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Néstor Rojas Dibujo: Carla Daniela( 3 años).
El artista, ese otro que vive en comunión con el Todo, ese intérprete de la voluntad divina, lo único que hace es reflejar su época, revelarla, liberarla. Y todo hombre espera esa revelación que es a su vez libertad. Jorge Luís Borges
El espíritu de nuestro tiempo es desarmónicamente caótico. Sus circunstancias son conflictivas, complejas, trágicas y amenazantes. Esta visión es tal vez la imagen que percibe diariamente el hombre de hoy. Es una realidad que lo agobia y lo está convirtiendo en un ser asediado, apesadumbrado, desesperanzado y paranoico. Es una situación que está afectando terriblemente su vida social y lo pone en conflicto consigo mismo, con su entorno y lo enfrenta de manera violenta.
El hombre siente entonces que no le queda otra opción que enfrentarse a sus circunstancias. Sabe que lo asedia la violencia que el mismo ha desatado, pero no puede retroceder. Hacerlo sería doblegarse, morir. Por eso resiste, lucha, sobrevive. Da un paso hacia adelante, hacia el porvenir amenazador que se le viene encima.
El hombre convive con la violencia. La ha reintegrado a su modo de vida, a su lenguaje. Esta no existe fuera de su mundo: en él se acrecienta como una presencia real y constante. Como una presencia terrorífica que se manifiesta, que adquiere varias y diferentes formas y se hace visible, incluso en la más secreta intimidad.
El arte hoy refleja gloriosamente esa violencia, ese horror de la sin consciencia, esa angustia del hombre vacío que se ve acosado por sus propios monstruos. Se hace expresión de ese espíritu caótico que se engrandece en las dificultades, de esa desarmonía, de ese desbarajuste que afecta todo el universo. El arte revela ese drama que viven todos los hombres. Expresa la búsqueda incansable de su libertad, sus luchas diarias, sus conflictos y caídas espirituales. Lo crea más allá de su realidad inmediata, horrorosa. Pero esta creación es inacabada e imperfecta. Su naturaleza se prolonga en el espíritu. O mejor dicho: es espíritu, desnudo, humanamente libre. Espíritu revelado.
El arte de Robert Rauschenberg (1925-2008) me parece revelador de ese espíritu fragmentado y decadente de nuestra época. La explosión del mundo, su fragmentación, la corrupción de sus valores, la multiplicidad de sus culturas, la guerra, el fanatismo religioso, la violencia diaria, la inmoralidad política, son realidades que expresan la cotidianidad del hombre de hoy y que se revelan en sus manifestaciones artísticas como una verdad desnuda y convincente. El arte expresa nuestra identidad original, nuestro ser oculto. Expresa lo que somos más allá de los prejuicios y de las vanidades. Eleva a categorías estéticas las actividades del espíritu, su fuerza indomable y creadora.
El escultor y artistas plástico Robert Rauschenberg basa su obra en dos principios fundamentales del modernismo: el collage y los ready-made. Con estas palabras, Armin Zweite introduce dos conceptos esenciales que nos ayudan a definir el arte Rauschenberg como heredero de la tradición Dada, de Duchamp y de Schwitters, en el contexto y la hegemonía del arte pop de los años sesenta. Tras un primer período pictórico que podría enmarcarse en algunas de las formas del expresionismo abstracto, en la década de 1950 Rauschenberg empezó a realizar sus combine-paintings, piezas de difícil adscripción en las que combinó el lienzo con el ensamblaje de objetos dispares, en muchos casos de desecho: animales disecados, sillas, botellas, ruedas de coches, ventiladores, receptores de radios, etc.
Desde 1963 ha recurrido también a la serigrafía, en la que se ha servido a menudo de fotografías y recortes de periódico. Fue uno de los fundadores de la EAT (Experimentos en Arte y Tecnología) y en 1964 recibió el Gran Premio de la Bienal de Venecia. Enmarcado en tendencias tan dispares como el expresionismo abstracto o el pop art, él mismo se ha autocalificado a menudo como «neodadaísta».
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