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Braulio Salazar, la persistencia de la nostalgia

Braulio Salazar, la persistencia de la nostalgia

Carlos Ochoa

La propuesta plástica que desarrolló Braulio Salazar es compleja, representa el esfuerzo de un hombre que, para decirlo recordando al poeta Eugenio Montejo, construyó titánicamente su propio

alfabeto del mundo. Esta circunstancia, la de surgir en un medio sin centros de enseñanza artística, pero tampoco distante de ellos, nos conduce a explicar los orígenes y la genialidad precoz a partir de la leyenda. Es un hecho que existe una tradición en ello. Fue el historiador de artistas Giorgio Vasari el primero, ya sabemos que para que una leyenda sea considerada como tal, debe haber una base de verdad. Vasari al no encontrar datos históricos de Giotto, recurrió a un relato pastoril en donde Cimabue de paseo por el campo se asombra de la destreza de un niño pastor de ovejas, quien tiene gran habilidad para dibujar sobre una piedra plana perfiles de estos animales. Generalmente todo artista que no surge de las aulas de una academia tiene por necesidad un origen legendario. En Venezuela, destacados artistas plásticos de la generación de Braulio, incluidos los egresados de talleres y academias, les agrada pensar que su origen o sus logros, se acomodan mejor a la leyenda. Las explicaciones de Soto y Alejandro Otero de cómo el imponente paisaje del Orinoco los inspiraron, están registradas.


La importancia de la leyenda en la propuesta de Salazar es que ésta construye una persistencia de la nostalgia. Para Braulio Salazar la nostalgia se produce por la necesidad de conservar un lenguaje que da nombre a lugares, oficios y personajes. En el extraordinario texto que escribió Juan Calzadilla para el libro del maestro, refiriéndose a la relación de Braulio con Valencia nos aclara el vínculo: “Ciertamente, el paisaje, la atmósfera y la luz de Valencia y sus alrededores persisten en su pintura, no sólo como obligado marco de sus visiones, sino como territoriedad física, palpable”. Esta terredad (de nuevo Montejo), para que pueda ser auténtica, tiene primero que ser considerada un coto espiritual, una región sagrada. Para ello se debe pertenecer a un linaje, una tradición, una sociedad, un colectivo. La importancia histórica de Valencia está suficientemente registrada y defendida. Valencia no es una urbe aislada, es en un sentido amplio una región que tiene fronteras con el azul intenso y variado del Caribe, las montañas de los nivares, las planicies cojedeñas y la cuenca del lago de Valencia. Estos linderos fueron con propiedad, los alrededores que señala Calzadilla. Muestra de ello son las marinas que realizó en su juventud, cuando el mar era una presencia paternal, también están los hermosos lienzos bejumeros, por darles una denominación toponímica a esas obras, y la grandeza épica de los retratos de héroes nacidos en las llanuras inmensas de Cojedes, que podemos admirar por vez primera en Valencia en esta exposición.

Se puede repetir con propiedad la frase de Publio Terencio escrita hace más de dos mil años, nada humano le fue ajeno, cuando apreciamos en perspectiva la obra de Braulio Salazar. Esta humanidad en el creador valenciano hay que entenderla no sólo desde la creación artística, sino también desde el compromiso con el otro, ese otro que para Salazar está definido geográfica y espiritualmente en su ciudad natal: Valencia.

Esta importante muestra que tenemos el privilegio de admirar en los salones embellecidos de la quinta “La Isabela”, auspiciada por la Gobernación del estado Carabobo y la Fundación BBVA Banco Provincial, es una buena oportunidad para ampliar la comprensión del proceso social de Valencia y sus protagonistas. Por ello afirmamos que es importante reconocer a Braulio Salazar dentro de ese proceso, como el único ícono cultural de Valencia hasta ahora, si interpretamos que las expresiones de reconocimiento y la conexión emocional que mantiene su legado, están en alza y se incrementan con el tiempo.

Convertirse en personaje icónico en el campo de las artes requiere de una fidelidad a una tradición, un testimonio apasionado de vida y de un impulso creativo dirigido hacia nuevas formas o nuevas búsquedas. Sin esa secuencia no hay grandes obras ni grandes figuras. Son pocos los que alcanzan la hazaña de enriquecer la historia del arte del mundo, de su nación, de su ciudad. Particularmente la obra de Braulio Salazar, inmersa en el gran proceso de mestizaje cultural, le ha aportado a las artes plásticas, una presencia y originalidad que le es reconocida internacionalmente.

La idea de que no es posible desarrollar una obra con reconocimiento fuera de la capital es un mito que debe ser descartado. El proceso de modernidad venezolano, iniciado tardíamente, ofreció a las regiones más importantes la oportunidad de insertarse en el mundo sin desprenderse del terruño. Caracas obviamente y luego Valencia y Maracaibo, despertaron en la década de los 40, con un ímpetu urbanístico y artístico. En el caso de Carabobo, el liderazgo político y el liderazgo cultural concretaron iniciativas institucionales como la creación de la Escuela de Artes Plásticas “Arturo Michelena” en Valencia.

