¿Para qué sirve un intelectual? Luis Cedeño “Estoy en la suprema ociosidad de hacer creer al mundo que estoy pensando”
ANTESALA “¿Quieres el corte intelectual?” me preguntó, tijera en mano. Pregunté: ¿existe? “¡Claro, mi amor!, el de César, el Emperador” Entonces, házmelo, dije. ANTESALA DOS Llevé un amigo a casa de Luna. Luna, bajo la mata de mango. Le llegué y presenté al amigo. Mando buscar, Luna, con una mujer dos sillas. Y echó esta pregunta hacia mí. “Escúcheme, Luis: ¿Qué hace el amigo?” Escribe, dije. “¡Ah! Es intelectual” “Si”, dijo el amigo. Luna cruzó la pierna sobre la otra, y sin camorra, preguntó: “¿Y de quien vive?” RESPUESTA Sin el “sentimiento de gravedad” que sintió Jiménez Emán ni el tradicional tira y encoje (“un intelectual sirve a veces para nada y a veces para mucho”) de Joaquín Marta Sosa, cuando les tocó responder la pregunta, respondo yo: un intelectual sirve para cocinar espacialísimos platos entre amigos. Se dijo, que Gramsci dijo: “un intelectual es un pensador orgánico e inorgánico, capaces de hacer crítica permanente del poder, o de no hacerla” El intelectual que yo agarré (pen}sabor y gastronómico) es de los que están comprometidos con el paladar y la vanidad gustativa, no pertenece a las categorías expuestas por Gramsci. Pero sus críticas las hace desde un poder en contra de los subyugados. Resultado: intelectual reaccionario. Estos, para la familia, sólo fríen, y un buen tiempo del tiempo que permanecen en la casa, después de seis horas en la escritura o en la reflexión, acuñados entre libros, lo dedican a descalificar técnicas de corte, mezclajes y sazones de quienes por rutina obligatoria preparan comida, para aplacar hambre de comensales parlanchines, cómodamente sentados en una butaca o en nostálgicos taburetes heredados. Pero por sobre todas las cosas, son exactos en dejar sexualmente insatisfecha a sus mujeres. Y como de la abundancia de conocimiento habla la boca, los tipos le dan duro y tendido al verbo para seducir, así luego no den la talla. Se le reconocen excelentes servicios, para que otros impongan congresos, y ellos (los intelectuales que agarré yo) vengan al auditorio a lucirse exponiendo sus “catástrofes” y a mandar a callar cuando no lo escuchen, a decir: “Señores de la tercera hilera de sillas, por favor no se duerman”. Se admite la presencia, manque sea de uno de ellos, donde hay gente trabajando al calor de los hornos, de los asfaltos calientes, para que con sus teorías hagan reír a los sabios obreros. Sirven para ver. Se parecen a los intelectuales los intelectuales. Acusan de terroristas a las camionetas de pasajeros. Descubren mediocridades del mundo y se piensan salvados de la ridiculez que nos envuelve. Piensan un hombre sin conexión con la mierda, con el hacer anterior: la historia. Salen de noche. Son lentos Sorprende la relación de afecto de los intelectuales con los perros. Ni el más atroz de los ratones les impide sacar al can a cagar la acera del vecino. Esta labor de responder me arroja a la élite, sin saber yo de cocina ni tener poder ni complejo por la timidez ni mil quinientos congresos en el currículo ni ser bufón de obreros, menos hombre noctámbulo. Lento, si; bueno, más bien calmado y con un perro mal encarado, porque tiene un amigo que no lo acompaña a cagar. Me arroja, repito, a la élite de los “intelectuales”, por lo que ya se me incluye entre los que sirven, para que el común de los distraídos se percaten que somos distraídos excepcionales, ocultos entre las masas, misereando un status desde cubículos, oficinas, salones de “clase”, torres de Babel y otras soledades, en cuyos cenáculos todavía quedan migajas, para nosotros, de credibilidad.
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