
Juan Guerrero
(Maracaibo,1954). Licenciado en Letras. Universidad Central de Venezuela. 1978. Asistente de la Cátedra de Literatura venezolana. Cursos de postgrado sobre Lengua y Literatura italianas. Universidad Italiana para Extranjeros, Perugia. 1999. Candidato a doctor en Filología Hispánica. Universidad de Oviedo-España.
Columnistas
El cuerpo y la maternidad como mitos
Porque es allí, en el cuerpo, donde la estructura arquetípica
que sostiene esta visión de la mujer, se hace más evidente. Allí
en la profundidad abismal de la corporeidad humana y en su
naturaleza instintiva y apasionada.
James Hillman.
Desde allí, desde esa “profundidad abismal” surgen los textos de María Auxiliadora Álvarez. Su libro Cuerpo (Fundarte, 1985) refleja un cuerpo lacerado: esa soledad que se experimenta después del parto. Y es también esa enfermedad del alma reflejada en el cuerpo; ese dolor de haber nacido. Ese útero que abandonamos y que deseamos encontrar en algún lugar: en la casa, en lo histérico.
Uno, que siempre es un niño abandonado, se precipita a la experiencia de la vida a través de un lenguaje incompleto, oral y escrito…restos de lo gestual, olvidando el lenguaje del cuerpo: ese gesto que siempre nos devuelve al origen. Con el lenguaje corporal la estructura lingüística se adecúa a las líneas del cuerpo: a los muslos, al rostro, a la textura de las manos, a lo húmedo. Es allí donde el lenguaje está referido al golpe dado por el cuerpo al ir saliendo del útero, a su dolor. Esa historia que se inicia y que a su vez borra sus huellas.
Nada más hermoso que despojar al lenguaje de su ornamentación y dejar sólo su estructura; ese esqueleto corporal. Ese animal que viene desde el centro del origen, desde su líquido amniótico. Donde sólo se siente el palpitar constante, lo cálido. Dice Álvarez: …y ella tiene miedo / y quiere hundirse / en el útero de nuevo / en la noche / y la comida / en su cuarto pegajoso / entre mis piernas.
Pero al morir la relación hombre-mito, cesó la relación hombre-cuerpo: dejamos de oírnos, de sentirnos. Entender que vamos tejiendo una muerte, lenta en lo hondo, desde esa maternidad apasionada y terrible, a veces cruel. Ese latido constante del ser. Ya no hay sitio para el misterio, sólo queda esta mortaja que es nuestro cuerpo. Esta heredad pánica.
Ya que nuestra palabra es limitada Deberíamos tener la capacidad de aullar un cuarto de hora al día, cuando menos. El aullido (…) modo de expresión de la sangre, nos subleva, nos fortifica y a veces nos cura (Emil Cioran). La poesía de María Auxiliadora Álvarez es una escritura pánica, instintiva, por tanto capaz de concebir una realidad poética basada en una escritura ahistórica y completamente amoral. La expresión pánica, a pesar de esa larga operación de ir desmembrando el cuerpo y nombrar lo que queda: pezón, ingle, omoplato, sangre, lengua, uña, útero, testículos, siempre permanece en la naturaleza humana. Querer comprenderla con la razón es transformarla en angustia. Por eso el cuerpo, la maternidad que transita en las líneas de este libro tiene manifestaciones de una existencia anterior. Esa nostalgia de tornar al útero; la única seguridad posible.
Si el cuerpo se presenta desmembrado a través de los textos de Álvarez, especie de mirada angustiada en torno de lo que hay en el quirófano, la maternidad se experimenta a partir de un abandono, un vacío corporal reflejado en la mirada vaga. Sólo deslumbra la luz del cuarto, el olor a alcohol, a gasa; la esterilidad del ambiente. Asistimos, a partir de este libro, al inicio de un lenguaje poético referido al cuerpo, por tanto el uso de una escritura sin balbuceos, directa, instintiva y pánica.





