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Viajes/ Perugia

Perugia al dente/

Javier Espinadura

 

Perugia, capital de la Umbría, es una ciudad situada en el cuore verde de Italia. Su casco central lo conforman la antigua catedral, el palacio ducal y la circular fuente, construida hacia el siglo X, en la plaza IV de noviembre. Sinuosas y angostas, todas sus calles están empedradas. De hermosos nombres, como calle del sol, calle de los poetas, vía de la luna, calle del manzano. Las edificaciones son antiguas, algunos monumentos mantienen todavía los rasgos de sus primeros fundadores, como el Arco Etrusco, a un costado de la universidad y cerca de la plaza Fortebraccio.

 

Los parroquianos, peruginos, hacen su vida entre el trabajo y los encuentros en las tabernas y bares, donde el calcio (fútbol) es el tema preferido. Más abajo del centro está el mercado. De exquisitos olores. Allí se vende el vino crudo al detal, también los dulces y las frutas de verano.

Perugia es la ciudad del chocolate. De los paseos al atardecer, de las largas conversaciones hasta el amanecer. Del Pinturicchio y Vannucci (il Perugino), artistas que colorearon el paisaje de la ciudad en frescos que se aprecian en las iglesias, la pinacoteca y el Colegio del Cambio. La ciudad silenciosa y taciturna a ratos se despierta a golpes de campanas, de las tantas iglesias que existen en tan reducido perímetro.

Este pueblo, que me albergó por un tiempo, ha sabido coexistir con los rostros de cientos de miles de jóvenes de todo el mundo, quienes año tras año han transitado por sus laberínticas calles y espacios de esta singular ciudad medieval.

Viví en una buhardilla donde las paredes guardan las historias de alcoholes, risas y ardorosos gemidos de las mujeres  a quienes amé, entre vino tinto, lectura de poemas y chocolate. Recuerdo a Gerlinde, la primera amiga alemana. Entre latinazos, modismos franceses, un escueto italiano y muchas miradas furtivas, mientras hacíamos la fila para inscribirnos en el curso de italiano en la Universidad para Extranjeros. Luego fueron Akka, la suiza modosita, a quien le hice el amor en la torre sur de la ciudad, entre asustados murciélagos y muchos aleteos de palomas. Después vino el amor esloveno de 1,83 metros. Irena, la locutora de televisión que amaba al judío-italiano hasta la medianoche, y después tocaba a mi puerta hasta el amanecer. Con ella conocí los maestros de la pintura italiana y también a San Agustín. Luego desfilaron Beatrice, la austríaca quien nunca había visto una piel morena ni cabellos negros. Aún siento su quebrada voz sobre mi pecho y su miedo al embarazo. La puritana Concessa, casada con un misterioso personaje silencioso quien se quedaba dormido después del tercer trago. Pura roncadera mientras yo acariciaba dulcemente la mano de su esposa, entre música folclórica africana, que calentaba sus muslos. También recuerdo a Billy, la profesora de música anglocanadiense enamorada de mi voz y mis ojos, mientras sus senos reventaban entre mis mejillas. Tanto vino y tanto amor fueron los días peruginos. Recuerdo la reunión en casa de un pintor andino y las dos señoras de la ciudad que deseaban comprar sus cuadros. La mano suave y delicada de Ana, casada con el juez y quien gustaba delinear con su lengua ensalivada mi nombre sobre la espalda. La mayor enseñanza que aprendí de ella fue que las personas demasiado educadas están profundamente reprimidas.

De noche la ciudad es una sombra. Las viejas edificaciones, altas, con cientos de ventanales, son ojos que observan silenciosos en las penumbras de las calles. Cada cual camina la ciudad buscando su propia historia. Cada ángulo de ella, cada  esquina y cada borde, trazan una imagen que la mirada encuentra mientras la semi luz que cae entre los resquicios de sus calles, devela el rostro de un ser semejante a la noche.

Perugia es un lugar para el encuentro del alma, para el abrazo consigo mismo, para la quietud y el reposo. Para el ensimismamiento y el cultivo del ser. Perugia es uno de esos lugares en el mundo donde los hombres pueden encontrar las huellas de los ángeles mientras hurgan en el horizonte de la ciudad, en sus lejanos montes, como el Subasio, tan cercano a Asís y a san Francisco, el ángel caído que habló al lobo y lo aquietó. Lejanos horizontes donde el verdor de sus campos descansa el ojo y lo deleita en sus tonalidades.

 

Perugia es una de las escasas ciudades donde el hombre ya no es el centro. Por el contrario, ella es siempre la gran protagonista. Las disputas de amor, los odios, rencores y contradicciones tienen como inicio y fin la ciudad. Todas las lenguas se encuentran en el corso Vannucci. A cada instante alguien te mira y te saluda desde su lejanía, venida de quién sabe dónde.  Ese largo corredor central encierra acaso las miles de historias de millones de transeúntes que a diario la acarician con sus pisadas. Por las esquinas de Perugia se puede uno encontrar de repente, con los servidores de agua. Líquido fresco que viene de los montes y es fría y siempre cuidada. Por las mañanas la ciudad es un jolgorio de felicidad y emoción, de cualquier ventana se deja escuchar un aire de opera a capella, como también una ruidosa discusión, así también un claro lamento y quizá una voz maternal que llama a un niño.

Por esas  mismas calles transitaron, en 1786 los poetas Hëine y Göethe. También el barón de Humboldt, en 1802. Bajando a un costado del corso y detrás de la catedral, se llega a la librería Ulise. Allí encontré la poesía de Leopardi, leí a Sciascia y a D’Annunzio. Encontré hojas artesanales y una amada me obsequió un sello con mis iniciales. Con ella continué otras aventuras a sitios y lugares sagrados, del cuerpo y del alma.

Todo eso y más es Perugia. Habría que afirmar su vocación humana, esa donde perviven todos los sentimientos, todos los contrastes, todas las diferencias, pero vividas desde una tolerancia ganada luego de tantas disputas. La ciudad es el lugar de la coexistencia, donde se transitan los miedos e incertidumbres, los dolores y sufrimientos, pero también los rostros siempre abiertos, amplios y llenos de amor para la aventura humana: afirmar la vida y saberla vivir con la intensa emoción de la primera vez.

FUENTE: Revista  Clase Turista.

 


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