LA MALDICIÓN DE DOÑA BÁRBARA
Aunque algunos escritores se abochornen, y aunque a otros le resulte un exabrupto, la novela nuestra por antonomasia es "Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. Es nuestro Quijote, nuestro Ulises, nuestro Hombre sin atributos, nuestra Odisea.
Los críticos del más variado pelaje todavía andan a la caza de esa gran novela que pueda exorcizar el fantasma de esa incomparable devoradora de hombres. Que pueda quitarle su sitial a esa novela contemporánea, que sea capaz de romper el conjuro de una novela que ha sepultado mucha novelita oficial e incluso otras novelas notables del mismo Gallegos.
La novela de Gallegos, reverenciada y odiada por muchos novelistas locales, todavía no ha podido ser superada. A esta altura todavía no hay una novela que logre colocarnos en el tapete internacional.
En lo que respecta a su creador Gallegos es un clásico; incluso ha dejado de ser un político, un novelista de méritos para devenir en un premio (que por ironía del destino son pocos los escritores nacionales que los han obtenido) Si el escritor se convierte en una calle, en un premio o en una plaza puede asegurarse que este se encuentra en el paso exacto para convertirse en abono del olvido. Especulaciones mal intencionada, se entiende. El premio Rómulo Gallegos otorga cierto prestigio al escritor que lo obtiene amén de santificar la mejor novela.
Hay un hecho que vale la pena contar, aunque la historia oficial no lo recopila. Al parecer el propio Gallegos también sufrió los efectos hechizantes de su novela. Cuando Gallegos era presidente de la República llegó a sentirse en las botas de Santos Luzardo. Confundir la realidad con la ficción literaria es saludable para la literatura, no para la política. Y esos días Gallegos estaba traspapelado con su propia ficción. Cuando estalla la crisis militar este se negó, de manera rotunda, llegar a un entendimiento con los militares para salvar su gobierno, que se hundía inexorablemente. Para él los militares representaban el atraso, la barbarie que combatió siempre, tanto en su vida ciudadana como en sus novelas. Gallegos se creía Luzardo y decía que si pactaba con los militares no podría mirar a la cara de nuevo a su esposa y a sus amigos. Pero esta historia es contada a voces, pero conociendo la verticalidad del escritor estoy seguro que antepuso sus convicciones ante lo más propicio para el país. Todavía hoy pagamos esta confusión de Gallegos.
Los liceos nacionales se han convertido en los sitios ideales para aprender odiar a Doña Bárbara. Recuerdo que mi profesora de Castellano del bachillerato nos obligó a leer a novela de una manera compulsiva. Odie y coñomadrice a Gallegos desde ese momento, tuvieron que pasar muchos años para reconciliarme con el escritor. Y no sé si por venganza digo siempre que su novela es “Canaima” y no “Doña Bárbara”.
Lo indiscutible es que el mito de la devoradora de hombres sobrevivirá incluso a su creador. Se especula, no sin cierto sarcasmo, que la Doña se pasea en traje de baño y anda a la caza de la corona del miss Venezuela. O sea, la barbarie globalizada pasada por el bisturí y la silicona.
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