Ojo Urbano y un poema
Milagro Haack
Fotografías: Carherine Haack

Últimamente me he topado con lecturas que me traen al presente el tema de la ciudad vista desde un rasgo vivencial, haciéndome recorrer las calles de mi ciudad donde encuentro un parentesco, una similitud duplicada.
Valencia como ciudad ha perdido mucho, esto es mi visión, quizás para otros no sea esa ciudad donde lo agresivo está elevándose muy rápido dejando un destello de ese verdor que aún se puede vislumbrar desde esta ventana, porque más allá, lo improvisto es como si jamás nada importase. Digo los habitantes de un espacio, trabajadores, estudiantes entre otros que cada día son los transeúntes de un extremo al otro, miran –pienso- el decaimiento de vivir en una explosión en crecimiento sin un control urbanístico. Todo es parte de la cultura, la ciudad debe ser un centro de seguridad para los sitios que aún susciten (por lo menos en mi terruño), eso no existe, está en el subsuelo de la memoria y desde allí se puede transitar por los parques que aún están encarcelados, no hay lugar para darse un gusto de visitar algún sitio histórico ya que esa conciencia tampoco existe, digo la de perseverar con el mantenimiento necesario para que los ciudadanos tengan alternativas y no su casa por recreación.
Reconozco, el decaimiento, la falta del ciudadano acostumbrado a vivir entre los escombros no merecidos por falta de algo no revelado aún. La vida es vida mientras respiramos no obstante, la pregunta es qué hacer cuando los sistemas fallan, cuando llegamos a un punto de ser monosílabos gestuales en vez de dar los buenos días, por ejemplo, cambiar las letras para escribir algo, como “ksa” en vez de casa. Me pregunto es qué nunca hemos tenido conciencia cultural hacia el entorno, conservacionista de la vida o sólo miramos lo interno inmediato. El lenguaje, no se escapa siendo la parte medular del intercambio con y como patrimonio nacional. Creo en las etapas superadas, creo en la supervivencia ecológica, y en muchos escritos aparece la rosa, el pájaro, la mariposa y si entramos en la ausencia de las chicharras ya acercándose semana santa, como también las luciérnagas las grandes ausentes de la noche, de la noche en un texto pasando a ser un símbolo lúgubre mitológico para algunos.
Escribir actualmente, es algo serio, y muy serio como la vida urbana. Por ello, asomo un texto de Stephen Spender, de su libro bilingüe Ausencia presente y otros poemas, dándome alguna vecindad con la actualidad nuestra que podría ser la metamorfosis de un pequeñísimo reflejo al salir a la avenida Universidad, estar como detenida en ese otro tiempo:
Al caminar entre el gentío silencioso
-plantados tras cigarrillos apáticos
estos hombres que haraganean en la calle-
Pasan el rato en una esquina
y saludan a amigos encogiéndose los hombros
y vuelven del revés los bolsillos vacíos,
los ademanes cínicos del pobre.
Ahora no tienen trabajo, como hombres mejores
que se sientan a mesas y cobran un buen sueldo,
duermen largas noches y se levantan a las diez
para ver las horas que se escurren.
Escrutan con los ojos tan hambrientos
que tengo celos de sus tristes horas.
Me obsesionan esas imágenes,
me obsesiona su desolación.





