
Elinor Herrera
Elinor es profesora. Sus textos se han publicado en la Revista Fauna Urbana y en el periódico cultural del Centro de Formación Permanente en Villa Asia. Conduce, conjuntamente con Dilia Discipio, el programa Radial "Encuentros".
Columnistas
MALUCO
De eso hace 15 años. Y hoy te cuento esto porque Maluco acaba de morir de un infarto y hay fiesta en el pueblo a las 3 de la tarde que es la hora del entierro. Abuelo, ¿murió sin sentir nada? Dicen que dormido en el chinchorro después de hartarse un plato de mondongo y metérsele en el cuarto a una mujer que se había traído para su casa, hace pocos días. Una muerte generosa para quien ha sido tan malo. No juegue abue, ese señor debe estar comiendo carne asada en el infierno como se lo merece. Es posible mijo, es posible…
Nadie tenía la completa certeza de saber cómo Gumercindo Patiño había llegado al pueblo Viento Fresco, ubicado entre el Alto de San Juan y Punta de Mata, Estado Monagas. Algunos decían que era hijo de un capataz que había llegado junto con una mestiza a trabajar a la hacienda de uno de los hombres más ricos de la región, y al cabo de un tiempo éste había heredado las tierras luego de la misteriosa muerte del dueño a las orillas del riachuelo que atravesaba el campo. Otros en cambio, contaban que llegó una noche de luna llena, con apenas 4 años, montado en un caballo negro como el azabache y la esposa de un hacendado lo había adoptado por no poseer descendencia. Son muchas las historias que ha generado este hombre en la región y nadie se preocupaba ya en averiguar la verdad.
Era un domingo soleado y el viento refrescaba las calles. Se sentía un ambiente diferente en el pueblo. Rafael Gómez, un hombre con la piel curtida por el sol y de facciones amigables, estaba sentado en un banco de la placita del pueblo y a su lado, un jovencito que representaba tener 10 años por su estatura pero en verdad tenía 15. Abuelo, ¿tú trabajaste con Maluco? No mijo, Dios siempre me protegió de ese bicho. Siempre me fue bien sembrando yucas y haciendo casabe. Con eso, levanté a la familia y le di educación a tus dos tíos. Tu madre fue la única que se quedó bruta.
Ahora déjame seguir contándote todo lo que se decía de ese engendro en esta región. Algunos no se atrevían ni a mirarlo a los ojos, otros sólo mascullaban entre dientes para no ser escuchados “vino del mismísimo infierno” “cuándo será qué se lo lleve el diablo” “ese hombre y su caballo son una maldición interminable” “Tan chiquito y tan jodedor”
Gordito y retaco era su apariencia, y a pesar de sus 70 y tantos años, demostraba una agilidad como pocos al montar su caballo negro. El mismo en que llegó un día, decía la anciana curandera del pueblo cuando lo veía pasearse por las calles del pueblo. Su frente con el ceño fruncido y el cabello corto pintado de negro, con retiro por el costado derecho, le daba aspecto de hombre que se las sabe todas más una y se cree fuerte y apoyado. Siempre rodeado de tres hombres altos y fuertes que obedecían sus órdenes. El sombrero era su único acompañante y muchas veces se le escuchó decir que era el único amigo que tenía. Se lo quitaba sólo para dormir y a veces hasta se quedaba dormido con él. Las botas cubanas mostraban el aumento de 10 centímetros en el tacón para disimular la pequeñez de estatura y el caminar saltadito mostraba claramente su gran complejo. Usaba los pantalones debajo de la barriga sujetos con una correa de cuero que tenía una hebilla con el dibujo a relieve de un toro. Las camisas mangas largas a cuadros siempre lucían recién planchadas y las usaba abotonadas en las muñecas. Pa´ que el sol no tueste mi linda piel, decía siempre con burla.
