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H. G. Wells, escritor del futuro imperfecto

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H. G. Wells, escritor del futuro imperfecto

Carlos YUSTI

Cierta mitología cultural relega a H.G. Wells como el escritor que inventó ese género irregular conocido como Ciencia Ficción. El cine y la televisión desempolvan sus novelas y cuentos para que el espectador descubra que los efectos especiales son más impresionantes que la trama urdida por este autor inglés.

Wells fue en primera instancia un hombre de ciencias. Se doctoró en ciencias físico-naturales en la Universidad de Londres. Existe una foto del joven Wells, tomada en la escuela normal de South Kensington, posando con una calavera en la mano, especie de Hamlet de laboratorio, al lado del pequeño y esquelético cuerpo de un Pitecántropos Erecrtus. El escritor pasa un brazo por el hombro del espécimen y lo mira como un viejo camarada de andanzas. A la par de esta pasión surgió su vocación de escritor. Colaboró en algunos diarios y revistas. Viajó a Francia, Alemanía y América no como turista, sino como hombre de ciencia. La hizo de profesor en algunas instituciones privadas, pero la rutina académica parecía hastiarle y en el año 1895 se dedica por entero a escribir libros, ensayos y novelas.

Durante la guerra (1914-1918) Wells, ya como reconocido escritor, recorrió todos los frentes y fue un asiduo colaborador de revistas y periódicos de Londres, Nueva York, París, Madrid y Buenos Aires. En sus ensayos deja en claro sus puntos de vista en torno a una nueva democracia, cuyas bases serían sólidos valores éticos y morales.

Su estilo de escritura le debe bastante a Julio Verne, pero en Wells la imaginación está impregnada de cierto rigor científico (con pinceladas de cotidianidad) más que respaldada por una ficha que condensa información de alguna biblioteca (se especula que Julio Verne tenía un archivo de más doscientas mil fichas sobre los temas más variados). Además Wells añadía a sus historias un toque de humor subrayadamente inglés (si existe tal cosa) y algunas paradojas por lo demás bastante inspiradas. Sus historias cortas y algunas de sus novelas están escritas con cierta aura de abismo y bastante teñidas por una fuerza imaginativa mundana y que a través de un estilo moroso las hace creíbles. Novelas como “La Máquina del tiempo”, “La visita maravillosa” y “Los primeros hombres en la luna” prefiguran los antecedentes de lo real fantástico.

En su primera novela La máquina del tiempo está ese Wells que ha madurado con parsimonia sus ideas. El libro es de un pesimismo total, pero al final deja un mínimo resquicio a la esperanza. La novela reúne una meditada y especulativa teoría científica, cierta atropellada aventura y las divisiones sociales propias a la sociedad de su tiempo. Tampoco está exenta de una filosofía humanista sin ser una clase aburrida.

La creación de esta primera obra surge a raíz de una petición del editor de una revista, que le ofreció cierta cantidad a Wells para que se entregara a la tarea de escribir una novela retomando una vieja idea sobre un viaje al futuro pergeñado en uno de sus primeros relatos fantástico titulado Los eternos argonautas.

A Wells le tomó sólo 15 días, de intenso tecleteo, colocar el punto final. La novela fue publicada en forma seriada y luego se editó como libro. La novela tuvo una acogida inusitada y fue el comentario obligado durante semanas en círculos intelectuales. Wells de pronto se convirtió en un autor con un número bastante aceptable de lectores. Esto trajo como consecuencia que muchos periódicos quisieran publicar sus textos y relatos. Abandona a medias el periodismo y dedica su tiempo y esfuerzo a escribir ficción. Así publica La visita maravillosa, y en los años siguientes tres novelas que reafirmaron su reputación como un escritor sorprendente: La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos.

Aunque las tramas de sus primeras novelas de ficción científica tenían su acento en algunas especulaciones de la ciencia en boga, su intención era buscar el trasfondo humano, jamás quiso profetizar el futuro atiborrado de adminículos mecánicos y electrónicos. En sus tramas novelescas el futuro tiene algo retorcido en La máquina del tiempo el canibalismo; también el avance tecnológico en creación de máquinas espectaculares no es garantía de nada y así en La guerra de los mundos describe el vampirismo, en La isla del doctor Moreau la manipulación genética y en El hombre invisible la ciencia como estadio de locura y soledad. Jorge Luis Borges apuntó que en Wells “lo patético no importa menos que la fabula” y que su hombre invisible es un símbolo de nuestra soledad, que trascenderá en el tiempo.

Fue un utopista a su manera y quizá por esa razón Fernando Savater escribe: “En uno de sus relatos más curiosos y menos conocidos, Star Bergotten (Progenie estelar), una serie de personas concibe una idea fantástica—la de que supuestos marcianos estén alterando los genes de recién nacidos con rayos cósmicos— y tal conjetura acaba por alterar de hecho la realidad vital. Pero él quería ser algo más que un novelista: un reformador social, un guía ideológico para la nueva era tecnológica y masificada que los hombres abordaban. En una palabra un utopista. Como todos los miembros de este gremio enérgicamente pedagógico, sentía viva impaciencia por la abulia desordenada de los humanos, su cortedad e miras y la obtusa sumisión ante prejuicios del pasado”.

Para Wells el futuro del hombre era complejo y nada halagüeño debido a la desmedida ambición humana, a esa soberbia que de alguna manera le ha llevado a destruir de manera irreparable el equilibrio natural del planeta donde habita. La ciencia no tiene las respuesta y esto la sabía Wells por propia experiencia, pero también sabía que al final el corazón del hombre era el puente para proporcionarle luz a todas esas oscuras interrogantes de la ciencia.

Hoy los los Morlock, desde sus altos cargos de poder, siguen llevando a los incautos al matadero de la guerra, el hambre y la miseria. Muchos hombres son invisibles y apenas son sólo números e índices en las estadísticas de las crisis financieras. El mundo es una isla global en la cual Doctor Moreau sigue realizando sus experimentos utilizando a seres humanos como simples animales de laboratorio.

Otro Wells llamado Orson convirtió el libro La guerra de los mundos en una verdadera pesadilla un 30 de octubre de 1938. La trasmisión en tiempo real (en un programa radial para celebrar el día de brujas) de la invasión de los marcianos hizo que los oyentes entraran en pánico y de repente inundaron caminos y carreteras para escapar de los invasores. Como era lógico el caos se apoderó de todo aquel día. Y quizá las obras de Wells no pasan de moda, todavía se hacen versiones para el cine y la televisión de sus cuentos y novelas, debido a que encierran algo que acelera nuestros terrores más profundos, nuestros miedos más recónditos.

Como todo los utopistas Wells creía que el hombre podía tener un leve oportunidad, que era capaz de hacer un mundo más respirable sin odios y una de sus frases es actual cuando se piensa en quienes luchan contra el terrorismo: “El que luche contra monstruos, debería asegurarse que a su vez, no se convierta en un monstruo”.

Actualizado ( Jueves, 18 de Febrero de 2010 21:48 )  


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