La creación de la escuela de arte de Valencia no sólo significó el fin de los orígenes legendarios de los artistas de la región, también y de manera trascendente abrió las puertas, para el estudio de los clásicos y del arte contemporáneo, con una visión moderna a muchos talentos. La lista es larga, pero para que nadie se sienta ofendido por omisión, voy a nombrar a uno solo de los alumnos del maestro Salazar: Wladimir Zabaleta. Son muchas las veces que el maestro Zabaleta se ha referido con orgullo a su etapa de formación en la escuela de arte de Valencia, con todo el recorrido que tuvo oportunidad de hacer por las capitales del mundo artístico, nunca olvidó Wladimir que lo que hizo posible su realización como artista plástico, fueron sus años como estudiante de la “Arturo Michelena”.

Si como se ha dicho, sin mala intención pero con poco tino, Braulio debió radicarse en Caracas para alcanzar un mayor reconocimiento, sin duda, la historia que contaríamos del artista sería otra, entraríamos en el campo de la interpretación de los universos paralelos y no de la realidad. Lo que es un hecho en la biografía de una persona no se puede someter a consideraciones especulativas. Braulio Salazar fue fiel a la tradición de su región construyendo sueños, haciéndolos posibles, respondiéndole a su ciudad con la pasión desbordante que acompañó todos los actos de su vida, abriendo caminos en medio de una modernidad que lo llevó con propiedad, a compenetrarse con las corrientes más influyentes de su tiempo, las mismas que le dieron rasgos definitivos a su trabajo pictórico.

Desde su primera exposición en 1935, y un poco antes, la obra de Braulio Salazar puede ser catalogada y estudiada.

Las diversas etapas han sido definidas por Calzadilla y por el propio artista, pero no existe periodización exacta, existen cambios temáticos que determinan a la vez cambios de técnicas. Es posible que podamos hablar de versiones de un mismo tema, recuperado por el artista y realizado con las modificaciones que en el momento exige la corriente plástica que está desarrollando. Esto se hace evidente en el retrato. Los personajes de la intimidad familiar, los autorretratos y la iconografía de los amigos, son tratados con una atmósfera particularmente contrastada y sombría, a excepción del retrato de la esposa de 1946, que posee una luminosidad y un colorido orientado a destacar la mirada profunda y hermosa del personaje.

Los retratos y los autorretratos son tratados de manera delicada pero con trazos fuertes, reteniendo la belleza interior de los seres. Se trata de hacer de la experiencia visual de contemplar el personaje, una experiencia visual de segundo orden, en donde el afecto es la fuerza motriz, o más bien causa en sí misma. Los personajes de los retratos son amigos, compañeros o personas estimadas por el artista, y por ello fluye una energía en doble sentido que podemos llamar amor por el mundo, que en definitiva es amor por lo bello creado por Dios.

Braulio en el Michelena

Las obras premiadas del maestro en el Salón “Arturo Michelena” del Ateneo de Valencia, pueden dar testimonio de la evolución de su trabajo. Salazar participó en la primera edición del Salón, obteniendo el segundo premio del certamen y luego obtuvo el premio Michelena en varias ocasiones. En 1948 con “Manantial”, una obra de su etapa figurativa social con marcada influencia mexicana. En 1956 repite con “Constructor de sueños”, también de influencia mexicana, y finalmente en 1963 obtiene por última vez el premio Michelena con “Recogedoras de Chamizas”.

La concepción nostálgica de la vida insertada en una visión cósmica del ser, se inscribe dentro de un estado de ánimo, que explica la atmósfera del paisaje erosionado que emerge de la materia plástica. El creador realiza un inventario de su búsqueda y decide enfrentar la esencia telúrica, decantando el color hasta la transparencia. La liberación de los espacios abiertos a un lirismo cromático, crea una fosforescencia peculiar que se destaca con el tratamiento completamente libre de la línea, propiciando un lenguaje donde domina cierto fervor por una poética, que está más allá del respirar profundo de los seres que son espiritualizados con la exactitud de la pincelada.

Braulio Salazar nunca dejó de soñar con lo posible, y por ello fue que lo que construyó, perdura. Lo trascendente es que no soñó solo, siempre entendió que lo mejor de la vida es compartir los sueños. En el viaje sembró poesía y afecto en la gente sencilla, quizá porque estaba claro que de ellos y para ellos es su obra.

Esta exposición, a la vez que es una selección estudiada de la trayectoria del pintor, es un campo abierto a la conjetura. Mucho tenemos que explicar de la obra de Braulio Salazar que todavía es joven a la crítica. Ya desprendido de la nitidez de la vida, nos queda el ícono interrogando nuestro espíritu, con sus personajes, sus paisajes y su río.

Fuente: Diario El Carabobeño, página Arte y espectáculos de Alfredo Fermín.

CARLOS OCHOA, Nació en Caracas, Distrito Capital, Venezuela, en 1954. Poeta, artista plástico y crítico de arte. Es Licenciado en Educación por la Universidad de Carabobo. Fue Director de Cultura de la Universidad de Carabobo. Se desempeña como docente en la Escuela de Artes Plásticas “Arturo Michelena” de Valencia. Ha publicado: Flor de agua (1976), Hurakane (1986) y Apuntes de la costa (1999). Pertenece a la Comisión Rectoral del 6to Encuentro Internacional POESIA Universidad de Carabobo, Venezuela 2007.

 


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