No había domingo en aquella hacienda que la ingesta de carne, en todas sus variantes, no estuviera presente, pero la que más degustada eran las costillas asadas. Podía comerse hasta 2 kilos sin remordimientos, luego se echaba en el chinchoro, que tenía guindado en dos grandes arboles de tamarindo al frente de la casona, a escarbarse los dientes. Y eso que descansar bajo la sombra de ese árbol hincha la cabeza y a Gumercindo no le cae ni coquito, se asombraban todos. Allí se le escuchaba roncar, eructar y echarse sus grandes gases. Los perros cercanos corrían despavoridos cuando el olor putrefacto invadía el ambiente. ¡Fo cará! es un muerto en vida, opinaba Matilde, la única cocinera que le había servido por años, tapándose la nariz.
No había fin de semana que no se celebrara algo, desde la muerte de algún campesino hasta los cumpleaños de su única hija, Rosilda. La muchacha era tan fea como el padre que hubo que comprarle un marido. Se armaban grandes comilonas con la excusa de cualquier fecha para celebrar con parrilladas y “güisqui” mayor de edad, como solía llamar al de 18 años. “Al que me sirva un qüisqui adolescente le quiebro una pata y le cambio el nombre”. Todos por temor le reían las ocurrencias.
Sus tierras ocupaban casi el 80% del terreno productivo de la zona. Había ido despojando y apoderándose por las malas de todo lo que le daba la gana. Las otras estaban en el completo abandono, pues casi todos eran obligados a trabajar para Gumercindo. ¡Ay de quien no lo hiciera! Le esperaba la desgracia.
Todos le temían y le obedecían. Cierto día se le desapareció un becerro e inmediatamente dio la orden “búsquenme al hijo de Hurtado que me robó un ganado anoche y lo quiero aquí ya” Los que fungían como guardespaldas le trajeron al hombre y se lo lanzaron a las piernas. “carajo éste no es, no se dieron cuenta que es mi gran amigo Luis, el hermano fue el que me robó, suelten a este infeliz”.
La celebración de los 15 años de la hija se comentó por años. Llegó un grupo llanero traído desde el estado Guárico para amenizar la fiesta, mientras todos tomaban y comían como bestias, Gumersindo no dejaba de rezongar “ a buena vaina este conjuntico, los contraté pa` cantar y tienen media hora en una sola pendejá, que si aló, aló, aló, sonido, sonido, 1,2,3, ya me tienen cansao con lo mismo” Se dirigió a la tarima improvisada y les gritó “ a ver si comienzan en 15 minutos porque estoy cansao de la afinadera esa” Se dio media vuelta y pidió su “gûisqui”.
Pasado los minutos, lo vieron encaminarse hacia la tarima y sacar una pistola “ustedes son sordos o ¿no escuchan?, se los advertí así que ya no me interesa que toquen” y comenzó a dispararles a los pies, los músicos corrieron despavoridos dejando los instrumentos tirados por cualquier parte. Eso es para que vean que a mi se me respeta. Ahora que siga la fiesta, ordenó.
En otra oportunidad, estando en una fiesta, llegó un campesino que era el único que no le mostraba miedo. Al verlo se le fue acercando y le dijo “ no hay espacio aquí pa`nosotros dos, así que se me va iendo” El otro, sin inmutarse le replicó ¿por qué? Ni que fueras el dueño del mundo. A mi me invitaron y me quedo, si te molesto vete tú. Maluco sacó su pistola y apuntándole al pecho le dijo “que te vayas si no te abro un agujero aquí mismo” Por qué carajo tengo que salir yo, no seas tu tan pendejo, viejo desgraciado, violador. No hay muchacha en este pueblo que no te maldiga por maluco, ¿Maluco yo? No te imaginas como gozan las condenadas cuando me las llevo pal monte. Si, junto con la ayuda de tus esbirros, enano maligno.
Había pronunciado la palabra que lo sacaba de quicio. Se hizo el silencio. Todos estaban esperando la muerte del osado. Caramba me salió gallo el pataruco, te voy a decí una vaina, por ser tan contestón y por no tener miedo te perdono la vida. Lo abrazó y le dijo, en un rato vamos pa'tu casa que me dijeron que tienes una hija bien bonita.





