
La poesía de Francisco Arévalo
NÉSTOR ROJAS
Francisco Arévalo es un poeta de San Félix nacido a comienzos de esta democracia nuestra que ya envejece cancerosa y periclitada. Es autor de los libros "Nadie me reina en estos parajes de hormigón" (1993, Ediciones Alsur), "Siempre áspero" (1989, Taberna Editores) "Brote" (1989, Ediciones El Cogotúo) y "Sur" (1995, Taberna Editores). Recién acaba de publicar "Alcoholes de la otra iglesia", poemario con el cual obtuvo dos importantes premios nacionales de poesía. Un poemario inédito "El libro de las piedras" ya ha sido mencionado en algunos certámenes literarios por su calidad poética.
Francisco Arévalo es un poeta incómodo, poco dado a los refinamientos, irónico y terriblemente mordaz. Su malhumor corroe como un flujo irreverente los fundamentos de esa frivolidad que se ha institucionalizado. En sus poemas el desarraigo va de la mano de la ironía y la soledad, conformado una trinidad que tiene su propia Biblia y también su propia iglesia. Es precisamente en "Alcoholes de la otra iglesia" donde encontramos al poeta sin poses, sin artificios, desnudo, comulgando bajo la luz de ese espíritu que resplandece en los bares y en los bajos fondos de la clandestinidad y la abyección. Su lectura indudablemente nos remite, no al paraíso de los bienaventurados, sino al infierno de los perdidos y derrotados. A la misma decadencia que es el signo del país que somos.
Francisco Arévalo no escribe por pretextos, sino para convocar la amistad y la poesía. Sus poemas no los publica para lucirlos pomposamente en las vitrinas de los elogios ni para guardarlo celosamente en los depósitos de la oscuridad, sino simplemente para que los amigos se lean a sí mismos. Porque al fin y al cabo lo que quiere un libro y su autor es que el lector se lea a sí mismo y lea el alma de lo que es parecido a su ser. Lo que importa es que tanto el libro como su autor sean valorados por lo que son y no por lo que aparentan. De otros, jueces y críticos, es la tarea de juzgar el texto y el contexto.

Arévalo, Ophir Alviarez y Gustavo Pereira.
Del autor digo yo unas palabras, sentidas desde la soledad de los poemas. Y las digo sin ánimo de alabar desmedidamente a uno que considera su labor poética como un ejercicio espiritual ajeno al poder político y al cultivo de la superficialidad.
Sabido es que la finalidad de todo escritor es comunicarse con sus semejantes. El libro es el mensaje que pone en las manos del lector para que lo comprenda más allá de los prejuicios. Francisco Arévalo escribe para que lo lean y compartan lo suyo más escondido revelado. En los poemas de Sur he sentido esa comunión con ese otro desgarrado y solitario que no quiere transformar la vida en poesía ni hacer poesía con la vida, sino más bien vencer y desenmascarar ese sentimiento de soledad y deseo que muchos ocultan y no dicen por temor a no verse y no ser vistos. Francisco Arévalo no tiene miedo de mostrarse como es y de decir lo que espera de la vida. Has escrito, no un libro como éste, sino varios, algunos inéditos, para expresar las circunstancias de una verdad humana que se duele hasta de las opiniones patéticas de sus enemigos.
Confieso la sorpresa que me causó tener entre mis manos un libro austero y pequeño en sus dimensiones físicas, pero no en su contenido. No es precisamente un libro objeto de esos que nos gustan mirar por fuera y abrirlo para maravillarnos de su impecable diseño. Pero adentro, después de haberme convencido de la verdadera necesidad del poeta, que no es más que mostrar lo que ha hecho sin muchos aspavientos, descubrí esa poesía amorosa que se muestra como un diálogo con ese otro ser que buscamos desde que fuimos expulsados del paraíso.
En Sur supe más acerca de esa soledad que se hace plegaria en el deseo, que nos invita a presenciar el exorcismo que hace un hombre con sus propias imágenes y sueños.
Leo uno de los poemas:
"NO DEJÉ RASTROS
de mis ansias
Trabalenguas incrustados en la memoria
PREGUNTO
Qué del colibrí
revivido en tus pezones
Qué del pájaro blanco
que buscó el fin en tu enramada
Qué del gendarme que vela
la miel de tus honduras
Qué de la pálida costura
de mis heridas".
He aquí las palabras de un elegido de la Poesía que revela su mundo interior desde la angustia de la ausencia. El poeta le canta a una amada sin nombre ni rostro que siempre acecha, según la dedicatoria. ¿Dónde, en qué tierra lejos de ésta, en qué paraíso respira esa mujer amada o por amar que ha ocultado su nombre en el agua?
El poema citado es la oración de ese Adán maldito y abandonado que busca su salvación en el amor que se vive desde la nostalgia y el sufrimiento. Como un labriego inútil, como Dante en su propio infierno, el poeta indaga en "la tiniebla el agua de tu pozo" que sabe a vino blanco.





