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Los signos de la decadencia

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 Néstor Rojas

(El Tigre, 1961) poeta y escritor venezolano, con más de quince libros publicados, en los géneros poesía, narrativa y ensayo. Actualmente es director de Turismo en la alcaldía de Heres. Comparte sus días entre dos orillas orillas: Anzoátegui y Bolívar. El Orinoco es la frontera de sus travesías.

 

Los signos de la decadencia

 

El alma del hombre está angustiada, acosada, agitada, sumergida en la oscuridad más horrorosa. "En la noche más oscura". Se expresa con violencia, con temor. Su vida es intranquila, precipitada, arrítmica. Es un alma que no se encuentra, que busca la luz de la libertad, pero está encadenada a sus miedos, a sus prejuicios, a sus falsos dioses.

¿Y cuál es el mundo donde se debate el hombre de este tiempo? Lo que vemos, la realidad caótica, degradante que percibimos, es precisamente expresión de lo que ahora somos. Y el artista no puede escapar a esa realidad: lucha contra ella. Quizá se rebela. Transgrede sus leyes. La violenta sin transigir, sin ceder, la transmuta. Transparenta sus valores, su decadencia: la hace visible a los ojos de todos, la muestra, la desnuda. La transpone a otro espacio donde la realidad se mira como una prostituta, como un mercader, como lo que es.

Pero el artista, ese trasgresor solitario, al asumir esta posición heroica, crítica, revolucionaria, se expone a los escupitajos de la plebe, a las acusaciones de los mercaderes de la política, a las piedras de los fariseos, a las mentiras de los impostores y a los ataques de los que fueron desenmascarados. Los "defensores de la realidad corrompida", los poderosos que se oponen a la transformación de esa decadente realidad, se lanzan como lobos a desacreditar  "ese arte inmoral" que refleja precisamente la inmoralidad de nuestros días.

La dignidad de un pueblo, esa condición que le otorga nobleza y espiritualidad, es su arte, que se expresa a través de sus artistas. No es arte "oficial" ni político, no tiene estatuto social y escapa a toda clasificación. No tiene ninguna función utilitaria. No tiene nacionalidad. No se disfraza de patriótico. No es panfletario ni sirve de propaganda a ninguna ideología. Es arte en sí mismo.

La realidad que revela un cuadro, una novela o un poema, es una realidad ficticia, basada en la realidad real. Es creación, pero también reflejo. Es invención, pero también liberación. Si así no fuera, no sería arte. Sus contenidos son estéticos, espirituales. Son el reflejo de una forma exterior e interior, de una vida libre del espíritu. De un ser en comunión con las cosas y la naturaleza del Otro. Transcriben evidentemente algo. Y surgen libremente de la mente y del alma del hombre, de su instinto, de esa zona oscura y misteriosa que diferencia al hombre de los demás animales, de ese mundo ilimitado e imponderable que es el espíritu creador. Son revelaciones que nos emocionan y nos expresan, más allá de los símbolos. Nos ponen en contacto con ese mismo mundo en nosotros. Nos reconcilia con él y con nosotros. Nos comunican con lo mejor y peor de nosotros mismos.

Y si el arte nos reconcilia, es decir: si restablece la concordia entre Dios y nosotros, o entre nosotros y nuestro mundo espiritual ¿qué revela al hombre sino es el hombre mismo religado al espíritu,  a su yo más profundo? Le revela su dios secreto. Lo libera, lo deja libre, lo comunica consigo mismo, con su mundo interior, con la vida religiosa, con lo divino.

Cuando uno lee un poema de Shaskepeare, ¿qué es lo que siente, cómo describe esa emoción desatada, inconocible, que nos trasciende, que nos transforma? La poesía revela los misterios del alma. Descubre una presencia, la hace visible, la manifiesta. Nos la comunica. Provoca en nuestro espíritu un estremecimiento que no sabemos exactamente qué es, ni qué lo produce. ¿Por qué nos conmueve? Y esa condición de misterio en el arte es lo que nos lleva a pensar en Dios.  ¿Qué es lo que caracteriza una obra de arte? ¿Qué es lo que hay de arte en el Guernica de Pablo Picasso? ¿Quién puede decirnos lo que es el arte?

Podríamos apelar a la razón y describir las sensaciones que nos despiertan Mozart o los poemas elegíacos de Rilke. Podríamos analizar sus estructuras y desmontar sus lenguajes, pero ¿podríamos, con palabras, atrapar el espíritu que se expresa libre en esas obras de arte? Su presencia en ellas es inexplicable, como inexplicable es el alma del hombre.

El arte es liberación del espíritu... Sólo a través de él nuestro ser mutilado se encontrará consigo mismo. Y la misión de un artista es ponernos en comunión con ese mundo liberado, hecho visible, abierto, infinitamente abierto.

13 de Mayo de 1994 / Ponencia presentada en el XII Simposio Internacional de Literatura, celebrado en Caracas, en Agosto de 1994.

 

 


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