
SAMURÁIS DEL CAPITALISMO
Carlos YUSTI
Siempre hago malabares para llegar a fin de mes. Con el dinero suficiente para pagar las cuentas la vida no es sencilla, pero tiene un grato dulzor de libertad sin arancel. Perdido en estas reflexiones que ni al pobre Friedrich Nietzsche leo por Internet el suicidio de algunos empresarios que de repente han llegado a mi estrecha situación financiera.
Esto del suicidio enseguida me lleva a los samuráis. El término samurai significa guardián o aquél que sirve, y fue el nombre que recibieron los guerreros del antiguo Japón feudal que existieron desde mediados del siglo X hasta la era Meiji en el siglo XIX. (después dicen que el Internet no sirve para nada).
El suicidio posee en el Japón una connotación bastante distinta que en occidente y está más íntimamente conectado con la heroicidad que con un hecho trágico. Realizarse el Hara-kiri era una manera de darle heroicidad al fracaso. Además la honestidad en el obrar lo es todo y un aparte del credo samurai dice: No tengo poder divino. Yo hago de la honestidad mi poder divino.
La vida como creación divina no vale nada cuando de cifras altas se trata. El caso de Adolf Merckle, de 74 años, es apenas uno de una extensa cadena. Merckle había firmados acuerdos con algunos bancos para obtener la suma de 400 millones de euros. La crisis financiera hizo estragos y Merckle de pronto estuvo enduadado. Debía la bicoca de 16.000 millones de euros.
Para el año 2008 la fortuna de Merckle rondaba los 10.000 millones de euros. Su empresa más importante era la farmacéutica Ratiopharm, especializada en la producción de medicamentos genéricos. La crisis lo empujó a venderla y a ceder el control total de la empresa.
Merckle ya con la idea del suicidio le dijo a su esposa que iba a la oficina. Caminó casi tres kilómetros y enfiló hacia la vía del tren lanzándose al paso del Regional Express. Así Thierry de la Villehuchet gestor de fondos en Nueva York se cortó las venas. Steven Good Presidente de Seldon Gook & Co, una de las inmobiliarias más importantes de EEUU se suicidó de un disparo. Eric Von der Porten cabeza de la gestora de fondos estadounidense Leeward Investments, se quitó la vida en su casa de San Francisco. Paulo Sergio Silva Corredor de bolsa del banco brasileño Itaú se disparó en el tórax. Khartik Rajaram Inversionista independiente, se hundió cuando la bolsa lo llevó a la quiebra y acabó suicidándose el 8 de octubre en su casa de un elegante barrio de Los Angeles.Antes había matado a su esposa, sus tres hijos y su suegra. Kirk Stephenson Saltó al metro de Londres a finales de septiembre. La compañía de inversiones para la que trabajaba como director de operaciones, Oliviant, se había visto afectada por la quiebra de Lehman Brothers. Barry Fox Analista de la firma estadounidense Bearn Stearns, se suicidó arrojándose del balcón de su piso en la planta 29. Edwin Rachleff. Corredor de bolsa estadounidense, el 28 de julio uno de sus principales clientes, la New London Security Federal Credit Union, fue declarado insolvente. Ese día saltó al vacío desde el piso onceavo. Scott Coles Presidente de la entidad crediticia Mortgages Incorporated, multimillonario se suicidó tomando un cóctel de fármacos. Recordar a un suicida ilustre como Hemingway es inivitable. En una carta a Scott Fitzgerald, (1929) escribe: “Un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer, Scott.”
No quiero juzgar. Además nadie está exento del suicidio. Lo que parece es que todo estos gestos extremos hay algo de honorabilidad, algo de honestidad tan extraviada estos días.
Hay una novela de Jean de la Ville de Mirmont Los domingos de Jean Dézert, publicada en 1914, que trata de un joven burócrata de oficina que tiene los domingos su burbuja de escape. Su entusiamo es tal por los domingos que uno comprende con más facilidad lo escrito por Cioran: “Si las veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad emancipada del sudor, libre del peso de la primera maldición? La experiencia valdría la pena. Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de la inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalarían un canibalismo estragado y una tristeza de hiena; los patíbulos y los verdugos languidecerían; las iglesias y los burdeles estallarían de suspiros. El universo transformado en tarde de domingo... es la definición del hastío y el fin del universo...” Lo de la novela de Mirmont viene a cuento por una frase: "Cuando Jean Dézert resolvió suicidarse, escogió un domingo a fin de no faltar a la oficina".
La realidad a veces te sorprende. La locura se ha instalado en nuestra vidas como un huésped que intenta pasar desapercibido, pero que a larga termina con tropezar con algún objeto causando el caos y llamando la atención. En la literatura está escondida un poco de cordura aunque los escritores también se suiciden y es que a veces las deudas del espíritu se hacen poéticamente insoportables.
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