a ser el amigo comprensivo pero exigente. Todos en el Concejo le teníamos cierto temor mezclado con aprecio y admiración. Su escritorio parecía un nido pero no permitía que le movieran un papel. Cuando por razones de salud dejó de acudir a la oficina, yo le llevaba el sueldo y noticias de cómo marchaba todo. Si alguna vez señalé mi deber como subalterno, él replicaba diciendo: “No. Tú no eres un subalterno, tú eres mi amigo”. Vuelve a San Román ya para morir, pero antes le pide a su hijo Francisco que vele por mí, que me ayude. Efectivamente, la familia me trató como a otro hijo. Isabel murió en la casa paterna, Francisco en Nueva York y doña Mercedes cuando yo me encontraba trabajando como paleógrafo del Concejo de Petare. Con la muerte de mi madre adoptiva, rompí todo vínculo con la familia y me trasladé a Ciudad Bolívar, donde escribo cuarenta años más tarde para Alta Gracia, Revista Cultural de la Biblioteca Nacional, estas líneas que me hicieron brotar lágrimas.
La Biblioteca Ayacucho en el tomo 124 nos informa brevemente acerca de la obra literaria de EBN. La nación venezolana está en deuda con el autor en la compilación y edición de sus obras completas. Aunque no hubiese escrito sino Cubagua y La Ciudad de los Techos Rojos, éstas bastaban para asegurar su puesto en la literatura y en el recuerdo de los venezolanos de hoy y de siempre.
Ciudad Bolívar, 18 de agosto del 2006

GUILLERMO ARGUELLO es cronista, escritor y profesor residenciado en Ciudad Bolívar.
Foto: Erika Díaz
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