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Juan Guerrero

No es exagerado afirmar que la anorexia es más una imposición artificial hecha por los modistos que una derivación de procesos psicológicos y desajustes fisiológicos. En la mayoría de los casos los encargados de marcar la moda a escala internacional son unos “desviados” sexuales, resentidos con las mujeres por carecer de los atributos que en aquéllas les sobran.

Leí en una revista las declaraciones de un famoso diseñador, quien indicaba que para él las “niñas” latinoamericanas estaban fuera de las pasarelas internacionales porque sus medidas (90-60-90) eran demasiado exageradas y resultaban vulgares con la estética que se manejaba.

Recuerdo a una modelo llamada Twiggi una de las primeras esqueléticas en descalcificarse frente a las cámaras y quien resultó para esos años un fenómeno por sus escuálidas medidas. De ahí en adelante comenzó la proliferación de esqueletos ambulantes que al paso de los años han desembocado en arquetipos para otras ingenuas seguidoras de modas, con lo cual se instalan en las medidas convenidas, de talla 10 hacia abajo, para ser aceptadas en los grupos sociales donde reinan los maricones satisfechos con tener cerca mujeres que no son para nada competencia frente a los adonis con “ta-lento” que tienen al lado.

Celosos por no poseer los atributos de un busto 40B y unas rítmicas caderas para contornearse al caminar, los modistos se reúnen cada fin de año en Milán, Londres, París o Nueva York, y, entre críticas a las actrices de Hollywood y chismes al Mis Universo, van decidiendo cuál será el color favorito del próximo año, el tipo de pantalón que se llevará, el tamaño del tacón a usar hasta llegar a la ropa interior y los famosos trajes de baño.

Qué hombre no se sorprende cuando ve a una mujer caminando con una falda corta y en unos tacones de medida 10, mientras sus “lolas” bailan la danza del deseo y su picardía delata el movimiento de unas caderas que casi se sueltan de la cintura. Ese “jamaqueo” es lo que enfurece a los “alegres” modistos y sus acólitos en el mundo. No quieren dejar que las mujeres muestren sus senos, sus nalgas, sus muslos y hasta su esplendorosa fruta del deseo, que se aprecia todita rasuradita entre las sombras de una rosada pantaleta de seda.

A las mises las alimentan con media lata de atún para que no engorden demasiado y medio litro de agua al día para que retenga los fluidos lo más que pueda y se le inflen, a modo de globo artificial, su ya desequilibrada musculatura que paulatinamente se va “engüesando” hasta que van apareciendo en su espalda, en el pecho y en la frente, los síntomas inequívocos de la anorexia. Esa aversión a la comida y la modelación de una mujer enfermiza y endeble, está siendo monitoreada desde las oficinas de las trasnacionales de la moda para afirmar la preeminencia de los maricones modistos y los productores de ropa. Estos últimos disfrutan y ganan porque producen en serie las tallas mínimas con lo cual invierten menos y colocan las prendas a precios exorbitantes.

He visto en los centros comerciales a mujeres de 30, 35, 48 y más de 50 años, buenazas en sus carnes, quienes se quejan por no encontrar tallas a su medida. Y no se diga que están gordas. Poseen las caídas normales para su edad, sus pechos aún no han perdido la batalla contra la gravedad. Tienen tremendo culo y unas caderas que denotan la experiencia en las guerras del amor. Pero no hay prendas de vestir a la moda para sus tallas.

Es que desde los centros donde se “piensa la moda” no existen modelos que se parezcan a la mujer latinoamericana. No existe un buen pantalón para una cintura 60 y que al mismo tiempo calce en unas caderas 90 o más. Tampoco hay una blusa para una talla de senos 95. La solución viene gradualmente en las cientos de miles de mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, que se dejaron de vainas y se mandaron a colocar un poco de silicón en sus mamas, para pasar por sobre las medidas e imponer su poder, aunque sea de plástico.

Me uno al grupo de hombres que día a día nos alegramos al ver a las mujeres de más de 40 años caminando por las calles mostrando sus atributos naturales o también con silicón, o botox. No les importa en absoluto lo que digan cuando se ponen tremendos “faros” 42B –hasta parece un código nuclear- alumbrando a cuanto hombre y mujer pasan a su lado. Me gusta eso de ver mujeres mayores de 40 años con el cabello pintado de rojo intenso. Con las uñas en gel superlargas y dibujadas con alegres diseños. Me da nota ver mujeres mayores de 50 años con faldas cortas mostrando unos súper muslos más carnosos y apetecibles que “lomito de primera”. Apártense es la consigna cuando ellas pasan por los pasillos de los centros comerciales. Desenvueltas y en sus femeninas carnes no dan respiro a sus enloquecidos movimientos de sus caderas. Hay que verlas cuando visitan las tiendas de vestir, los supermercados, los consultorios médicos, y sobre manera, cuando están preparándose para meterse al mar. Son las sirenas venezolanas que desde cualquier ángulo afirman lo que son y con orgullo muestran los atributos que la naturaleza y algún dios les otorgó para que fueran felices.

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Actualizado ( Martes, 02 de Diciembre de 2008 13:52 )  


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