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Sentado en el café Gijón

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Carlos Yusti

"Sentado en el café Gijón con un puño en la mandíbula, veía pasar la tarde por el ventanal y de pronto llevado por el tedio me puse a pensar en Ítaca. Imaginaba la isla de Ulises ... " Así comienza una crónica excelente del escritor español Manuel Vicent. Yo no tenía el puño (demasiado literaturesco) apoyado en la mandíbula y no miraba a través de las ventanas del café Gijón, había decidido con la Currunca sentarme afuera

y respirar el aire de un Madrid algo bovino para mi gusto. Tampoco pensé en Itaca, sino en lo caro que me saldría tomarme un con leche (o cortado como le dicen los españoles) en ese mítico café ubicado por el paseo de Recoletos.

La Currunca (Ana María) y yo trazábamos el itinerario de visitas a los museos y de nuestros paseos por algunas librerías. Esto de visitar al Gijón fue uno de mis caprichos, insistí tanto que a la Currunca no le quedó de otra que complacerme. Caminamos bastante desde el hotel donde estabamos alojábamos, pero la caminata nos servía de alguna manera para empaparnos de las calles y avenidas de un Madrid a la que le hacían remodelaciones y maquillaban.

gijoncurrunca

La currunca

A la Currunca y a mí nos agrada sentarnos en algún café, comernos un aperitivo dulce y ver como pasan amigos y conocidos. Y en verdad sentado en un café uno percibe que la vida alrededor no sucede, sólo pasa, va o viene o se está quieta en otra mesa.

En el Gijón yo estaba atento a ver si veía algún escritor español y aunque estuve casi dos horas viendo pasar la vida madrileña ni rastro de algún escritor. Todo esto me llevó a decirle a la Currunca: “Un café literario es lo menos literario que hay”. “A los sitios los hacen las personan que los visitan, al igual que el estilo a los escritores”, me dijo la Currunca hojeando el País. Quizá tenía razón.

En la ciudad de Valencia algunos poetas y escritores (e incluso muchos pintores) se atrincheraban en el Perecito, hoy demolido por la ampliación a tres canales de la Avenida Bolívar. Un sitio cuya historia de larga data no pudo resistir el sunami del crecimiento urbano. En el Perecito podías degustar las mejores arepas de chancho, aparte de ver a muchos escritores como Reynaldo Pérez Só, Eugenio Montejo, José Joaquín Burgos, Orlando Chirinos, Teofilo Tortelero Alejandro Oliveros, o pintores como Braulio Salazar, Marcos Cupido, Quintín Hernández y un largo etcétera, enfrascados en acaloradas discusiones o reescribiendo el país desde una tertulia sin tregua y con pasión.

Hoy muchos escritores, de las nuevas generaciones, han buscado refugio en el bar La Guairita. He estado en el sitio un par de veces. Yo he envejecido mal, pero la Guairita ha entrampado la penumbra del resuello en sus paredes, ha disecado el tiempo en la piel de su piso y en el aire lento de su atmósfera. La vida burbujea en sus mesas como un rumor, como un oleaje de palabras edificando utopías, castillos en el aire mientras viene la otra ronda como un barco ebrio flotando entre las sillas y los manteles a cuadro.

Muchos escritores se convierten en reos de bares y cafés, son personajes tatuados en el sitio. En esos bares de Sabana Grande, que conformaron el legendario Triángulo de las Bermudas, muchos novelistas y poetas no sólo le dieron categoría a esos sitios, sino que los convirtieron en lugares de peregrinaje obligado para que la gente viera a los creadores literario en su ambiente natural y además haciendo lo mejor que sabían hacer: beber/vivir mucha literatura. En los bares, o en cualquier roñoso café, se gestaron revistas y proyectos literarios o culturales de cualquier naturaleza. También las roscas literarias aceitaron/y aceitan, con güisqui o cerveza, sus atildados engranajes. Los burócratas Kafkaianos de la cultura también se dan su vuelta por el bar para emborrachar su envidia de escritores frustrados y que han terminado al final sólo para tipear memorandos e informes de gestión.

De nuevo en el Café Gijón le comento a la Currunca que un escritor al que admiro, de malas maneras como Umbral, escribió “La noche que llegué al café Gijón”. Un libro que es una radiografía de aprendizaje e ironía sobre ese mundo literario pastando en la mesa del café y la inmortalidad. Umbral escribe: «Yo creo que estaban todos allí desde el año cuarenta. Nada más terminar la guerra, se habían sentado cada uno en su silla o en el diván del café como ocupando un sitio que tenían reservado en los venideros olimpos literarios del hambre y los periódicos, y estaban horas y horas en torno a una jarra de agua mareada y triste, fotografiados por todos los espejos en una inmortalidad equívoca y feliz, pobretona y de buena fe».

Al marcharnos del Gijón me sentí aliviado y entonces también pensé en Ítaca, pero no la homérica sino la del poeta Konstantínos Cavafy: «Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí, he aquí tu destino./Mas no hagas con prisas tu camino;/mejor será que dure muchos. años,/y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,/ rico de cuanto habrás ganado en el camino./No has de esperar que Ítaca te enriquezca:/Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje». Después lo comprendí: No estuve en el Café Gijón, sino en esa metáfora irrepetible llamada Ítaca.

Actualizado ( Jueves, 21 de Abril de 2011 07:32 )  
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