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Home Ensayos Francisco Arévalo, corsario de la nocturnidad

Francisco Arévalo, corsario de la nocturnidad

Francisco Arévalo, corsario de la nocturnidad

Carlos Yusti

Francisco Arévalo se decide por la poesía epopeya nocturna, navegación maldita. Quiso situarse en esa orilla de los poetas malditos cuando ya el malditismo literario era sólo una pasión de hemeroteca polvosa y amarillenta. Quería dejarse el pellejo en la alambrada de la poesía. Quería ser un bardo de barra para curtirse la piel con las historias de esos seres solitarios que revolotean por la noche, especie de ebrios vampiros vegetarianos que beben la sangre de los suburbios. Arévalo quería ser un corsario de la noche pagana que envuelve a la ciudad. Deseaba encontrar la flor en el basural para después escribirla.

Arévalo no tuvo maestros del día, aunque sí tuvo un amigo, Alí Darnot, poeta y gacetillero eventual, que de alguna manera lo acercó a la palabra poética. Pero Arévalo iba a su propio ritmo de rabia, a su propia cadencia, metiéndole mano a la musa en la entrepierna, tratando de no ser un poeta municipal.

En la poesía de Arévalo hay aromas fuertes, un vaho de orines reciclados, pero hay también una vibración musical de voraz mercado y burdel, de río antifilosófico cruzando por las venas de la urbe, hay una poética gonzo con la verbosidad de un latigazo: "Soy un temporal esqueleto/que aborda el umbral de la noche/con zapatos sucios y pasos lentos...",

Arévalo como todo corsario asalta el buque de otros géneros literarios y prueba con el artículo de prensa y la novela. Sus novelas tienen una sonoridad cercana a la oralidad, existe en ellas un revoleteo de voces que cuentan las vicisitudes de seres comunes y corriente como un obrero, una prostituta, un músico de bar, un cura de parroquia, etc. No faltan la crítica, la ironía y esa escritura de fuste que no deja títere con cabeza.

Ha ganado muchos premios y él sabe que los premios no garantizan nada y sigue dándole a su máquina portátil como un poseso para que su escritura sea su mejor carta de presentación. Escribe a máquina por el sonoro picotear de las teclas o como él mismo lo cuenta: "Yo escribo en una máquina de escribir, de las más antiguas, por cierto. Donde vivo se escucha a veces el picar de las teclas. Una vez un vecino me preguntó qué ruido era ese que sonaba en la madrugada, como de martilleo. Le dije, venga, vecino, pase y vea qué es lo que suena. Cuando el hombre vio la máquina de escribir se marchó rápidamente y regresó pero con una cámara fotográfica y yo le pregunto: ¿Vecino, y eso para qué es? Para hacerle una foto a este equipo porque cuando mi hijo crezca no habrá máquinas de este tipo y yo quiero que él las vea, me respondió".

En la escritura de Arévalo no hay revanchismo, ni amargura, sino una densa ironía de amanecer ebrio que busca colocar todo en una perspectiva descarnada. Es un animal urbano que poetiza el devenir humano sin caer en el sentimentalismo jabonoso ni la cursilería disfrazada de poesía. La odisea del ser humano en la ciudad (cualquier ciudad), cuando la noche repta por sus paredes y calles, es el tema de sus poemas y novelas. Arévalo es deliberadamente amargo, rudo, en el día a día, pero ejerce la solidaridad como alegato de vida sin aspaviento ni fuegos de artificio.

Lo interesante de la poesía de Arévalo es que está escrita con los naufragios de la noche. No es un lirismo aprendido en otros libros, sino que él ha vivido el caos de la noche con sus tristezas y sus puntuales alegrías.

La lección de un poeta como Francisco Arévalo es que la literatura a veces se encuentra en los lugares más inesperados o sórdidos, a veces la poesía está en esas mujeres no tan bellas, pero fogosas como un horizonte a pleno día. Su gran lección es que la poesía vive en los lugares menos agraciados de la ciudad, que a veces hay que embriagar a la musa para que el canto no se vuelva gargarismo constipado, ni cursilería almibarada y abstemia que se escribe de espalda a la vida pensando sólo en la academia. El poeta que lo es de verdad deja olvidada el alma en alguna barra mientras la metáfora se abre paso a pesar de todo, incluso del poeta.

Arévalo sigue escribiendo en su vieja portátil no tanto por resistirse a la computadora, sino porque le gusta ese martilleo en la madrugada que moldea la hojalata de las palabras para conseguir leves chispas de belleza y que algunos llaman poesía.

AREVALISMOS

La poesía es el vértice del pensamiento.

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El silencio forma parte de la obra.

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El lado oscuro de la sociedad es atrayente.

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El arte es mi mejor sostén espiritual.

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Los escritores mantenemos permanentemente combates asimétricos con los componentes tecnológicos y con los recuerdos.

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La narrativa es un acto de flojera, de ociosidad, un simple ejercicio para los dedos.

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Escribir poesía es un acto de seriedad, de reflexión, hasta de locura, es fundamentalmente un acto creativo, es un acto subversivo.

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A mí me preocupa fundamentalmente el deterioro del idioma porque eso genera pereza mental y eso te evita la aventura de pensar y cuando eso ocurre ¿cómo nos diferenciamos de los animales?

 


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